Desde el Ártico al Mar Negro a vela... y con escala en Euskadi

Aventurero. 'Jono' Dunnett, a su salida de Donostia, tras pasar unos días de descanso en su periplo. /J. D.
Aventurero. 'Jono' Dunnett, a su salida de Donostia, tras pasar unos días de descanso en su periplo. / J. D.

El inglés Jonathan Dunnett ha hecho parada en San Sebastián en su intento por recorrer la costa de Europa a bordo de una tabla de windsurf

ÁLVARO VICENTE

Si hoy se acerca a cualquier punto de nuestra costa puede que sea capaz de avistar a Jonathan 'Jono' Dunnett (1974) a bordo de su tabla de windsurf. Es un inglés que está dando 'la vuelta a Europa por la costa' y que ha hecho escala en Euskadi en los últimos días. Este martes dejó San Sebastián y ni él sabe cuál será su próxima parada, dependerá de la fuerza con la que sople el viento. Puede que se detenga en Zarautz, Zumaia, Mutriku o en cualquier localidad vizcaína. «Hay días en los que avanzo diez kilómetros y otros en los que el viento me lleva a recorrer cien kilómetros en una sola jornada», relata este intrépido aventurero que solo tiene palabras de elogio hacia lo visto desde el agua a este lado del Bidasoa: «Su color verde, las olas batiendo la costa... Es realmente bello. Me costó llegar porque el viento soplaba desde la tierra, tuve que trabajar mucho, pero mereció la pena. Mi entrada en la bahía de La Concha no la olvidaré nunca».

Dunnett inició esta «expedición» en la frontera entre Rusia y Noruega, en el Círculo Polar Ártico, el pasado mayo. Por el momento ha recorrido Europa Occidental, incluyendo la totalidad o parte de las costas de Suecia, Dinamarca, Alemania, Países Bajos, Bélgica y Francia. En su navegación ha estado acompañado por momentos de ballenas, focas y delfines, según relata. Y ha pasado «muchísimo» miedo por más que trate de no alejarse de la costa en sus desplazamientos.

Navega solo, sin apoyos. Es lo que hace más especial si cabe esta experiencia. No tiene soporte en tierra siguiéndole, ha decidido no buscar ni aceptar un patrocinador corporativo y se apoya en una red de contactos locales que va surgiendo de forma espontánea a través de su página web porque hace esta aventura «más interesante, más agradable y más fácil de lograr». Por el momento tiene más de trescientos.

Pese a los muchos misterios que esconde el mar, Dunnet advierte de que sus principales desafíos son «alimentarse con suficientes calorías y encontrar lugares adecuados para pasar la noche. Para ayudar a superar estas dificultades estoy apelando a la buena naturaleza de la comunidad internacional». Le vale «un sofá, una caravana o un jardín con tienda de campaña» para descansar entre etapa y etapa.

Si tiene suerte como en su estancia en San Sebastián, puede dormir entre cuatro paredes acogido por una familia de Oiartzun, pero en otras muchas ocasiones su colchón es la arena de cualquier playa y su techo la vela de su embarcación. Y las estrellas. «A veces me donan una comida, otras veces me dejan un hornillo para cocinar y si hay suerte hasta puedo cenar pizza. Cualquier aportación es bien recibida».

Un saco de dormir y una mochila estanca a la espalda con el teléfono móvil y algunos otros enseres es todo lo que lleva en su embarcación. «Y un remo por si me quedo sin viento para poder tocar tierra», puntualiza en un perfecto castellano aprendido en sus años mozos cuando fue monitor de este deporte en Menorca.

«Pasé miedo»

Hasta la fecha ganan por goleada los buenos momentos. Cualquier amanecer desde su tabla hace que merezca la pena este viaje, según relata. ¿Y de los malos? «Hace unos días en Arcachon pasé miedo al tratar de alcanzar la costa. El mar estaba muy movido, había olas de más de dos metros, y después de una larga etapa de 50 kilómetros tenía las fuerzas justas para sujetar la vela. Las olas acabaron rompiendo el material. Me quedé zombie, pero al día siguiente ya estaba en marcha después de reparar el material».

Prevé culminar su travesía el verano que viene. Le queda la costa de Portugal, España, Francia, Italia, Albania, Grecia, Turquía, Bulgaria, Rumania y Ucrania. La expedición terminará en el Mar Negro en la frontera entre Rusia y Ucrania «o tan cerca como el clima político lo permita». Calcula que habrá recorrido 15.000 kilómetros el día que ponga fin a este aventura nunca antes realizada por un windsurfista.

No hay ninguna apuesta detrás, tampoco ningún fin solidario. «Lo hago porque si no lo hiciera nunca me lo perdonaría», confiesa. La idea le venía rondando desde que hace dos años dio la vuelta a Gran Bretaña en tres meses, una primera experiencia que ha recogido en un libro y que se puede adquirir en plataformas online. «Me dije: 'he conocido mi isla y ahora quiero conocer mi continente. Aquí estoy», dice con una sonrisa de oreja a oreja detrás de la barba de todo marinero.

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