Mohoric condena a pasar hambre al Movistar

Mohoric celebra su victoria./EFE
Mohoric celebra su victoria. / EFE

El esloveno impide a Rojas romper la mala racha de su equipo en vísperas de la explosiva subida al Xorret del Catí

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑACuenca

El jueves por la noche, el cocinero del Movistar tuvo trabajo extra. Pasadas la once y media corrió a preparar un puré. Venía del hospital Carlos Betancur, que se había partido un tobillo y la cara en una caída tras aguantar los ataques de Contador. Maquillado con vendas y con la boca inmóvil, el puré era lo único que podía tragar. El colombiano se había convertido en la baza del Movistar, el equipo que parece haber gastado toda su suerte.

En el inicio del Tour se le rompió Valverde. Su otro líder, Quintana, parece haber envejecido antes de tiempo. Y acaba de perder a Betancur, al fin en su peso, por una de esas sombras de la bajada del alto del Garbí donde los corredores se quedan ciegos tras tanto tiempo al sol. En ese claroscuro, Van Garderen dio el jueves con algo y tiró a Betancur, condenado a vivir unos días a base de puré. A la espera de que en 2018 se recargue con la pólvora de Mikel Landa, al Movistar sólo le queda en esta Vuelta el consuelo de alguna victoria de etapa. Y pareció a su alcance en la ciudad encantada, en Cuenca. Pero a José Joaquín Rojas se le adelantó, por fuerza y atrevimiento, un esloveno que siempre llega pronto, Matej Mohoric, que a los 19 años ya había sidos dos veces campeón del mundo. Ahora tiene 22 y bajo las casas colgadas de Cuenca ahorcó las esperanzas del Movistar, que sigue a dieta, sin probar las victorias. Sólo puré en este menú sin una pizca de fortuna.

En Llíria, punto de salida, no cabía la gente. «El público de la Vuelta es fantástico», agradecía Froome, que es líder salvo en cariño popular. Ahí manda Contador. «Me emociono cada vez que veo una pancarta dándome las gracias», repite el madrileño. Hay muchas. Muchas emociones en la carrera de su adiós. En Llíria también está la Iglesia de la Sangre. De allí salió la etapa. Y hubo sangre a manta hasta llegar a Cuenca. Ni los kilómetros de tregua perdonaron. Van Genechten fue el peor parado en una caída masiva durante ese tramo de fogueo. Le costó la Vuelta. A casa. Ya sangraba la etapa. Tal fue el caos que Fernando Escartín, director de la prueba, paró la carrera. A ver. Calma. Vamos a empezar de nuevo. Pero nada cambió. El cansancio se nota. Y la fatiga del calor. «Parece que llevamos ya dos semanas de Vuelta», apuntó Contador. A menos fuerza, más caídas. Ley ciclista.

Hay otro aliado de los accidentes: el miedo. «Había tensión por si soplaba el viento», dijo Contador. Ni que se hiciera una escapada pronto tranquilizó al pelotón. Era un fuga inofensiva: Mohoric, Rojas y Carapaz, Maté y Pérez, Poljanski, Gougeard, Reis, De Gendt, De Marchi… Y Jeste Bol, el holandés que se ha hecho colombiano, el mejor situado en la general, a casi nueve minutos de Froome. Esa ventaja les concedió el Sky, que no considera el maillot rojo una prenda de quita y pon. Froome no la cede, la honra a diario.

Omar Fraile, con un virus

Mientras el ciempiés del pelotón dejaba hacer a los furtivos, seguía manando la sangre. Una bicicleta de mountain bike tumbada en la cuneta provocó otro tropiezo. La etapa era carne de hospital. El eritrero Kudus y el campeón estadounidense, Warbasse, acabaron en camilla. Sin Kudus, al Dimension data le quedan cinco corredores. Casi cuatro. Omar Fraile arrastra el virus que ha tumbado a tres de sus compañeros. «El jueves lo pasé fatal. A ver si voy recuperándome», confía.

A los médicos de la Vuelta se les amontonaba el trabajo cuando la etapa ya se arrimaba al primer paso por Cuenca, ciudad aupada a un roca. Desde abajo impresiona: hay un rascacielos de doce plantas construido en el siglo XVI. ¿Cómo? Distribuyendo sus plantas en una ladera empinada. Tiene dos entradas, una en el bajo y otra en el piso cinco. Ahí, a esa altura, vio Pío Baroja asomarse a un burro y pensó que los conquenses estaban locos.

Al pelotón, en cambio, le calmó el viaje a Cuenca. El Sky había puesto a salvo el liderato de Froome. Dejó la etapa abierta. Campo libre para la fuga. A Cuenca se llega por la subida al Castillo, se baja y se regresa a la meta. En el ascenso hubo otra pizca de sangre: Reis se echó encima de la moto de un comisario y se fue al suelo. El último tortazo quedó registrado en el corazón de esta ciudad que tan bien aprovecha el poco espacio disponible. En eso, en rentabilizar sus recursos, venía pensando Mohoric, que fue un niño aplicado, hijo de maestros, campeón del mundo juvenil en 2012 y sub’23 un año después. Nadie ha hecho eso. «Tenía que distanciar a los escaladores antes de la cuesta», se dijo. Lo hizo. Sólo Rojas, apoyado en su compañero Carapaz, se le pegó. Mohoric torturó a Rojas en la calle empedrada que trepa por el casco de Cuenca. El esloveno le llevó colgado del cuello. Le vació.

Rojas corría conjurado. Sufrió todo lo que supo. «Quería ganar por el equipo. Nos lo merecemos más que nadie tras esta mala racha», declaró. En el descenso se les unieron Poljanski y De Gendt. Cuatro para una meta. Mohoric no miró atrás. Insistió. No le tuvo temor al descenso en esta etapa sangrante. Se encogió sobre su bicicleta, sentado en la barra del cuadro y en posición de huevo, la más aerodinámica. “Es peligroso, pero me permite ahorrar energías», explicó. Rojas, De Gendt y Polsjanski dudaron en un relevo. Eso les mató. Cuenca fue de Mohoric. “Lo mejor está por venir. Un día disputaré una gran vuelta», anunció. Rojas, tercero al final, le felicitó: “Ha ganado el más fuerte”. El que amargó al Movistar.

A ocho minutos, con Froome apoyado en el cómodo hombro del Sky, entró el pelotón. Ahora vienen dos subidas trepidantes, el Xorret del Catí y Cumbres del Sol. «Estoy en una posición fantástica. No necesito atacar. Ya lo hice en Andorra», señaló el líder. A dos pasos, Contador tenía otro plan: «Habrá que ver cómo están los rivales». El madrileño es de los que siempre hace sangre.

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