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La fábula de 'Jon sin miedo'

EFE / VÍDEO: JOSÉ MANUEL CORTIZAS

La valentía lleva a Rahm a colocarse séptimo con seis birdies y se hunde perdiendo cinco golpes en el sprint final

JOSÉ MANUEL CORTIZASQuail Hollow

No le quedaba otra. O sí. Pasar el corte -único español que lo lograba- no era un mérito como para tirar la casa por la ventana. El PGA es un grande y en él no se puede nadie andar con contemplaciones. A su favor juega que Jon Rahm no sabe hacerlo, no ha aprendido, ni quiere hacerlo, a especular. Lo suyo es la verticalidad, meter la directa, apuntar a bandera y que sea lo que deba ser. Afrontó la tercera jornada retándose a sí mismo, provocándose para mejorar la gris imagen del viernes, de un tono más plano si cabe al recordar su juego estelar del jueves. Prometió descansar y desconectar, «no tocar un palo de golf ni loco» y debió surtir efecto. Tocaba que saliera a escena ‘Jon sin miedo, como una versión del cuento de los hermanos Grimm de aquel Juan que salió en busca de aventuras y peligros porque no conocía el temor. Como el vizcaíno.

Llegó al campo serio, concentrado, algo tenso como todos porque tuvo que esperar a que acabaran los partidos aplazados a la mañana para conocer su horario de salida y compañeros de viaje, en plural. Ante la posibilidad de que las tormentas regresaran por la tarde la organización decidió mantener el formato de tríos y el de Barrika pasó la jornada con Kuchar y Stricker. Y desde el tee inicial se le vio ameno, especialmente comunicativo con «¡Kuuuuuch!», como jalean sus hoyos los aficionados, el gigante de Winter Park que tuvo por unos instantes el The Open en sus manos antes de que Jordan Spieth se sacara de la manga la magia que necesitaba en la situación más crítica imaginable.

No fue una erupción instantánea. Y la verdad es que tampoco se percibieron tempraneros escapes de humo por las toberas como antesala de la explosión y la lava. Dos pares correctos y un hoyo 3 en el que la mirada furtiva le frenó en su deseo confeso de zurrarle a la bolsa. Quizá pensó que los demonios de su maldito segundo día podían germinar de nuevo, aquellos que convirtieron su recorrido en una secuencia de corbatas y calles desperdiciadas. No. El bogey fue casi anecdótico ante la marcha extra que metería a continuación. Un fuera de calle con copa de árbol recortando la trayectoria del segundo golpe y la posterior aproximación que se quedó sin coronar un pliegue del tapete.

No es novedad que Rahm saque partido de lo negativo, que se conecte en modo reciclaje y convierta la hiel en un potenciador de su octanaje sensorial. Gesto de confianza de Adam Hayes, su caddie, que sigue sumando en su ascendencia sobre el de Barrika. Choca los puños al paso como diciendo «tranquilos, todo controlado». Vaya si lo está. El público que ocupaba la tribuna del green del 4 tuvo que ponerse en pie para ver si la bola remitida desde el tee acababa en el que hubiera sido segundo hoyo en uno profesional de Jon Rahm. Le faltó, nada. El birdie fue un justo premio, que conectó con el siguiente. La física al poder. Línea directa, de tee a green, como los trenes de alta velocidad con sólo una parada en el trayecto. Brazos poderosos y tacto para rematar a cuatro metros. Qué difícil resulta ejecutar lo que se antoja tan sencillo. Elemental.

Decidido a mejorar a bocados su tarjeta, Rahm se dio otro homenaje antes de cubrir la primera vuelta. En el 7, un golpazo seguido de un dilema de sencilla respuesta. ¿Búnquer o agua? Desde la arena casi emboca Stricker de un metro al lado de donde tenía la bola el vizcaíno, que se retorció como si fuera suya cuando media vuelta la apartó de la cazoleta. Le aplaudió el de Arizona State y luego fue él el receptor de la ovación por su doble faena: salida espectacular y putt delineado.

Algún pero

Con Rahm siempre hay que poner algún pero porque en el 8, también tras convertir la escapatoria de la trampa de arena en un deleite para el espectador con retroceso como efecto preciso y preciosista, tuvo un putt de birdie de menos de dos pasos que la puñetera bola no quiso conceder. Falló la tracción. El contacto de la base del putter provocó un saltito que abortó la operación. El resumen era más que favorable al de Barrika. +1 en una jornada en la que se sabía que iba a costar un potosí arrancarle birdies al campo y él ya había sumado tres.

Su mirada fue cobrando brillo y resaltaba bajo la sombra de la visera. Del 10 a 14 se gustó, se sintió importante, referente (llevaba la mejor tarjeta del día). El boca a boca y los paneles informativos ejercían de amplificadores y cada vez era más el público que desafíaba la atrocidad del calor y la humedad -superior a la víspera como manifestaban los rostros achicharrados y empapados de los jugadores- y seguía el partido más allá de la norma del día que era quedarse al amparo de la frondosidad de los árboles a la espera de los jugadores como el cazador que aguarda el pase de la paloma.

542 metros en los dos primeros golpes al 10 como aperitivo del cuarto birdie. Ya estaba al par del campo. En el 12, otros dos zurriagazos para dejar un putt de cuatro metros. Birdie, -1 y subiendo en la tabla. Y en el 14 más de lo mismo. Envío sin interferencias. -2 y séptimo en la general. Apretaba el puño y lo chocaba después con su caddie. Contenía toda la emoción que sentía de la que se delatado por esa sonrisa casi ingenua de quien no se atreve a decir que la está liando.

Y lo que hizo fue liarse. Otra vez un sprint final accidentado. El 15, una de las banderas más conquistadas, de hecho por sus compañeros de partido. Y necesita un tripateo, el penúltimo errado a un metro, para rebajar su escandalosa tarjeta del día. ¿Causa efecto? O quizá la complejidad del hoyo 16. Da igual. Apuntar al trapo no le llevó esta vez a nada bueno y de un plumazo cambió el signo de su saldo. Otro tripateo, éste con doble bogey, idéntica secuencia al 18 y devolución total de lo avanzado. +3. Frustrante.

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