Vuelta a España

Contador quiere volver «loco» el Angliru

Contador, en la meta de Gijón
Contador, en la meta de Gijón / EFE

Anuncia su ofensiva final en la etapa decisiva tras atacar camino de Gijón, donde se destapa el joven Cortina y gana De Gendt

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑAGIJÓN

La etapa que el final ganó el belga Thomas de Gendt empezó a moverse la noche anterior. Rodó por la cabeza de dos corredores valientes, uno que se va, Alberto Contador, y otro que acaba de llegar, el gijonés Iván García Cortina, de apenas 21 años.

«Faustino, mañana pon el plato de 55 dientes (dos más de lo habitual)», le pidió Contador a Faustino, su mecánico de siempre. Plato más grande. Más velocidad. Hambre de victoria, de gloria. Durmió con una idea atornillada a la almohada: atacar en el muro de San Martín de Huerces y volar luego cuesta abajo hasta la meta de Gijón con sus 55 colmillos. Hizo lo que soñó, aunque el Sky de Froome, líder total, le cazó a 3 kilómetros del final. «Bueno, queda el Angliru...». Mirada pícara, casi ansiosa. «Va a llover. Eso me va. Va a ser una locura», pronosticó. Prometió. Ya tiene otra idea para dormir la víspera de su última etapa de montaña. Contador es quinto, a 1 minuto y 17 segundos del tercero, de Kelderman. A 1.57 del peligroso Nibali. Y a 3.34 de Froome, que no se fía de él. «La arrancada de Alberto ha sido impresionante. No podíamos dejar que se acercara más en la general. Sé que en el Angliru no se guardará nada en el tintero», declaró el líder. Cuando el Sky atrapó a Contador, Froome y él se dieron la mano. Campeones. Quedaron citados para la «locura» del Angliru que anuncia el madrileño.

También fue inquieta la noche del jueves para García Cortina, tercero en la meta de su hogar. Tan joven. Precipitado. «He lanzado el sprint demasiado pronto, pero es que me estaban dando calambres», desveló. Rostro adolescente; planta de coloso. Es un asturiano distinto: más que la montaña le van las piedras, el pavés. En al París-Roubaix sub’23 trituró los adoquines del Carrefour de l’Arbre, uno de los templos del ‘infierno del norte’, y casi ganó la carrera. Ahora está en su primera Vuelta. En casa. En Asturias. «La carretera de esta etapa me ha visto crecer poco a poco», dijo. Salió a por ella. Era el día. El banderazo se dio en Redes, en ese increíble hayedo donde cría el lobo. La jornada era perfecta para los cazadores de etapas. Su última batida en esta Vuelta.

De Gendt, ganador en el Mont Ventoux en el Tour y en el Stelvio en el Giro, pasó más de mil kilómetros en fuga durante la pasada ronda gala. Sin éxito. Da igual. El buen tirador es paciente. Buscó en Redes a Trentin. Sabía que su compatriota se iba a escapar para reforzar el maillot de la regularidad. Atinó. Luego, en la subida a la Colladona, De Gendt ahogó a los velocistas. Misión cumplida. El camino estaba desbrozado, pero aún seguían allí francotiradores como Bardet, Roche y Rui Costa. Y dos dorsales de la tierra, Dani Navarro y el chaval del pendiente, García Cortina, el crío inquieto que un día vio en la calle un coche del club ciclista Las Mestas, le gustó y se apuntó. Como cadete subió al podio a todas la carreras menos una. De juvenil ganó la Bira. Emigró a la Fundación Euskadi primero y al filial del Quick Step después. Era un ciclista insólito: un clasicómano. Un cazador.

Cortina, con la familia

La escapada tenía a tiro la etapa de Gijón. La victoria colgaba de la cima de San Martín de Huerces. Por allí viven los abuelos del Cortina. También él. «En el puerto estaba mi familia, mis amigos. Ni me dolían las piernas. Volaba en una nube», relató. Inició la cuesta con un minuto de ventaja. Sólo Bardet, dos veces en el podio del Tour, le dio alcance justo en la cumbre. Luego se le soldaron dos tipos armados, Roche y Rui Costa. Y ya casi en Oviedo, el grupo de Navarro, Jungels y De Gendt. Era un escapada cargada de talento.

García Cortina soñaba con los ojos abiertos. Ni pestañeaba. Era la Vuelta. Era su ciudad. Le despertó un calambre muscular. Maldita sea. Las piernas se le habían gastado. Es rápido e iba en el sitio perfecto: a rueda de Rui Costa. Pero tuvo que adelantarse a otro aviso de los calambres. Desató pronto el sprint de cara al viento de su playa, la de San Lorenzo. Y le remató De Gendt, que se sorprendió a sí mismo. «Siempre me escapo, pero no creía que fuera a ser mi día». Lo fue. De él, de Cortina y, como siempre en esta Vuelta, de Contador.

A casi un cuarto de hora de la victoria de etapa, el madrileño, sístole y diástole de esa edición, volvió a desatar un huracán en la primera rampa de San Martín de Huerces. Cualquier cuesta le vale. ‘No te vayas Contador’, se leía en una pancarta. Su nombre es el estribillo que suena en las cunetas. La voluntad empuja; las piernas obedecen. Contador impone el sobresalto. La emoción. Casi se distanció un minuto. Preocupó al Sky. «Eso significaba que en el Angliru lo tendría a dos minutos nada más. Ufff. No, no. Tan cerca en la general, Alberto podría atacar de lejos y ponerme en aprietos», explicó Froome, que está a dos días de tomar posesión de la Vuelta, la primera si la gana. La última de Contador.

Lo malo para Froome es que uno de esos días es, como él define, «brutal». Cóctel explosivo: apenas 117 kilómetros asturianos. Concentrados. Subida y descenso a la Cobertoria y el Cordal antes de medirse a esa pared de mineros llamaba el Angliru. Pedaladas a ritmo de pico y pala. La desmesura. El mito moderno de la Vuelta. El último trabajo de Contador, que correrá esta etapa como siempre, como si fuera la última. Lo es: el Angliru es la cuesta final. Anuncian lluvia, vértigo en las bajadas, dolor en la Cueña de las Cabras. Contador ya tiene la victoria que buscaba: el cariño popular. Le recordarán más por su coraje que por sus muchos triunfos. Por eso, en el Angliru no tiene nada que perder. Será aún más peligroso. E irá a por todo, la etapa, el podio que ahora ocupan Nibali y Kelderman, y, por qué no, a por la Vuelta de su adiós. Una locura más.

Fotos

Vídeos