Golf

Rahm y su sexto ochomil

Rahm, en Charlotte. / AFP

Comparte jornada de trabajo con EL CORREO y mantiene que la dureza del campo le puede favorecer para atacar el PGA

JOSÉ MANUEL CORTIZASQUAIL HOLLOW

Velocidad ultrasónica. Jon Rahm se desplaza por el planeta golf con una propulsión vertiginosa. Desde que abofeteó a la narcotizada prensa especializada con aquel «me siento capaz de ganar 19 grandes» cuando sus credenciales eran aún las de un amateur, su ascensión no ha cesado. Como su ambición, in crescendo siempre. Le cogió el gustillo a los majors antes incluso de recibir el bautismo profesional. Y lo que son las cosas, su actuación en el US Open de 2016 perdura como la de mejor clasificación de las cinco citas que ya ha tenido con las perlas que componen el grand slam.

Aquel joven que se rehizo con desparpajo de un +6 en su primera vuelta a Oakmont, para birlarle un golpe al campo el segundo día y seguir en liza combinando su primer gran toque archivado en la hemeroteca (un eagle al 12 con un tercer golpe majestuoso, ejecución perfecta de un retroceso que guió la bola a la cazoleta) y cerrar el major al par (+7 en total) con una tacada de cuatro birdies entre el 2 y el 6, ha derivado en un jugador más agresivo si cabe, un golfista que se alinea con el nuevo catecismo del juego que predica que el cielo aguarda a los más osados y valientes. Acabó en el puesto 23 que ha quedado como su listón particular. Hasta la fecha. Nadie duda de que está por llegar el siguiente brinco con el que supere la altura sin mutarse.

Para ello, trabaja, insiste. Ayer EL CORREO volvió a acompañarle en los nueve hoyos que jugó para completar su adecuación a Quail Hollow. Aunque tenía previsto compartir mañana en formato íntegramente español acabó jugando junto a Pablo Larrazabal, el italiano Molinari y Jim Furyk viejo zorro que ejerce ya como capitán del equipo americano de la Ryder Cup. Partieron del 10. Desde su tee parecía abrirse ante ellos una avenida de ensueño. Calles anchas, metros por doquier, a lo grande. Parece sencilla la empresa. No meter una bola en el trayecto correcto sería impropio... de no mediar el agua que se nota a cada paso. El sistema de aireación que seca los greens trabaja a destajo y logra su efecto. La bola rueda con la necesidad de un aumento mínimo en su propulsión. El problema es llevarla hasta allí. No se preven rodadas, hay que darle con ganas, metros de vuelo libre. Y cuando la potencia supera en protagonismo a otros parámetros físicos es cuando se flirtea con cruzar la línea, que aquí tiene dos riesgos severos: el agua y, sobre todo, los árboles.

Nadie sabe cómo estará el campo. Es el golf uno de los casos más peculiares de deportes con un escenario más o menos fijado. El recorrido está ahí, pero muta de la noche al día dependiendo de dónde se coloque el tee de salida y de la posición de las banderas. «Creo que lo acortarán», comenta Rahm. «Aunque si no lo hicieran me vendría mejor a mí. Pero ya ves que la bola no rueda». Le está pegando bien con el driver, tanto que Furyk se lo toma prestado en el 12 y compara la reina de las maderas con la suya. Las conclusiones las resume con un significativo gesto cuya traducción no comparte.

El grupo va avanzando y cada llegada al tee de otro hoyo supone un alto en el camino de la rigidez. Larrazábal tira por la vía de meterse con la alopecia de Pello Iguaran, caddie de Molinari, a la que augura una mutación en frondosa melena «para 2019» con los avances médicos. Rahm bromea con Tim Mickelson, su agente, intenta emular a un ezpatadantzari que deriva en un karateka en busca de una patada voladora a la altura de la mano colocada junto a la cabeza. En cuanto toca pegarle a la bola, rigor, repaso de la libreta en busca de referencias y distancias. Otro zurriagazo del de Barrika que sigue modélico en el juego largo. Y mantiene su teoría de que la PGA tomará cartas en el asunto para suaviza sus condiciones. «Todos los campos del mundo se pueden endurecer. También Augusta puede ser infernal. Creo que aquí harán algo en sentido contrario».

Su sexto ochomil

Llegamos al 15 y cuando ensayan el swing los jugadores algo llama su atención. En la arboleda que cuelga literalmente del tee de salida hay movimientos. Una rama a unos tres metros parece soportar un peso importante. Aunque ya habían pasado unos cuantos grupos previos el de Rahm debió coincidir con el despertar de un águila. La rapaz tuvo que abrirse paso entre el frondoso árbol para emprender un planeo que hizo agachar la cabeza a los espectadores al otro lado de la calle, donde encontró acomodo. Bueno, en campos no mucho más al sur, en Florida, hay que andarse al loro por si surge algún caimán de las trampas de agua. Mejor ni mentarlo.

Rahm cumple con su ritual, su programa, el análisis del campo y su juego. No va más. Desde hoy afrontará su sexto ochomil golfístico. Ya decía el martes que sentir algo especial y presionarse no le había sido de gran ayuda en los precedentes. Ya como profesional jugó el The Open en 2016 cediéndole nueve golpes al campo para acabar en el puesto 59. Este año debutó en el Masters con una plaza 27 que parece obviar que llegó a estar en el Top-10 en la tercera jornada y que con un eagle al 13 el domingo se puso en dígitos rojos antes de que su físico dijera basta en el 18 y desluciera su debut con un triple bogey. El peor tragó lo soportó en el US Open de Erin Hills al no pasar el corte. Y el pasado mes en el Open Británico no pudo dar continuidad a la explosividad que llevó antes a ganar en Irlanda y concluyó compartiendo la plaza 44.

En su discurso, esta vez ninguna referencia a lo que tardaron Tiger Woods o Jack Nicklaus en estrenarse en un grande. Seguro que lo sigue teniendo clavado entre ceja y ceja y se ve como protagonista de una proeza el domingo aquí, cerca de Charlotte. Pero a su vera cuenta con otros ejemplos de precocidad ya contrastada en los casos de McIlroy y Spieth. El texano, 16 meses mayor que el vizcaíno, busca en Quail Hollow su primer grand slam. La hora del de Barrika está por llegar. Y este campo encaja en su tetrix mental.

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