Golf

Jon Rahm: «No sé qué voy a poder hacer el año que viene para mejorarlo»

Jon Rahm besa a su novia, Kelley Cahill, tras recibir el trofeo de vencedor en el torneo de Dubái. / EFE

El campeón de Barrika vuelve a encontrar en su mente el palo más poderoso para ganar en Dubái en un final de infarto

J.M.CORTIZASENVIADO ESPECIAL DUBÁI

Quien crea que el golf es un deporte milimétrico, guionizado, carente de emoción, le invito a que repase lo sucedido en la ceremonia de coronación de Jon Rahm como nuevo emir de Dubái. Cuatro horas con tramos de rutina, angustia, seguridad, dudas, indecisiones, fallos y aciertos con estela celestial.

Una carrera de fondo que acabó solventándose al sprint, en la que el campeón de Barrika confirmó su condición de elegido. Halló en sí mismo la clave, el arma, el palo más poderoso y eficaz de su bolsa. Su mente fue el factor que puso las cosas en su sitio, que corrigió la deriva desde una nueva caída en búnquer en el hoyo 1 sin que, como el sábado, necesitara la alarma del despertador de un bogey para espabilar.

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Su capacidad interpretativa le condujo a no perder chicha cuando a cada llegada a green iba visualizando un tablón de resultados alucinantemente revoltoso. Y el resultado ahí está, makila árabe en ristre con una cúpula de vidrio que es pura alegoría del pedazo de guinda que le ha puesto a su primer año completo como profesional. Una barbaridad sin precedentes.

De hecho, se puso en marcha sabiendo que Sergio García había ensartado cuatro birdies seguidos con los que ya se colocaba a su vera en la tabla sin siquiera haber echado a andar. Esa fue la tónica, lo mejor que le puede ocurrir al cuarto día de un evento de primera línea mundial como lo son los calendados como Rolex Series, con un botín económico similar al de los eventos PGA americanos. Y más aún a la cita que cerraba el Circuito Europeo, y para el vizcaíno la temporada.

Con pico y pala

Con el pico y la pala a cuestas. Desde ese hoyo 1 que fue una prueba para la entereza. La clave en la arena desde la salida como en la víspera, con la variación del driver y la madera 3. La explicación, que apuntó ahí. Lo hacen los jugadores como referencia sabedores de que luego la bola nunca acatará su voluntad al cien por ciento.

En su caso, sí. Sumisión máxima. Allí apuntó, allí llegaron. Y de arenal a arenal con la necesidad de inventarse algo por la mala posición para el golpeo. Había que sacarla como fuera. La diana en el talud, a propósito, que rebotara y abandonara el encierro. Le quedó una bola jugable que él convirtió en néctar. Ahí comenzó a marcar las diferencias, con esa decisión, valentía y confianza que en otro tipo de jugadores son trazas de osadía. Chipeó desde el rough y ¡bingo! Primera entrega del manual sobre cómo salvando pares también se ganan torneos.

En la siguiente bandera ya disfrutó de un putt de birdie que no prosperó, mientras su compañero de partido, Dean Burmester, le ponía las pilas con dos bajo el par con los que le superaba en la clasificación. Fue un pequeño rejón del que el vizcaíno salió dolido en su ego y decidido a discutirlo jugó un bolón desde el tee del 3. Le sacó 60 metros al sudafricaano, que pincharía en esa etapa. Rahm,no. Al contrario. En dos latigazos se había apostado a medio metro de bandera. Birdie y colíder con Justin Rose.

Aunque el público se repartía entre las actuaciones de Fleetwood y Rose -mandaba la procedencia británica-, Jon Rahm contaba con su leal destacamento que conforme avanzaba la jornada iba aceptando nuevas altas voluntarias. «Saca el rotu rojo que hoy lo vas a gastar», comentan los fieles entre los fieles a quien suscribe sobre el color que destaca los birdies. Son sus amigos de Larrabea, donde seguro que más de uno dejó descansar la bolsa para apostarse ante la televisión.

Corbata en el 4

Que no iba a ser un día fácil, se respiraba en el ambiente. También que Rahm estaba ante una de esas situaciones en las que sabe moverse cuando la presión ahoga. Una corbata en un putt facturable en el 4. Otro bien tirado en el siguiente green que se desvía lo justo para no entrar. Otro más que se queda corto. Al paso, los paneles dejaban ver a Rose y Frittelli con dos y un golpe de ventaja sobre él. Sergio García seguía ofreciendo una imagen excelsa Ni mu. Sin gestos, ni muecas. Mira directamente al cartelón y vuelve a lo suyo.

Necesitaba birdies, claro. Pero casi más uno de esos golpes cuyo origen se desconoce por ser tan rara avis en este negocio. Si bien ambos en el lote, perfecto. Como en el hoyo 7, con visita al búnquer para no perder las costumbres, una buena salida y un tercer golpe sencillamente mágico. Subía el -16 a su tarjeta, pero los astros se alineaban en pos de la emoción y compartía cifra encarnada con sus rivales directos. Igualaba con García, que llevaba seis birdies en los nueve primeros jugados, y seguía a uno y dos de este notable Dylan Frittelli, desconocido hasta esta cita árabe, y del inefable Justin Rose, al que la victoria suponía el único canje automático por la Race to Dubai.

Nada destacable hasta el cambio de sentido. Dos roughs tras las salidas y pares sin historia. Había que hacer recuento de munición. Le quedaba, pero tenía que gastarla sí o sí porque Justin Rose era el primero en acceder al -19 y daba la sensación de haber olvidado algo tan humano como fallar, junto a un Frittelli que amenazaba seriamente con estar disfrutando de mucho más que su minutos de gloria . Además, Sergio García y Lowry firmaban -17 yendo bastante más adelante. El atasco parecía importante.

Rose confirmaba su condición humana con bogey en el 14 (y después en el 16) y a Sergio García se le cruzó el 18

Así que había que meter el morro, atajar, echarle voluntad. Y sí, era posible combinar eficacia y belleza. Un sutil segundo golpe rodado en el 10 llevó la bola a medio paso de su destino. Ya estaba en -17, pero cosió después tres hoyos sin posibilidad real de adelgazar su tarjeta. Ya se escuchaban a lo lejos los aplausos cuando los jugadores eran anunciados por megafonía a su llegada al green del 18. Y la cosa seguía estando muy malita, difícil. Precedido por alimañas, seguía a dos toques de Rose y a uno de Frittelli, García y Lowry. ¿Que no es emocionante este negociado?

Era el momento. El de Barrika sería en una mesa de póquer un inquilino sin tembleque en el pulso para el ‘all in’, la apuesta suprema de todo lo poseído. Hoyo 14. Calle perfecta; el segundo golpe al búnquer de green. Desde el arenal se pinta los pómulos como el francotirador que es. Apunta a trapo, no lo encuentra por medio palmo, pero le queda un putt de birdie que canjea. Rose había pinchado, algo que parecía imposible. Rahm, colíder con el británico y un Lowry que llevaba varias consumiciones en la casa club. Para que el tema tuviera más suspense, otra salida sin mácula propicia un desenlace pretendido, un putt de tres metros. La bola rueda armoniosa, despacio, se asoma a la oscuridad del hoyo... y se para. Quieta, haciendo equilibrio, con parte de su esfera en el vacío. ¡Por favor!

Noticias refrescantes. Rose confirmaba su condición humana con bogey en el 14 (y después en el 16) y a Sergio García se le cruzó el 18. Ya sí que sí. O no. Drive del 16 que provoca una reacción de enorme enojo en Jon. Sus seguidores ni tragan saliva. Al llegar a la zona de aterrizaje la bola está en calle, frente a la trampa de agua que protege la bandera. Y en la orilla una bandada de cuervos enormes casi impide ver la localización exacta de donde surge el mástil. El mayor silencio jamás presenciado. Vuela el proyectil, va cayendo y de repente, la mejor señal. Las aves toman vuelo para no ser víctimas de un bolazo. Sus graznidos dieron el tono al coro de aficionados que estalló al ver lo factible que había dejado el birdie. Embocó. Líder en solitario.

Un poco más de vidilla en el 17, acabando cerca del agua pero en el búnquer de cara del que salió en plan torero. Y no estropearlo en el 18, jugándolo de manual. Lo tenía en el bote, pero tuvo que aguardar en la oficina de entrega de tarjetas a que ni Rose ni Frittelli le hicieran despertar de un sueño tan hermoso como el de Jon Rahm, nuevo emir de Dubái.

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