Solo Froome puede perder el Tour que deja triste a Landa

Landa, este jueves, seguido por Froome./Afp
Landa, este jueves, seguido por Froome. / Afp

Boasson Hagen gana antes de la ‘crono’ final, Merckx felicita ya al líder por su cuarto triunfo y el alavés apura sus opciones de podio

J. GÓMEZ PEÑA

Por el cielo de Salon de Provence rasgaban el aire los cazas de la escuela de pilotos del ejército francés. Sincronizados. Estela de humo tricolor. Abajo, a ras de las cepas de vino provenzal, el noruego Boasson Hagen repasaba su mala fortuna.

Desde 2011, desde aquellas dos victorias de etapa que le convirtieron en una estrella, todo ha sido sequía. Y decepción, como cuando en la séptima jornada de esta edición la remontada de Kittel le apartó de la victoria por 6 milésimas. Pensaba en eso y los otros de la fuga, rápidos como Albasini y Arndt, poderosos como Keukeleire, Chavanel y Bennati. Los aviones tronaron de nuevo. En el asfalto soplaba otra oleada de sofoco antes de entrar en la ciudad. Eso, en Francia, siempre significa que hay que sortear rotondas. Había una a kilómetro y medio del final. Cada glorieta tiene dos puertas. Derecha e izquierda. Bennati eligió la izquierda. Casi todos le imitaron. Cremallera. Arndt optó por la derecha. Sólo Hagen le siguió. Era el lado más corto. Les dio cuatro metros de renta. Hagen la aprovechó. Destapó todo su músculo y, al fin, seis años después, ganó de nuevo en el Tour. Esa rotonda cambió su suerte. Eso y la retirada de Cavendish, el líder para el que trabaja de lanzador. Sin él, Hagen es un corredor libre. Y ganador.

La etapa que rescató al noruego era la más larga del Tour. Salió desde los Alpes para llegar casi hasta el Mediterráneo. En Embrun, punto de partida, sólo había ojos pasa la contrarreloj de Marsella. Froome tiene el Tour en la mano, pero sin holguras. Partirá en esos 22 kilómetros que incluyen un repecho con 23 segundos sobre Bardet y 29 sobre Urán. Landa, el cuarto, está a 1.36. Para acceder al podio, el alavés tendría que recortarle 1.13 a Bardet y 1.07 a Urán. «Bufff. Parece mucho. Si hubiera cogido veinte segundos en el Izoard...», lamentaba. Antes de subirse a la bici apareció con un cilindro de papel en la boca. «Mira, un cigarrillo», bromeó. Disimulaba. No era tabaco, sino el plano con el recorrido de la etapa que iba a pegar en la tija del manillar. Disimulaba. No estaba para bromas. Está triste. Un tapón de pena le apretaba la garganta. Le duele este Tour en el su propio equipo, el Sky, ha tirado a por él y en el que nunca le han dejado libre.

Como Hagen con Cavendish, el alavés vino para entregarse a Froome. Y Froome no se ha retirado. Es el líder y está a punto de sumar el cuarto Tour a su colección. Si Landa quiere el podio tendrá que firmar la contrarreloj de su vida y confiar en que a Urán o a Bardet les lastre la presión. El alavés se ajustó las gafas y tiró hacia la salida. Vive una pesadilla conocida: ya le pasó en el Giro de 2015, cuando le frenaron en favor de Aru. Es un ciclista con candado. Su fichaje, parece, por el Movistar le dará la llave para salir de la jaula. A Landa le pasa como al Tour. Los dos están a las órdenes del Sky.

La escuadra de Froome decidió que esta etapa maratón de 222 kilómetros situada entre los Alpes y la contrarreloj final no se decidiera al sprint. A estas alturas se trata de evitar peligros. Por eso, selló el permiso para volar a la fuga de Hagen y una veintena de buenos corredores. Entre ellos, claro, iba De Gendt. El que siempre está. Y franceses viejos como Chavanel, que lleva 17 Tours, o jóvenes como Gesbert, que apenas tiene 21 años. Es el Tour del renacimiento francés: Bardet ha estado a la altura de Froome, Barguil es el líder de la montaña, ha ganado dos etapas y hasta parece con altura para pelear un día la general, Démare es su carta en la velocidad, Calmejane deslumbra… Todos jóvenes. El contraste con el ciclismo español, viejo y esquelético, es abismal. Sin casi equipos, con apenas carreras… Tras la generación de Contador y Valverde, Landa es una bendición. Sólo pide alas.

Volvían a tronar sobre Salon de Provence los aviones de la patrulla acrobática, que aquí tiene su sede. Los franceses de la fuga no acertaron. Ni ellos ni Bennati, que quería darle un consuelo al Movistar. El italiano atacó la rotonda por la izquiera. Soñaba con dedicarle el triunfo «a Valverde», que se recupera de su tremenda caída en la jornada inicial de este Tour. La victoria corría por la derecha. Por ese lado se metió el veloz Arndt. Dio un golpe de codo. Señal que pide relevo. Boasson Hagen se lo dio. Hachazo. El noruego ya no paró. «No quería otro sprint y perderlo en la foto-finish», dijo. Más que correr, huía de ese mal recuerdo que duraron las 6 milésimas que le costaron la sexta etapa. A la decimonovena, llegó la suya.

Doce minutos y varias pasadas más de los cazas después, apareció el pelotón, distribuido por colores: primero el blanco del Sky (Froome y Landa), después el azul celeste del Ag2r (Bardet), luego el verde del Cannondale (Urán)… Desfile al compás, como había dictado el Sky. A la orden. En la meta, a Froome le juntaron con Eddy Merckx. El quíntuple vencedor el Tour no se cortó. Lo tiene claro: «Te felicito por su cuarta victoria. Puedes ganar seis o siete», le dijo. «Es un honor escuchar decir eso al mejor corredor de la historia», agradeció Froome. Este Tour es casi suyo. Depende de él. Lo sabe. Lo tiene ganado, salvo desgracia: «Lo único que tengo que hacer es no perderlo. No correré riesgos en las curvas».

También le preguntaron a Bardet. ¿Irá a por el primer puesto de Froome o a conservar la segunda plaza ante Urán y Landa? El francés se sopló el flequillo, miró al cielo y se fijó en la patrulla aérea, de nuevo sobrevolando el Tour. «Me hace falta ir a esa velocidad», pidió. De Landa no se preocuparon las cámaras. No enfocaron su tristeza. El alavés, que ha tenido que esperar en varios puertos a Froome, es la fuerza oculta de este Tour.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos