Golf

De esos días en los que te pasa de todo

Una jornada infernal de calor, humedad, greens duros y banderas puestas por el enemigo aleja a Rahm de su sueño de grandeza en el PGA

JOSÉ MANUEL CORTIZASEnviado especial Quail Hollow

Cuando ves a más de ciento cincuenta jugadores de golf resoplar de alivio por el simple hecho de hacer el par en un hoyo es que algo pasa, que el día se las trae, que hay revuelo en la oficina. Los paneles informativos del PGA Championship fueron este viernes un océano de cuadrados azules encerrando cifras, modo en que son marcados los bogeys. Rosarios de ellos, miraras por donde miraras. Era uno de esos días en los que todo se pone tan a la contra que en el subconsciente comienza a instalarse el afán de protección, el deseo de supervivencia. No queda otro remedio jugando con más de 30 grados desde las ocho y media de la mañana y una humedad que atacaba hasta la respiración. Modo baño turco. Una barbaridad que fue potenciada hasta un límite excesivo por los jueces de la materia al colocar las banderas en los recovecos más insólitos. Esquineras, una provocación en toda regla para los valientes, en estos casos casi llevados al terreno de la autodestrucción. Jon Rahm pagó el peaje. Y bien que le dolió. Su tarjeta de +3 en el recuento del segundo día le permite seguir en liza en el grande, pero le rebaja los galones por los que tanto batalló el jueves.

El golf no entiende de merecimientos, así que es inútil avanzar por esa vía muerta. Las condiciones, siendo comunes, afectan por igual a todos los que comparten espacio y tiempo. Pero ver en lo alto de la pirámide de un major a los Kisner, Olesen, Woodland, Stroud, An, Murray, Finau, Points y compañía -olé por ellos- confirma que efectivamente algo sucede. Y cambiará, no lo duden, aunque a quienes corresponda nadie les quitará su momento de gloria. Lástima que esa porción de cielo se alejara del radio de acción del golfista de Barrika, al que le pasó de todo. Con la crueldad del destino de premiarle con una pera dulce en el 10, donde se embolsó el primer birdie ya chorreando sudor. Excitación lógica. Los antecedentes del jueves, tremendos. Cobrarle un golpe al campo en la primera banda, mejor imposible. Ni se le pasaba por la cabeza que la máquina de restar había quedado ya inutilizada.

Fue valiente siempre y eso hay que reconocérselo en una etapa en la que no había green sin señal de peligro. ¿Qué hacer? Si salía agresivo y apuntaba a bandera, cualquier deriva le mataba porque los trapos estaban colocados para hacer daño. Mucho. Se iba a poner chato de comprobarlo. Junto a caídas que llevaban las bolas fuera del tapiz, en relieves, salpicadas por la arena de salidas de búnquer, tan cercanas al final de la calle que parecían un felpudo previo a la alfombra o alejadas a un córner tras el que no había campo. Se lo pasaron pipa los responsables de la PGA imaginando las consecuencias de su ocurrencia. Seguro que hasta poniendo nombre y cara a quién podría caer al agua aquí, pasarse allá o quedarse corto por falta de testiculina, que también hay casos de ese déficit en el golf de pago.

Todo empezó a torcerse en el tercer hoyo visitado. La bola quedó casi invisible, hundida en el rough de protección y no había manera de que la cuña llegará a su base. El envío se fue hasta el otro lado del green y cayó el primer bogey. Acababa de encenderse la alarma cuyo sonido era atenuado por las estridentes chicharras y el run-run de los grupos electrógenos que procuraban algo de aire y rocío de agua para que nadie muriera en el intento. Porque en adelante Rahm no tuvo una cita con la bandera tranquila hasta el 18.

Apuntó a trapo en el 13 y la bola botó en green, cerca de la cazoleta, pero su dureza hizo que cogiera una caída y se fuera a lontananza desde donde escribió el par con un approach previo de ovación. En el 14, animal de costumbres, se fue al agua donde el jueves lo evitó el último ángulo del búnquer. Bogey que casi no llegó a serlo con un putt que se negó a entrar. Repitió golpe perdido (en la víspera fueron dos birdies seguidos) en el 15 con el colmo del «hoy no es mi día». Calculó más una salida de la arena volviendo la bola a ella y sufrió una corbata cuando aún era inverosímilmente posible el par. Volvió a coquetear con el agua, sin mojarse en el 16, y en el siguiente otro envío medido y bien certificado aterrizó en green y éste lo expulsó ladera abajo. Tripateo y la cuenta ya ascendía a +2. Y lo detuvo ahí pese a que en el cierre de la vuelta volvió a dropar al caer en el arroyo que parte longitudinalmente la calle. Pero un enorme tercer golpe le dio cuartelillo.

La cosa estaba caliente, nunca mejor dicho. Había tenido un par de amagos de rabia que supo cauterizar haciendo un evidente esfuerzo. Le esperaba un tramo de vuelta con la sensación de que se barajaba el +4 como mota negra para quedar fuera del corte. No podía jugar con fuego, pero ardía la jornada en todas sus acepciones. Tenía a su vera a un McIlroy que iba a su rebufo, al punto de hacer carambola con su bola en una ocasión y dejarla a un metro en otras cuantas. Pero era Fowler, más en modo hormiguita, el que soportaba mejor la situación sin la necesidad de reventar la bola. Rahm recuperó las calles, pero el mando a distancia no acabó de entender sus órdenes. Cinco putts a uno o dos dedos, otra corbata, dos más lejanos a menos de un metro y la penalización del último bogey en el 5 como consecuencia de una prematura caída en búnquer y la posterior salida sin tocar hierba cortada. Con +3 soportó los últimos cuatro hoyos, sospechando que un desliz más podría dejarle inactivo desde ya en Quail Hollow. No puedo mejorar. Tampoco empeoró. McIlroy, con cuatro bogeys entre el 2 y el 6, espabiló y regresó del+4 con dos birdies de alivio.El vizcaíno rumió junto a los suyos el mal día mientras los partidos de la tarde comenzaban y la lluvia hacía acto de presencia. A buenas horas.

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