Una jornada de locos en Torrey Pines

Rahm observa la trayectoria de la bola desde el tee de hoyo 5 / AFP

El golfista vizcaíno muestra su versión más sólida con una tarjeta de cuatro bajo par, rodeado de público, aviones, helicópteros y parapentes

J. M. CORTIZASEL CORREO CON JON RAHM EN SAN DIEGO

Es para todos igual. Relativamente. Los campos, los mismos, aunque se juegue en dos a la vez. Temperatura y viento, lógicamente idénticos actuando en el mismo rango horario. También entra en el fondo común un espacio aéreo que parece La Avanzada en hora punta. Cambia, en el caso de Jon Rahm el tsumani de público del que no pudo zafarse. Jugaba el vizcaíno en el partido anterior al de Tiger Woods y eso no se nota, se sufre. Él no lo incluye en los condicionantes, pero el horizonte que cerraba su encuadre era de una masa en constante movimiento.

Suele decir que eso, en realidad, le afecta poco, que lo peor es cuando hay poca gente, esparcida y algún individuo se mueve atrayendo su atención. Ayer tenía dónde elegir. El imán de Tiger es de tal magnitud que el público acaparaba el espacio del hoyo que jugaba y los dos o tres posteriores para no perderse ripio de la resurrección del más grande en el golf moderno.

Curiosamente, aunque Rahm dio con la tecla de la solidez, la crónica de su buena jornada hay que empezarla por el final. No hubiera pasado nada de haber perdido parte de la renta acumulada, pero el caprichoso destino quiso que el tan visitado, referido y recordado hoyo 18 en el que el curso anterior descorchó su primera victoria ayer estuviera a punto de requerirle el pago de la gloria. Su segundo golpe desde el rough se fue al agua, que para el de Barrika estaba helada. Pero, como ya es tónica y había mostrado en el recorrido, no hay más que ponerle por delante una ecuación para que salga tiza en mano voluntario a la pizarra. Salvó el par y no contuvo un suspiro de enorme alivio. Porque el cuatro bajo par con que cerró el día fue un botín merecido.

La puesta en marcha de Rahm fue acorde a lo esperado, a lo que él barruntaba. Greens duros como la mojama que obligaban a apuntar muy exacto de línea y potencia para embocar. Desde la primera salida, durante casi todo el ‘front nine’, el de Barrika hizo buenas las sensaciones que le otorga su nuevo driver, con un diseño rugoso que, dicen, minimiza más si cabe la posibilidad de un mal golpeo. Dos ataques iniciales a bandera siameses. En el primero llegó para tener un putt de birdie de cinco metros cuesta abajo que se le quedó dos dedos corto. En el siguiente cazó la primera gallina. Salida larguísima y turno para golpear justo cuando le sobrevolaban los dos primeros cazas de una lista interminable de aviones y helicópteros. No importa, mantuvo el temple y de nuevo en caída atinó con el putter desde tres metros.

El camino hasta el tercer trapo es una obra de arte. Un par 3 con salida desde una atalaya y recepción en un green con un desnivel de unos 20 metros respecto a la cota del tee. Y tras él, el Pacífico, tranquilo esta vez, formando series de olas de tres a seis pies, label californiano. Golpazo que aterriza con bote a un metro y resolución de paso y medio.También hacia abajo. Mal toque y la cazoleta queda a la derecha. Segunda opción de birdie no canjeada. Lo importante es tenerlas, piensa el vizcaíno para combatir su disgusto interior.

Parapentes a 10 metros

En el hoyo 4 siguieron sumándose convidados. Esta vez una galería de parapentistas que pasaban de redondear el paisaje a volar físicamente por encima de las calles y greens cercanas al mar, a unos diez metros de altura. No son elementos que ayuden a un jugador al que sin querer se le escapa la vista tras ellos. Tras salvar los búnquers, el segundo golpe no coronó el green donde debía y una joroba hace alejarse la bola a unos 16 metros. Dos putts y otro par a la tarjeta.

La primera calle no cogida le llegó en el 5, con mucha dosis de mala suerte. Ojalá aquí su bola hubiera acabado en el búnquer. Pero no, jugó a las acrobacias y se quedó colgada sobre la arena prendida de los últimos hierbajos. Mala postura para golpear y aún así la saca hasta el final de la calle. Y ya se sabe como es Jon Rahm. Chipeo buscando trapo y del ¡uy! se pasa al ¡oh! cuando no atina con un putt de metro y medio para salvar el par. Un borrón en forma de bogey.

Hasta acabar el ‘front nine’, combinó dos malos golpes para olvidarse de ellos con un approach de manual en el 6; siguió con tino chipeando en el 7, pateó desde nueve metros para birdie en el 8 y visitó su primera trampa de arena en el 9 sin que tuviera mayores consecuencias. En los siguientes nueve arrancó con birdie al 10, repitió como el jueves del año pasado bogey al 12 y desató su reacción. Birdie, que pudo ser eagle, igual que en 2017, al 13 y círculo rojo también al 14 y 16. Cuatro bajo el par, empatado en el quinto puesto, a tres golpes del líder, Tony Finau. Tiger Woods cerró su regresó con el par del campo.

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