Jon Rahm sufre para seguir en la pomada

Rahm persigue con la mirada el vuelo de la bola tras el ‘hierrazo’ que firmó en el hoyo 3/AFP
Rahm persigue con la mirada el vuelo de la bola tras el ‘hierrazo’ que firmó en el hoyo 3 / AFP

El estado de gracia de Justin Thomas, al final alcanzado por Leishman en el liderato, contrasta con los problemas del de Barrika con el putter

J. M. CORTIZAS

El birdie en el 18, su hoyo talismán, no aflojó el disgusto con el que Jon Rahm se despidió ayer del TPC Boston en una jornada que inició como líder. Condiciones agobiantes de agua, y al final de viento, para un combate en el que mantuvo el tipo hasta la mitad del recorrido. Su precisión se resintió, bolas muy cortas o con su objetivo muy atrás y algún desliz chipeando desde un desnivel coronable. Venía de dos días inmaculados, equilibrados, mágicos con el putter y esta vez fue como si ese mando a distancia se hubiera quedado súbitamente sin pilas. Una lástima que permitió certificar la entereza con la que e comió los reveses que fueron surgiendo. Mentón pétreo, de fajador. Lo normal hubiera sido que la incomprensión le llevara a terrenos menos gratos de explorar. Pero buscó el positivismo en la medida del escaso margen que le dejaba una actuación correcta - firmó el par del campo-, agravada por el estado de gracia, de auténtico cuento de hadas, de varios de sus adversarios.

No quiso ser menos que la competencia y estrenó el liderato al ataque, sumándose a la extensa nómina de jugadores que le robaron un golpe al campo nada más pisarlo, algo que curiosamente faltaba en su expediente. Sí figuraba como propicio el 2, con birdies en las pasadas previas, pero en él nacieron los problemas. Nadie estaba cómodo con la lluvia y muchos jugadores echaban pestes tras golpear apuntando con sus ojos convertidos en rayos de destrucción al césped. Había salvado el lastre de una salida fuera de calle y en el approach del tercer golpe la bola acabó en el agua. Por su menta pasó devorar la chuleta que levantó tras el contacto. Un bogey inesperado con el que se veía igualado por Stanley (-9) en lo que fue una montaña rusa clasificatoria.

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Se disponía a un putt aparentemente factible, en caída a menos de tres metros del agujero. La bola no llegó ni a la mitad del recorrido al tomar una caída inesperada, uno de esos golpes que alimentan las videotecas con curiosidades ajenas al academicismo. El castellonense se quedó petrificado, sin entender lo sucedido, hasta que pasados unos segundos dirigió su mirada al putter y lo golpeó contra el suelo con el desenlace de dejarlo inservible al doblar la base de su varilla. Así, tuvo que recurrir al resto de palos de su bolsa, desde el driver a maderas e hierros, para patear. Acabó hundido con +2.

Par al 3 y parón interminable en el tee del 4 por congestión en el recorrido. Le vino bien porque convirtió su segundo birdie a una bandera a la que ha atracado cada día. En adelante su gráfica fue describiendo una tendencia descendente en lo relacionado con el equilibrio, con llevar la bola donde quería. Aunque le quedaba pólvora para renovar su fe. Tras irse fuera de calle en el 7 produjo un approach de lujo que prologó su tercer birdie. Volvía a estar solo en la cima de la tabla, pero ya sentía el aliento de Justin Thomas a través de los paneles que no hacían más que ir subiendo al jugador de Louisville hasta los altares. Acabó cerrando con ocho birdies su momento mágico, sin bogeys, nuevo récord para una vuelta en los play-off de la PGA.

Aún aguantaba el tirón Rahm. Su -11 compartido llevaba dos golpes de margen de maniobra. Pero en el trayecto hasta el 18 todo se fue torciendo. Un putt de birdie de dos metros no embocado, llegadas a green en el otro confín de la bandera, una ladera de abecedario que engulle la bola por más de un metro respecto a su cota a superar. Ese bogey en el 12 hizo que Rahm se doliera, como las reses bravas al recibir el castigo. La risa va por barrios y a él le tocaba remangarse, tirar de pico y pala y buscar en sus entrañas sensaciones válidas para evitar el descenso a puestos inmerecidos tras el gran juego desarrollado en el balance de los tres días.

Pero nada le aliviaba. El green había pasado de ser un escenario bucólico a una maldita cita con la inestabilidad. Más bogeys en el 14 (dos birdies en los días previos) y el 17, en ambos con sendas corbatas, cobras de la bola a la cazoleta. Le quedaba otro hoyo talismán para recomponerse y lo aprovechó. Birdie al inaflible 18 para quedarse con -9, aún a tiro de victoria, emparejado hoy con Dustin Johnson, al que tiene ganas desde los Mundiales de México y el Dell Match Play.

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