El Tour entra este fin de semana en lo desconocido

El Tour entra este fin de semana en lo desconocido

Las montañas del Jura, con rampas que superan el 20 por ciento, miden el poder de Froome y la fuerza de sus rivales

J. GÓMEZ PEÑA

Pese a que atraviesa los cinco macizos montañosos de Francia, esta no es una edición muy cuesta arriba. Para Froome y Contador, la etapa de mañana con final en Chambery es, con mucho, la «más dura». Y es, además, distinta. Por todo. Porque sube puertos casi desconocidos y porque espera con rampas repetidas del 20 % de desnivel. Como dice Martinelli, mánager del equipo de Aru, es más una «etapa del Giro o de la Vuelta». Un día vertical importado de los Dolomitas o de la Asturias del Angliru.

Tiene tres montañas que asustan, el col de la Biche (10,5 kilómetros a 9% de desnivel medio), el Grand Colombier (8,5 km. Al 9,9%) y el Monte del Gato (8,7 km, al 10,3%). Desde esta última pared a la meta de Chambery quedarán 26 kilómetros de descenso y vértigo. «Esas son las etapas que me van, con varios puertos duros», avisa Bardet. «Atacaré y atacaré», se atreve Aru. «Mi plan es ir a más en este Tour», replica Froome. «Mi objetivo es quedar lo más arriba en este Tour. Ganarlo», se lanza Contador a las puertas del desafío de mañana, de la jornada «más dura».

«Jamás en la historia del Tour los corredores han tenido que afrontar puertos con estos porcentajes»

Aunque ni con mucho es la más cruel de la historia. Ese galardón de sufrimiento lo tiene la etapa del 6 de julio de 1926: 326 kilómetros entre Baiona y Luchón, con el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde. Los 76 ciclistas partieron a las dos de la mañana con los focos de las furgonetas abriéndoles el negro camino de aquella madrugada de diluvio. Barro en el Aubisque. Pedaleaban sobre arcilla. Bottecchia, el favorito, se echó a llorar sobre el barrizal. Ni los coches podían subir. Y más agua y hielo en el Tourmalet. Los ciclistas eran espectros sobre una cloaca. Buscaban refugio en cabañas de pastores y carboneros. Muchos se perdieron. La tempestad había borrado la carretera. En la meta de Luchón no aparecía nadie y ya era de noche. Más de 17 horas después de la salida llegó el primer superviviente, Buysse. ‘La etapa atroz’, tituló ‘Le Petit Parisien’.

Ciclismo brutal

Aquel ciclismo brutal, de mineros a pedales, es ya historia. Pero no ha perdido uno de sus sellos: la agonía. Hoy, en las montañas del Jura, comienza un fin de semana clave en el desarrollo de esta edición de la ronda gala. El primer capítulo se escribe entre Dole y la Estación de Roussses, a la que se llega tras escalar la Combe de Laisia les Molunes, un puerto de primera (11,7 km. al 6,4%) que desemboca en el altiplano de la meta. El día tiene aroma de aperitivo, de fuga, de tanteo entre los favoritos, que subirán a Rousses con un ojo en los rivales y otro en la etapa de mañana, tan empinada que no parece de la Grande Boucle.

«Jamás en la historia del Tour los corredores han tenido que afrontar puertos con estos porcentajes», alerta la revista oficial de la ronda gala. Anuncia el espectáculo. «Además de su dureza, es que el domingo se sale cuesta arriba», añade Contador. Cuando una etapa comienza así, la fuga que se forma es siempre de peso. Y difícil de cazar antes de meterse en terreno desconocido para el Tour: en la desmesura de tres puertos que intimidan.

Fue uno de los técnicos del Tour, Thierry Gouvenou, el que descubrió el primer gran monte de este Tour, el col de la Biche. Se tropezó con él cuando buscaba, como un alpinista, una ruta nueva y aún más exigente para hollar Le Grand Colombier. «Cuando íbamos para allí subimos la Biche. Enseguida me dije que teníamos que pasar con el Tour por ahí», recuerda. «No te deja terreno para recuperar», advierte. Y está encadenado con Le Grand Colombier. Otro coloso. «Los cuatro primeros kilómetros son terribles, al 13%, con picos del 22». El Tour del Porvenir de 1978 se atrevió a desafiarlo: el soviético Morozov tocó primero la cima tras haber echado pie a tierra. El público tuvo que remolcar a los ciclistas, que entonces no tenían los desarrollos (piñones) que hoy se utilizan.

Del Grand Colombier se sale por un «descenso tortuoso», según describe Gouvenou. La distribución de gregarios será vital. Todos los favoritos tratarán de enviar en avanzadilla a alguno de sus mejores corredores por si luego lo necesitan en el tramo llano que va al Mont du Chat, del Gato. Zarpas afiladas. No es una cuesta nueva. El Tour de 1974 la incluyó en su trazado: Poulidor hizo penar allí a Merckx. «Es un puerto durísimo», apunta Gouvenou.

Y con un descenso hasta la meta de Chambery «muy técnico y rápido». La etapa suma 4.600 metros de desnivel. «Van a ser muchas horas subiendo», decía ayer Contador mientras se miraba la zapatilla, rajada en el final de etapa. También se tratará de bajar. Cuidado. En 2016, el primer ataque de Froome se produjo en el descenso hacia Luchón, cuando enseñó al mundo su nuevo estilo, con el culo apoyado en el cuadro y pedaleando encogido. Si llueve, y el pronóstico no lo descarta, esta etapa pueder rescatar escenas de aquel día de 1926 con los ciclistas remando sobre barro.

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