El estratega del silencio

Ángel María Villar, durante su discurso en la presentación del logotipo oficial de Bilbao como sede del campeonato europeo de fútbol UEFA 2020

Salpicado por varias investigaciones, Ángel María Villar ha conseguido salir indemne de todos los casos y mantenerse tres décadas al frente de la Federación con la discreción como su arma más poderosa

IVÁN ORIO

Ángel María Villar (Bilbao, 67 años) afronta su momento más crítico desde que asumió la presidencia de la Federación Española de Fútbol, hace ya tres décadas. En este tiempo se ha visto obligado a solventar diversas crisis internas y externas que, lejos de debilitarle, le han reforzado con sus victorias incontestables en las urnas. Él, como siempre ante las crisis, ha guardado silencio en un buscado segundo plano, convencido de que los asuntos de calado hay que tratarlos en privado.

Nunca como hasta ahora Villar había visto tan de cerca la posibilidad de perder, aunque sea de forma transitoria, su estatus dentro del país. También lo temió cuando hace dos años la Comisión de Ética de la FIFA abrió una investigación por la supuesta compras de votos en las designaciones de los Mundiales de Rusia de 2018 y de Catar, en 2022. Pero, una vez más, el dirigente bilbaíno salió airoso: el comité le exoneró de cualquier violación del código de conducta al entender que sí cooperó en las averiguaciones para tratar de esclarecer este oscuro asunto. Pero le amonestó por hacerlo tarde y le sancionó con una multa de 23.150 euros al considerar que algunas de sus expresiones en la entrevista que mantuvo con el estadounidense Michael García, responsable de la investigación del comité, atentaban contra el decoro de la FIFA.

Pocos dirigentes del planeta fútbol saben manejar el timón del barco como él cuando arrecia con fuerza la tormenta. Villar encarna mejor que nadie al antagonista del apasionado de sangre caliente que dice algo inapropiado y después trata de remediarlo ya sin éxito. Consciente de que alterarse incrementa sobremanera la opción de equivocarse, medita al milímetro todas sus resoluciones y es capaz de respirar tres veces para manejarse con calma cuando el futuro se presenta incierto u oscuro, como es el caso. El hombre más poderoso del fútbol español huye del mundanal ruido y mueve los hilos alejado de los focos y los micrófonos, a los que no quiere ver ni en pintura. «Me puso aquí el fútbol y me sacará de aquí el fútbol, porque el fútbol debe estar gobernado por la gente del fútbol», suele comentar con asiduidad a sus allegados. Sus detractores se han frotado varias veces las manos cuando han detectado su debilidad, pero siempre ha salido airoso.

La presidencia de la UEFA, una amarga renuncia

Quienes han osado retarle han salido escaldados. Que se lo pregunten a Gerardo González, a quien Villar relevó de la secretaría general de la Federación en 2003 acusándole de deslealtad y de filtrar documentos. El destituido, su mano derecha, contraatacó presentándose a las elecciones. El bilbaíno estuvo contra las cuerdas en campaña, pero solventó la crisis gracias al respaldo de última hora de varios clubes que cambiaron de bando. Cinco años después, el Ejecutivo de Zapatero trató de imponerle la fecha de los comicios en la institución federativa. Villar pidió ayuda al presidente de la FIFA, Joseph Blatter, quien amenazó al Gabinete socialista con expulsar a los clubes españoles y a la selección de las competiciones internacionales, entre ellas la Eurocopa que después ganó. Jaime Lissavetzky había lanzado un órdago a mayor y Villar le ganó por la mano. Después convocó las elecciones y volvió a salir reelegido.

Lleva 29 años al frente de la Federación Española de Fútbol pero aún no ha podido quitarse el sabor amargo que le dejó tener que renunciar al sueño de ser presidente de la UEFA. Hace cerca de un año retiró su candidatura a las elecciones previstas en Atenas, tras comprobar que no reunía los los apoyos necesarios para ganar y ante la falta de confianza de Francia, Rusia y Alemania, que finalmente auparon al esloveno Aleksander Ceferin a dirigir el organismo.

Meses después, el pasado mes de mayo, se desquitó al ser reelegido por octava vez como presidente de la Federación Española de Fútbol. Las impugnaciones presentadas no prosperaron y el resultado final fue contundente: Villar obtuvo 112 de los 129 votos emitidos. Jorge Pérez, su único rival electoral, finalmente no se presentó a los comicios ante lo que consideraba atropello y falta de claridad en el proceso. «Empieza un nuevo tiempo ilusionante. Me siento fuerte, ilusionado y mucho más seguro», declaró el dirigente vizcaíno.

Javier Tebas, presidente de la Liga de Fútbol Profesional, ha seguido siempre muy de cerca los acontecimientos vinculados a las investigaciones en el seno de la FIFA por sus tiranteces con el vicepresidente de la entidad con sede en Zúrich. Se enemistó con el bilbaíno porque este último se alineó con la Asociación de Futbolistas en la amenaza de huelga en las últimas jornadas de la liga de la temporada 2014/15. Pidió en reiteradas ocasiones que Villar explicase su papel en el escándalo que convulsionó el gobierno del deporte rey a nivel planetario. A pesar de saber que era como clamar en el desierto, porque el vizcaíno siempre se refugió en el silencio. Entrar en batallas dialécticas no es su estilo.

Los graneros

Los delegados territoriales de la Federación son los grandes defensores de Villar, siempre dispuesto a reunirse con ellos para escuchar sus problemas a pesar de que su agenda echa humo por los compromisos institucionales a los que obliga un cargo de máxima responsabilidad como el suyo. Y no le cuesta hacer auténticas cabriolas en su almanaque personal y profesional para inaugurar un nuevo campo de Tercera en cualquier lugar recóndito del país o asistir a un acto deportivo con fines benéficos. El presidente de la Federación tiene muy claro dónde están los graneros de votos y trabaja como nadie el cara a cara para conseguirlos.

Y como en el terreno futbolístico los reproches no tienen el eco deseado, sus enemigos recuerdan con cierta periodicidad su sueldo –alrededor de 152.000 euros anuales más dietas, el doble de lo que cobra el jefe del Ejecutivo– y su patrimonio inmobiliario: la vivienda familiar, en el exclusivo barrio madrileño de Salamanca, dos pisos en la Gran Vía de Bilbao, un chalé en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja), una casa en Altea (Alicante), un ático en Marbella, un adosado en Estepona... Y ahora miran también a Uruguay, donde presidentes de varios clubes de Primera han acusado a su hijo Gorka Villar, exdirector general de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), de extorsionarles para evitar una denuncia contra una supuesta «organización criminal» de esa entidad que se apropiaría del dinero destinado a los equipos de élite del país. Tampoco el dirigente bilbaíno ha aludido a esta situación. Ha permanecido callado, a la espera, fiel a su estilo. Y, por ahora, le ha funcionado.

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