El Sky recupera el amarillo para Froome

Froome vuelve a lucir el maillot amarillo.
Froome vuelve a lucir el maillot amarillo. / Reuters

Bien colocado por Kwiatkowski en el muro de Rodez, el británico le quita a Aru 24 segundos, lo que perdió en los Pirineos

J. GÓMEZ PEÑARodez

Rodez clavó su meta en lo alto de una pared de 570 metros al 10% de desnivel. Hacía calor. El verano del Midi francés. Hasta el agua del grifo sale caliente. Agua. Eso pedía el público. Al agua. En un final así gana el que más tiempo conserva oxígeno en los pulmones. Gilbert, Van Avermaet, Matthews, Boasson Hagen, Degenkolb… Todos aspiraron la última bocanada de aire y se tiraron a la piscina de agua hirviente de Rodez. Se trataba de aguantar más que nadie sin sacar la cabeza. Huracán de pedales submarinos. Apnea. Gilbert se rindió el primero. Notó la asfixia y salió a la superficie. Uno menos. Van Avermaet conocía bien estas aguas. Aquí pudo con Sagan en 2015. Buen buzo. Pero esta vez no llegó hasta el fondo. Le pasó un pez australiano que vale para casi todo, Matthews, con oxígeno de sobra abrir las compuertas de Rodez y pescar su segunda etapa en el Tour.

Cuando se retiró la marea de este sprint en cuesta, el Tour ya era otro. Manda de nuevo Froome ante la inesperada debilidad de Aru, que perdió en medio kilómetro lo ganado en los Pirineos: 24 segundos. Froome recupera su trono. Aún no es el mejor Froome. No intimida. Ya lo hace por él su equipo. El Sky le colocó en el mejor trampolín de Rodez y, salvo Martin y Urán, alejó a todos sus atónitos rivales: Bardet y Yates cedieron 4 segundos. Landa, gregario de Froome, se dejó 14. Nairo y Contador 21. Y Aru, que tiene que pelear en solitario la posición en el grupo, huérfano en un Astana deshabitado tras las bajas de Cataldo y Fuglsang, perdió 24 segundos. «Ya dije que iba a ser un Tour muy ajustado. La ventaja que tengo sobre los demás es mi equipo», alabó Froome. Para recuperar su sonrisa tras dos días «difíciles» en los Pirineos, le bastó con mirar la nueva clasificación: es líder y le saca 18 segundos a Aru, 23 a Bardet, 29 a Urán, 1.17 a Landa, 1.26 a Martin, 2.22 a Quintana y 5.37 a Contador. «¡Gracias chicos!», repartió entre los suyos en Rodez.

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El autobús del Sky es negro. Los cristales tintados. El maillot es blanco. No es un equipo de grises. Lo tiene claro: el único líder es Froome. Tras la gesta de Mikel Landa el viernes en Foix, le felicitaron. Bien hecho. Pero eso no cambiaba nada. La misión con la que le alistaron era la misma: escudar a Froome. El Sky manda y Landa y el Tour obedecen. Campea en sus dominios. Ha ganado cuatro veces el Tour en cinco años. Tres con Froome y uno con Wiggins. El peso del palmarés y de su poder. Ficha a los mejores. Landa, Nieve y Henao le sirven a Froome para la montaña. En el catálogo del conjunto británico hay eso y mucho más. Hay de todo. Como el polaco Kwiatkowski, excampeón del mundo y clasicómano. Si a Landa y Nieve les tocaron los Pirineos, a Kwiatkowski le dijeron que se encargara de Rodez. Buen soldado.

A la fuga de De Gendt y Voeckler ya se la había tragado la retorcida geografía del Macizo Central. Entre barrancos cocidos en este horno. De Gendt es un rodador paradójico: su mejores victorias son de altura, en el Stelvio (Giro) y el Mont Ventoux (Tour). Voeckler es una bandera. La de Francia. No hay ciclista más querido aquí. Le veneran por guerrero. Por su modo teatral, exagerado y valiente de entender el ciclismo. Voeckler, francés de ultramar, perdió a su padre en una tempestad marina. Nunca encontraron ni el barco ni el cuerpo. El hijo, como si aún esperara su regreso, siempre ha rendido homenaje a ese espiritu aventurero. Fue líder del Tour, ganó etapas a lo grande y ahora, en su despedida de la ronda gala y de su deporte, buscaba en Rodez un último pellizco de gloria. La travesía final. No. Ya no tiene brazos para tanta piscina.

Landa, Contador y Quintana, mal situados

El Sunweb de Matthews y el BMC de Van Avermaet les cogieron y castigaron al pelotón en las cuestas que se arrimaban a Rodez. El Sky iba justo detrás de ellos. En el sitio exacto. Contador, ya sin opciones en la general, se dejaba llevar. Aru, el líder, gastaba fuerzas para ganarse la posición. No tiene nadie que le desbroce el camino. Froome, en cambio, tiene al Sky. «Mis compañeros han evitado que malgaste un gramo de fuerza», alabó. Y tiene a Kwiatkowski, una llave perfecta para abrir finales así. El polaco, campeón del mundo en Ponferrada 2014, sabe hacerse hueco. «¡Vamos Chris, vamos!». Animaba a Froome a las puertas de Rodez, cuando la tensión era total. Cuando ardían los ojos detrás de las gafas. Era el momento de la traca final, de coger aire y tirarse a la piscina vertical de Rodez. A bucear a pulmón libre.

En una subida así, breve, bestia, el corazón más que latir tiembla. Se vuelve loco. Y casi siempre explota. Eso le pasó a todos los que disputaban la etapa salvo a Matthews. El quebrado recorrido por los cañones del Aveyron se había deshecho de velocistas como Kittel. Matthews, antiguo campeón del mundo sub’23, se ocupó de los tipos con pegada: de Van Avermaet, Hagen y demás. «Soy feliz. Es un sueño», gritó. Le abrazó el que ganó el viernes, Barguil. Comparten habitación y maillot en el Sunweb.

Unos metros por detrás, el Tour se fijaba en el goteo de segundos entre los que reclaman el podio de París. Ahí, séptimo en la meta, estaba Froome, con Martin y Urán soldados a su rueda. Solo ellos le aguantaron. Landa, Contador y Quintana entraron al muro mal situados. Lo pagaron. Más caro aún le salió a Aru, que subió con ese gesto desfigurado por el sufrimiento. Le concedió a Froome todo lo ahorrado en los Pirineos, incluido el maillot amarillo. El Sky, de autobús negro y maillot blanco, tiene por costumbre acabar el Tour de amarillo. Es su era. La del mejor equipo, el que intimida por Froome.

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