Octava etapa de La Vuelta

A Froome sólo le responde Contador

Los ciclista españoles de Trek, Alberto Contador y Jesús Hernández junto al británico de Sky Chris Froome en la llegada a la meta.
Los ciclista españoles de Trek, Alberto Contador y Jesús Hernández junto al británico de Sky Chris Froome en la llegada a la meta. / EFE

Alaphilippe vence a lo grande en el Xorret de Catí, donde el líder y el madrileño dejan atrás al resto de los candidatos

J. GÓMEZ PEÑA

En la etapa que no pudo correr Warren Barguil tras ser apartado por desobedecer las órdenes de su equipo, ganaron los rebeldes como él. Venció en el Xorret de Catí otro francés, Julián Alaphilippe. Como era hiperactivo y travieso, su padre lo sacó de la escuela con 14 años para ahorrarse así más líos. Le hizo estudiar en casa un par de cursos por correspondencia. No había otra solución para aquel demonio. En el Catí, el hipeactivo Alaphilippe pudo con el polaco Majka, su compañero de fuga, que le torturó sin piedad y sin éxito.

A la meta de esta pared alicantina llegaron luego y juntos otros dos dorsales inconformistas, Froome, líder sin fisuras, y Contador, el único que le responde. En 2011 y 2012, el británico se levantó en armas contra la tiranía de Wiggins en el Sky. No se conformó con ser su sirviente. Y luego ha ganado cuatro veces el Tour y va a por esta Vuelta. Contador está vaciado en ese molde. En su última carrera, sigue fiel a su carácter. Se tira a la yugular de todo aquello que le dicen que es imposible, como ganarle esta Vuelta a Froome. De ellos, los rebeldes, es esta apasionante Vuelta.

El Xorret de Catí no es una cuesta; es un nudo corredizo. A cada metro de rampa ahoga un poco más. A los ciclistas se les vuelven los pies de plomo. Allí terminó, a cámara lenta, la etapa que había venido a toda pastilla desde Hellín. Contador tiene bien estudiado a Froome, líder intacto de esta Vuelta. Lleva años sufriéndole. Conoce su estilo: en estos puertos explosivos con muros del 20% de desnivel, el británico empieza a subir en la retaguardia. A su ritmo. Lo que le dicta el potenciómetro. Progresa, remonta y, zas, acciona el molinillo, la hélice de sus pedales. Aprieta el nudo corredizo. «Esperaba ese ataque y por eso me he ido un poco por delante con Woods», dijo Contador. Acertó. Froome hizo lo que él esperaba. Trituró a todos. Sacudió la rama de la clasificación general y alejó más a Chaves, Nibali y Aru. Sólo Contador, y a duras penas, le resistió tras ceder un momento para «coger un poco de aire». Sólo Contador, pese a estar tan lejos en la general, parece con piernas para alterar los planes de Froome. En el Catí, fue el único que se soltó el nudo y no cedió ante el líder.

«No tengo miedo a que me fallen las fuerzas en la tercera semana», avisó Froome. Que nadie se ilusione. El Sky es pura matemática: como quería ganar esta Vuelta, el británico no llegó a tope al pasado Tour. La economía del gasto energético es su mejor asignatura. Matrícula de honor, por ahora. En el Catí, Nibali, Chaves, Aru y Zakarin perdieron otros 17 segundos. Y más, 28, Woods, Kelderman, De la Cruz y Van Garderen. «Es la primera vez que he preparado a conciencia la Vuelta», aclaró Froome. «Lástima», replicó Contador. «Lástima de los dos minutos y medio que perdí en Andorra por aquella indigestión». Sin aquel retortijón esta Vuelta sería hoy pura electricidad. Aún puede serlo, según el madrileño. «Nunca me he ido», advierte.

La etapa tuvo calor y velocidad. El Sky comenzó pronto con el nudo corredizo. No le concedió nada a la fuga en la que iban Alalphilippe, Majka, Losada, Jesús Hernández, Pauwels… Y Oliveira, situado a tres minutos de Froome en la general. El Sky no regala el maillot rojo. Síntoma de poder absoluto. Por eso, la escapada alcanzó los olivos previos al pinar del Catí con apenas cuatro minutos, de sobra para discutir entre ellos la etapa, pero insuficiente para que Oliveira destronara a Froome. La Vuelta corre al dictado del Sky. Tiene buena letra, firme. «En otro equipo, yo no sería líder de esta carrera», agradeció el británico.

La victoria del día -se vio enseguida- estaba entre un escalador, Majka, y un pegador, el 'Valverde galo', Alaphilippe. A unos metros, retorciéndose, Polanc hacía el acordeón. Bañados en sudor. Clavados. Pedaleaban sobre cera. En el Catí no se puede disimular. Todo es lento, salvo el aliento, descosido. Majka no tenía ninguna duda: o se despegaba de Alaphilippe o estaba perdido. Hizo todo lo que sabe. Tiró hasta con las pestañas. Y nada. Ahí seguía el francés, un rebelde que no se rendía.

El padre de Alaphilippe tiene 77 años. Edad de abuelo. Se casó con una chica treinta años más joven y tuvo a Julián, chaval inquieto. Como era director de una orquesta que iba por las verbenas de los pueblos, le metió en el conservatorio de música. Tres años de solfeo. El chaval eligió el instrumento que mejor le cuadraba, la batería. Ruido. Ufff. Un terremoto. Sólo le calmaba la 'motobekane', la bicicleta varias tallas grande que había comprado con sus ahorros. En la familia lo vieron claro: el ciclismo era la mejor terapia. Y Julián acabó en el equipo el ejercito, Armée de Terre. Un poco de disciplina. Le vino bien.

Ya ha subido al podio de la Milán-San Remo y la Lieja-Bastogne-Lieja. Y viene de una mala lesión de rodilla tras caerse en la pasada Vuelta al País Vasco. Está hecho de pólvora. Músculo de fibras veloces. Un resorte. Soportó a Majka, no se alteró cuando ya en el descenso hacia la meta les cogió Polanc y los soltó como si nada en el repecho final. Alaphilippe le metió un puñetazo al aire bajo la pancarta. «¡Toma ya!». Su mejor nota musical. La canción del rebelde. Usa, como Froome, potenciómetro. Pero no para marcarse un ritmo, sino para frenarse. Tan fogoso. Tanto talento.

A minuto y medio, de la mano, llegaron Froome y Contador. El líder le saca ya 28 segundos a Chaves, 41 a Roche, 53 a Nibali, 58 a Van Garderen y más de un minuto a Aru y De la Cruz. Pero es Contador, decimoséptimo a 3.10, el que le preocupa. «No quiero que pase lo de Formigal», dijo el británico. Le duele el recuerdo de la etapa de la pasada Vuelta en la que Contador le ejecutó. No se fía de él. «Sé que seguirá presionándome». Le conoce. Otro rebelde.

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