Primera fisura de Froome y bronca para un magnífico Landa

Landa, Froome y Aru, en la etapa de este jueves./Afp
Landa, Froome y Aru, en la etapa de este jueves. / Afp

Bardet gana en Peyragudes y Aru le quita el liderato al británico, escoltado por el alavés, que sacrificó sus opciones de triunfo

J. GÓMEZ PEÑAPeyragudes

En la cima de Peyragudes echó a volar y ganó Romain Bardet, ligero como una pluma y firme aspirante al Tour. El joven francés entró con dos segundos sobre Rigoberto Urán y Fabio Aru, que se viste de líder. Chris Froome, aún el gran favorito, cedió 22 segundos en apenas unos metros cuando el Tour esperaba su ataque y entró descompuesto. Y a Mikel Landa, el gregario que llevó a Froome hasta esa vertical rampa final, le echaron una bronca por ser cuarto en la cima. Nicolás Portal, director del Sky, le criticó ante las cámaras por no haber remolcado a Froome en esos 200 últimos metros. Tras todo un día transportando a hombros al británico y gastando las fuerzas con las que podría haber disputado con garantías el sprint, le echaban en cara ese descorche final. Mientras, atónito, escuchaba a Portal, Landa extendió las manos. No entendía nada. ¿De qué servía quedarse con Froome, que ya iba al límite? «Ufff. No tenía piernas», confesó el corredor nacido en Kenia. ¿Qué podía hacer Landa? ¿Amputarse las suyas y donárselas a su líder? Eso le piden.

A Landa le conviene leer de inmediato la biografía de Froome, ‘Mi ascensión’. Da para un rato. Más de 500 páginas. Hay un capítulo dedicado el Tour de 2012 y a la etapa que también acabó en Peyragudes. La historia del Tour es caprichosa. Si se tacha donde pone ‘Froome’ y se escribe ‘Landa’, el argumento se repite.

El británico era entonces el más fuerte del Sky, pero no el líder. De ese papel se encargaba Wiggins, el ídolo de Gran Bretaña. Froome era una rareza, un africano blanco . Un inglés de segunda. Fiel a Wiggins durante las etapas anteriores, pidió permiso para ganar aquel día. Primero se lo prometieron y luego se lo negaron. No le dejaron saltar a por Valverde. «Ahí me di cuenta de que todo estaba destinado el triunfo de Wiggins desde el principio. Nada cambiaría eso. Wiggins debía ganar. Punto. Estaba escrito. El documental ya estaba grabado y la misión cumplida. Aquello fue muy enriquecedor. Aprendí muchas cosas», confiesa Froome en su libro. Landa tiene que leerlo con urgencia.

De aquel Tour con guerra interna en el Sky hay otra escena reveladora en esas páginas: Cavendish le pasó una nota en el autobús a Froome. Así decía: «No tengas miedo de ser grande. Los grandes hombres no se quedan nunca esperando una oportunidad». Froome perdió ese Tour y juró que nunca más. Desde entonces ha sido el líder sin discusión del Sky y ha respondido con tres victorias en el Tour. Ahora, en este viaje hacia el cuarto título, él parece Wiggins y Landa hace de Froome.

El alavés, como en el Giro 2015 cuando corría para el Astana, es un campeón encadenado. Allí le frenaron en favor de Aru. Ahora le cortan el vuelo por Froome. En la octava etapa de este Tour, Landa se metió en una fuga. De vigilante. Llegó a tener más de tres minutos de renta. El Sky, su propio equipo, ordenó la caza. Sacrificó la opción de colocar al alavés al frente de la general. Todo por Froome. Tras el final en Peyragudes, en la clasificación manda Aru, con Froome a 6 segundos, Bardet a 25 y Urán a 55. Landa, que corre con bozal, es séptimo a 2 minutos y 55 segundos.

Fama de rebelde

Pese a haberle concedido a Aru el segundo puesto en el Giro 2015 y a facilitarle al italiano el triunfo en la Vuelta de ese mismo año, hay directores que tachan a Landa de rebelde. Tiene esa fama. Igual lo que tiene Landa es razón: merece ser el líder de un equipo. En 2018 lo será, casi seguro en el Movistar. Libre al fin. Hasta que la jaula se abra, seguirá ayudando a Froome a ganar su cuarto Tour. Como siempre ha hecho.

La primera etapa de los Pirineos corrió uniformada de blanco. El color del Sky. Todos delante. Para ver a los demás, había que retroceder en el grupo. Allí sufría Fuglsang, fiel a Aru, con la muñeca y el codo fisurados. Y allí, sostenido por su orgullo indomable, se agarraba Contador. Con las heridas abiertas por tantas caídas. «Esta mañana me ha costado levantarme», contó. Tenía la piel perforada, pero no sabe ser un dorsal anónimo. Fue fiel a su historia: atacó en el col de Bales. Más coraje que fuerza. El cuarto gregario de Froome, Kwiatkowski, le cogió como si nada. Luego, en el Peyresourde, Contador cedió, como antes había caído Quintana. Cada uno afrontó la derrota como es: el madrileño lo hizo de cara; el colombiano, en silencio.

Este Tour no es de ellos. Y tampoco está claro que sea del Sky pese a su abrumador dominio camino de Peyragudes, la pista de aterrizaje que viene después del Peyresourde. Froome mostró su primer síntoma de fragilidad. Había tenido fortuna en el penúltimo descenso. Nieve, otro de sus impecables gregarios, trazó mal una curva y obligó a Froome a dibujar un recto. Se llevó con él a Aru, que era su sombra. Fue un susto. Nieve siguió pedaleando con saña. Fustigó a los rivales y, sin querer, quizá también a Froome, empeñado en subir pendiente del espejo de su potenciómetro.

Si de Nieve fue el Peyresourde, de Landa fue Peyragudes. Rostro entero. Pegaba el viento de cara. Las ikurriñas flotaban en los oídos del alavés. Siempre ha querido verse ahí. Así disfruta. Su misión era lanzar a Froome en la recta inclinada de meta. Una pared. Pero el británico iba a gatas. Ahogado. Aru lo desveló con su arrancada. Los 200 metros finales fueron mejores que los 200 kilómetros de la etapa. Bardet, otro joven que como Aru reclama el Tour, remachó al italiano. Y por detrás Landa, que iba el último una vez cumplido su trabajo, miró y vio que tenía una opción. Tarde. Remontó hasta la cuarta plaza mientras Froome se retorcía sin aire. A Landa le esperaba una bronca. ¿Qué podía haber hecho? Darle el boca a boca a Froome. Que lea la biografía de su líder, que se reconozca en ella.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos