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Rahm, cerca de los mejores en el arranque del PGA

Mirada hacia el liderato. Rahm ataca la pelota en el hoyo 4 de su primer recorrido en el campo de Quail Hollow. / AFP

Gran juego del vizcaíno para acabar a tres golpes del líder en una jornada valiente, en la que llegó a ponerse segundo en el hoyo 15

JOSÉ MANUEL CORTIZASEnviado especial Quail Hollow

Podrá acabar la cosa el domingo de cualquier manera. Es lo que tiene el golf, un deporte imprevisible en el que más que en ninguna otra modalidad hay que templar las gaitas porque el cambio te espera tras una brizna, en un tramo de arena, un impulso mal proyectado o un revés del tiempo. Pero sí son las sensaciones una moneda al uso, de cambio y curso legal. Recurren a los pálpitos, a la tensión, a sentirse activados en modo combate los jugadores cada vez que quieren potenciar su discurso. Desde el lenguaje corporal, a lo afilado de su mirada, concentrada en una sombra sobre el tapiz de 10,7 centímetros. Es la pista de aterrizaje para la bola. Así durante dieciocho banderas.

Lo tenía más claro que nunca Jon Rahm ayer en el arranque del PGA. Hasta parecía otro. Depredador, sabedor de que la jornada le podía colocar muelles en las zapatillas para la incertidumbre de lo venidero. Recordaba las dos jornadas benévolas que no exprimió en The Open. Y no quería volver a pasar por ello. Cumplió. Se acostó cerca de los mejores de un ‘Grande’.

Aquí sería pecado en una jornada apacible como la de ayer no dar en la diana desde el tee de salida. Calles anchas, avenidas que sólo podían tener cierta dificultad mal combinadas con la potencia. Rahm viajaba con un compañero de vagón que le iba a poner el listón alto. Aunque Fowler no se queda atrás soltando el brazo, Rory McIlroy llegaba de romper moldes en el Bridgestone Invitational de la anterior semana. El norirlandés abrió el fuego. 329 yardas para hacer boca. El de Barrika no se arrugó. Sólo nueve menos y clavando su marca en mitad del fairway. La ovación que siguió a su presentación se reactivó en cuanto la línea del trallazo marcaba el trayecto perfecto. Él, serio, frente adelantada buscando el encuadre donde la bola se convierte en un punto casi invisible. Se pone en marcha en su búsqueda mientras echa la última mirada furtiva al trofeo Wanamaker, expuesto en el paso obligado de todos los jugadores en el hoyo 1.

Está decidido a que sea un día de ataque frontal al trapo. Tanto que en su segundo golpe se pasa de green, hacia la bajada posterior camino de la cuerda que separa a un público de por sí muy numeroso que, por si fuera poco, heredó al del partido estelar que concluyó justo cuando empezaba el del vizcaíno. Approach de manual y putt de un metro embocado. Un buen par que sirvió como al estudiante que se toma su tiempo para verificar que lo que le cae en el examen es lo que ha estudiado.

Sin altibajos

La ausencia de altibajos fue destacándose como la gran virtud de Rahm. En el 2, de tiralíneas. Buena salida, línea perfecta camino del tapete y un putt de dos metros que era factible. Merecía premio y lo cobró en el 3. En dos golpes alcanzó el green y remató la serie desde cuatro metros, putter calibrado a la micra. Juego agresivo, pero con un poso de serenidad que lleva implícito que su autor dispone de margen de maniobra, que puede sacar más si lo considera necesario en vez de viéndose obligado por circunstancias adversas en el tanteo.

Prescindir de los deslices tampoco es tarea sencilla. Le duró poco la vigencia del dígito en rojo de su birdie porque en el 4 pasó por la ventanilla del penitente. La bandera estaba puesta por el enemigo, con un búnquer como felpudo. Rahm no se achantó y apuntó a la cazoleta para caer en la arena. Desde ella hizo una recuperación con tacto de microcirujano pese a la compleja mezcla de afrontar la pared más alta del talud tras la que se agazapaba el hoyo. La bola, a un metro, distancia desde la que falló por otro tanto. Sonrisa sarcástica, fuego reservado para los adentros.

Fiel a su facilidad para la recuperación, el morrosko siguió con el plan previsto. Jugaba bien, en dos golpes seguía alcanzando el green en los pares 4 y el putter no temblaba. En el 5, la bola rodó literalmente sobre el perfil de la cazoleta sin desviarse hacia adentro. En el 7 coronó su segundo birdie cuando el eagle se le quedó a tres dedos de un ambicioso pateo. Y en el 9 más de lo mismo con el segundo golpe perfecto de línea que sólo le hizo la cobra al hoyo in extremis. Otro birdie que no fue mal consuelo.

Era un pecado en un jornada apacible como la de ayer no dar con la diana desde el tee de salida el día

33 golpes (-2) en la meta volante, a dos de Olessen, que aguardaba desde hacía mucho en la casa club como líder provisional. Un Jon Rahm que era el de siempre pero desprendiendo un aroma novedoso, un jugador seguro, sereno, valiente, pegador, pulcro. Inmerso en un partido que acabaría concentrando el mayor número de birdies de la jornada, sumando 15 con McIlroy y Fowler.

El vizcaíno era el de siempre, pero desprendía un aroma novedoso; seguro, sereno, valiente... cómo estaba

El segundo tramo le puso a prueba. Dejó escapar el par 5 del 10, salvó el del 11 tras un rebote favorable en un árbol y redujo su cuenta en el 12 con un bogey. Ni se inmutó. En el 14 y 15 volvió a anotarse birdies pese a sendas visitas a la arena, una de ellas al límite del agua, y sendos putts de entre cinco y seis metros. Era segundo provisional con -3. Pero como vino la corriente favorable le desventó a continuación. Un putt de un metro mal medido y un approach desde el nacimiento del green que se quedó a distancia de prismáticos. Bogeys. Regreso al -1. Pudo dormir como líder, pero al menos se acostó junto a los mejores.

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