Gloria entre las flores

Rahm practica la salida en el tee del hoyo 7 durante su primer Masters, en el que llegó a aparecer en el marcador principal en la séptima plaza tras hacer birdie al 11 el tercer día de competición./Masters
Rahm practica la salida en el tee del hoyo 7 durante su primer Masters, en el que llegó a aparecer en el marcador principal en la séptima plaza tras hacer birdie al 11 el tercer día de competición. / Masters

Jon Rahm afronta su segundo Masters con tres victorias más, la mente mejor amueblada cuando toca sufrir y una preparación específica para Augusta

JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Algo ha cambiado. Mucho. Sólo ha pasado un año, pero Jon Rahm acude a su segundo Masters con otro talante y el primer Major de la temporada también le recibe fuera del rango del debutante popular con que en 2017 se desbordaron todas las expectativas. Entonces ya había ganado en su primer curso como profesional, llegaba de plantarle cara al número 1 del mundo, Dustin Johnson, en los Mundiales de México y Match Play y a su alrededor había crecido una atmósfera de 'chico maravilla' que, de hecho, nos pilló a todos los presentes por sorpresa. Ahora se le venera y teme como un potente rival, que lo será, de la armada estadounidense en año de Ryder Cup.

Aún se ponen los pelos de punta al recordar la marabunta que se puso en marcha tras el de Barrika en cuanto golpeó la bola desde el tee del 1, emocionante momento que nunca olvidará. Hacía viento, mucho. Se llevó toda la tensión acumulada en unos días previos interminables y bautizó al vizcaíno en la Meca del golf. Ya había practicado la semana anterior y los días previos, claro. Pero aquello fue el verdadero rito iniciático. Más para un jugador que en cada entrevista concedida se postulaba, «¿por qué no?» como candidato a ganar y emular a su idolatrado Tiger Woods a la mayor brevedad posible.

Un almanaque después, Jon Rahm parece otro. Ha atemperado su discurso y prefiere reservar sus ansias de gloria para compartirlas con su círculo más reducido. Así no hay distorsiones en la interpretación. Llega al Masters más ligero de equipaje emocional, mucho más maduro aunque sólo se trate de un curso nuevo y, sobre todo, con la mirada del cazador, agazapado en busca de la presa en lugar de correr tras ella a campo abierto. Es su segundo intento y sabe de la complejidad que entraña. Un torneo único, distinto, en el que el vértigo de verse reflejado en el panel central que muestra las diez mejores tarjetas atenaza incluso a poseedores de alguna chaqueta verde, que prefieren ir colocándose, superando cribas hasta llegar al domingo para entonces salir de su escondite y atacar ya sin piedad.

Aterrizó el jugador de Barrika como número 12 del mundo y ahora repite en la tercera plaza y tras haber tenido dos opciones matemáticas de convertirse en el líder de los golfistas planetarios. Durante su mes de descanso en casa, cuando planificaba su temporada, marcó cinco muescas indelebles: los cuatro Grandes y la Ryder Cup. De los primeros se obliga como misión a mejorar prestaciones. Más allá del juego, busca llegar a los domingos sin estar descartado, con opciones reales de luchar por la gloria. Con el USA-Europa estar ya le parecía suficiente premio, pero cada semana que avanza se siente más comprometido con la causa continental. Ha planificado su campaña para llegar lo mejor posible a esos puntos de inflexión. Para Augusta, hizo una tacada de cuatro torneos seguidos en California y Phoenix y jugó los dos Mundiales de México y Match Play.

Está como loco porque le den rienda suelta en un Masters que tenía previsto trabajar la pasada semana junto a Phil Mickelson. Estas semanas en su casa de Scottsdale (Arizona) ha sudado lo suyo. Se le veía en los vídeos que compartía con su séquito trabajando la escalera horizontal como si no hubiera un mañana, o con los guantes enfundados golpeando las protecciones de su sparring-preparador, culto al trabajo aeróbico. Y especial atención a potenciar los abdominales para así limitar las posibles molestias en las caderas, uno de los puntos que podría darle guerra. Esa adecuación específica llega con la maduración lograda a base de pasarlo pipa y renegar de su existencia en sus saltos del Atlántico y Pacífico de campo en campo. Ha ganado tres torneos más (Irlanda, Dubái y CareerBuilder) y también ha sufrido en campos donde imaginaba porvenires más beneficiosos.

Cada vez más cercano

Con la mente mejor amueblada para cuando las cosas no salen, en perfecta comunión con su caddie Adam Hayes -en cuya casa en Charlotte tenía previsto pasar la vigilia del Masters-, Jon Rahm se postula como un favorito más cauto en la apariencia, igual de depredador que lo que dicta su ADN. Tiene hambre de Masters. Quién no. Pero él se reconoce capacitado para emular a Seve Balleteros, José María Olazabal y Sergio García. Su sueño. Cada vez más cercano. Eso piensa, solo que ahora no lo amplifica. Tampoco lo oculta.

Lo que tiene muy presente es que su rito iniciático en Augusta no fue un fracaso. En absoluto. El triunfo final de Sergio García llegó a bifurcar el apoyo entre los jugadores españoles. Cosas de las redes sociales. Había que verle la cara cuando entregó el domingo la tarjeta y le explicaba a su madre, Ángela, cómo tenía el estómago. Lo pagó con el triple bogey en el 18. Haciendo el par, lo que sucedió el viernes y sábado, se habría quedado a un par de golpes del Top-10. Y por el camino vio su nombre en el marcador central. Y no le dio vértigo. Le excitó.

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