Golf

«Si se ha armado revuelo en los otros grandes, me lo he ganado a pulso»

El golfista de Barrika, Jon Rahm. / José Manuel Cortizas
EL CORREO, CON JON RAHM EN EL PGA CHAMPIONSHIP

Jon Rahm descifra el comportamiento del campo del cuarto major, el PGA, que nada tiene que ver con el que se encontró en abril

JOSÉ MANUEL CORTIZASEnviado especial. Quail Hollow

Buen rollo. Pablo Larrazábal lleva la voz cantante, o es al que más se le escucha, en el tee de salida del 1. Llueve, los paraguas -a 42 dólares la unidad en la tienda oficial y un visible 'Made in China', apuntan al producto estrella del fin de semana- conforman el telón de fondo en las entrañas de Quail Hollow, feudo del PGA Championship, el último grande que se pondrá a tiro este curso. La cita es poco después de las nueve de la mañana tras una noche en la que el cielo se encendió con el reflejo de los rayos. Recorrido español en la práctica. Junto al barcelonés, Jon Rahm. Bermudas y polo encarnado, una de las tonalidades que más repite por decisión de Adidas.

La cháchara se interrumpe porque desde la pequeña tienda en la que les recibe la organización una mesa ha cedido. El caddie del catalán amplifica el hecho porque no andaba lejos y se acerca a los jugadores cuando su jefe le recuerda que no estaría de más que abriera ese instrumento que porta en la bolsa por partida doble compuesto de una barra, varillas y tela. Y llega el tercero en discordia, el que faltaba. Hace gala de procedencia canaria Rafa Cabrera-Bello, con un polo de un hipnótico amarillo. Ya están. Sergio García ha optado por otros planes. Aunque hoy ha quedado el cuarteto español al completo para trabajar el campo.

Toca conocer un recorrido al que Jon Rahm se acercó en abril, entre el Masters y el Wells Fargo. Quail Hollow, a las afueras de Charlotte, una ciudad con muy buena pinta y un tamaño abarcable. Salidas, calles, segundos golpes... son parte de la materia más accesible desde fuera, tirando de plano y medidas, aunque la perspectiva es única cuando se pisa el prado. Sin llover torrencialmente y con la duda de hasta dónde podrá alterar el viento las condiciones, las previsiones se mantienen y dicen que no se librarán los golfistas del juego anfibio. Los greens pueden ser la clave, el tapete sobre el que reposen las apuestas. Y también la pegada en un campo en el que las bolas rodaran menos de lo justo. Se toma su tiempo el de Barrika con el putter colocando marcas, buscando respuestas, patrones de comportamiento desde todos los confines de la alfombra.

El plan consiste en jugar los 9 primeros hoyos, comer y seguir después en los campos de prácticas. Rutina. En el vestuario de los jugadores -al que tiene acceso la prensa- entran y salen los protagonistas de la función. Casi nunca solos. Personal de confianza, agentes o exclusivos invitados acreditados pueden acompañarles en un espacio regio, con la madera como protagonista, con taquillas personalizadas. Una bolsa completa figura con una nota: será recogida por una Fundación de caridad para recaudar fondos en pos de una buena causa. Se suceden en un mostrador productos energéticos, tees, bolsas para el calzado y ropa sucios y un tablón de anuncios donde son informados de los horarios. El acceso está restringido para el comedor y el bar, donde Rahm ha descansado tras picar algo.

Fuera le espera su caddie, Adam Hayes, junto a su esposa y sus hijos, Witt y Nash. El pequeño va perfectamente uniformado con la indumentaria del Athletic que le regaló la familia de Rahm. Tienen que pelear para quitársela. En el mayor parece que no han cuajado de igual los sagrados colores. Mientras posan para EL CORREO se acerca Jordan Spieth. Amarillo y bermudas. Que llueva no quita para la bochornosa y húmeda temperatura que hay que soportar. Modo manglar. El texano va escoltado por dos policías. Es el único, al menos en lo visible. Y llama la atención.

Antes de volver al trabajo y previo paso por el fisio, Rahm comparte sus sensaciones con EL CORREO. Y se felicita en primer lugar de conocer el campo, aunque la lluvia lo ha transformado en otro escenario que el que cató. «La suerte es que lo jugué hace unos meses y antes de que se mojase como está ahora. Ha habido pares cuatro en los que he pegado hierro 4 a green después de pegar un buen drive. Se está jugando muy largo y muy blando con lo que se jugará muy agresivo si nos ayudan y ponen los tees un poco más adelante. A priori puede ser ventaja para mí y para los que le den largo porque la distancia va a ser toda de vuelo, si se queda blando, y el que sea capaz de pegarle largo desde el tee luego tendrá palos más cortos a bandera».

«Va a ser un reto mental»

Otra consecuencia universal es que la lluvia altera las reglas del juego. Es un factor externo determinante que obliga a los jugadores a desviarse de su catecismos y eso modifica también el presumible casting de favoritos. «Ya no es talento o el que esté jugando bien, es más fuerza mental y el que mejor se pueda adaptar. Cuando salen días así es muy complicado. También puede influir a la hora que salgas si llueve por la mañana y por la tarde no o lo contrario y el que tenga la salida buena podría tener el tiempo a su favor. Va a ser un reto mental, el que se adapte a la lluvia y tenga más paciencia», señala como ganador en potencia.

Es sabida la tendencia del de Barrika a presionarse cuando llega un grande. Verse en el epicentro es en este PGA una norma que no se cumple, aunque escuchando a Rahm casi hasta lo añora. «Antes de Augusta, voy y hago lo que hice en el campeonato del mundo, décimo en Houston y me pongo doce del mundo y las expectativas suben. Antes del US Open, me fue bien quitando el The Memorial y las expectativas van a estar ahí. Y antes del British voy y gano en Irlanda. En ese sentido, me lo he ganado a pulso. Ahora no es que haya estado jugando mal y no sé si estoy pasando desapercibido. El juego está ahí y llevo una temporada en la que en Estados Unidos aún no he jugado mi mejor golf, a ver si es esta semana».

Pero no niega que un major es un evento que remueve sentimientos, sensaciones, pálpitos. ¿Corre algo especial por las entrañas? «No lo sé. Estoy intentando que no porque no me ha ido muy bien en los grandes que he jugado pensando que eran algo especial. Y si lo hay espero mantenerlo bajo control». Antes de la cita pidió unos minutos para visitar al fisio. ¿Alarma? En The Open reconoció un problema de isquio. «Fue algo raro. La flexibilidad estaba ahí, pero se agarrotaba. Creo que fue fatiga y está todo bien quitando lo que pasa en los vuelos cuando estás un poco atrofiado». Mejor.

Y acaba con una reflexión. Habla de lo más reciente, de su paso por un Bridgestone Invitational en el que bastó un mal día para borrarle de la nómina de aspirantes. No se esconde tras excusas. «Siendo honesto, en los golpes cortos fue muy mal y lo peor se concentró en el segundo día. En el 16 Adam (su caddie) y yo teníamos anotados 82 metros, yo creía que había que jugar 75 y por el viento y la cuesta me dijo que 70. Comenzó a llover, le di sin confianza y al agua. Pero sí hubo muchos golpes sencillos de 80 metros que fallaba greens. Los hierros no apoyaron. Aún así, quitando el viernes, los otros días hice -8 y con la certeza de que al driver le he dado muy bien». Apretón de manos y se gira camino del campo de prácticas. «Ah, gracias por venir». Un tipo muy especial.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos