TOUR DE FRANCIA

El 13 de Kittel y el 50 de Froome

Kittel celebra su victoria número 13.
Kittel celebra su victoria número 13. / Efe

El alemán tritura a sus rivales y bate el récord de victorias alemanas y el líder alcanza a Anquetil en días de amarillo

J. GÓMEZ PEÑAENVIADO ESPECIAL BERGERAC

A la derecha de Burdeos y ceñido al lento río Dordoña está el Périgord. La calma. Terrazas con foie-gras y vino. Devoción por la trufa. Pueblos y castillos que te miran como desde un cuadro. Alguien dijo que si Francia desapareciera, habría que rescatar el Périgord. La vida tranquila. «Ha sido la etapa más fácil del Tour», agradecieron Contador, que cura sus heridas, y el líder, Chris Froome, que viene de una naturaleza más salvaje, de Kenia, donde de niño sus mascotas eran serpientes.

Eso, colmillos con veneno, tienen los velocistas. Como Bouhanni, que en el pasillo del sprint de Bergerac le atizó una manotazo a un rival -fue sancionado con un minuto-. No le sirvió para ganar. En este Tour, las llegadas masivas se las lleva el único guepardo sin garras. Más parece un antílope. Alto, elegante, de patas poderosas. Así es el alemán Marcel Kittel. Mientras Bouhanni y los otros se enredan en la pelea por la colocación, Kittel les deja hacer. Ajeno. Atrás. Y desde ahí, tan lejos, arranca, activa el turbo e inicia la aceleración antes que nadie. A los demás, la detonacicón múscular les dura entre 12 y 15 segundos. Precoces. A Kittel, entre 18 y 20. No tiene rival. Más que ganarles, los pisotea. Cuarta victoria en este Tour.

Fácil. Tan fácil como la jornada de Froome, apacible y con un guiño a la historia: ya lleva 50 días con el maillot amarillo, igual que Jacques Anquetil. Nombre sagrado en la memoria del ciclismo. Francia aún se arrodilla al escuchar su apellido. Bergerac recuerda su perfil de seda. De aquí salió Anquetil en 1961 para arrollar en aquella contrarreloj de 74 kilómetros hasta Perigueux camino de otra victoria en el Tour. En esta postal del Périgord quedan los ecos de los gigantes.

A Bergerac llegó en 1994 Miguel Induráin más inalcanzable que nunca: a 40 grados y a 50 kilómetros por hora trituró el cronómetro. Romiger, el segundo, entró a dos minutos. De las Cuevas, el tercero, a más de cuatro. Pantani, a once. El navarro, además, dobló a un joven americano, Lance Armstrong. En su viaje hacia el cuarto triunfo en el Tour, Froome ha cogido a Anquetil, precisamente en Bergerac, y se acerca a Induráin, que vistió 60 días la prenda del líder. Sólo dos tienen el armario con más perchas: Merckx, con 96, e Hinault, con 75. El Périgord les recuerda bien.

De Périgueux arrancó otro día amarillo de Froome. Iba a ser una etapa de cifras. Los 50 maillots del británico… Y los 21 años del francés Elie Gesbert, un debutante. Parecía tener prisa. De algo huía. El lunes, durante la jornada de descanso, cometió un error. Dejó una servilleta de papel sobre el radiador de su habitación. Luego, creyendo que era el interruptor de la luz, activó sin querer el aparato y dejó la estancia. El papel cogió fuego. El humo desató la alarma y los empleados del hotel tuvieron que hacer de bomberos. Susto. Así que mejor salir pitando de allí. Eso hizo Gesbert en compañía de otro galo, Offredo. Otro debutante, aunque ya con 30 años. Es clasicómano. No le va esto de tres semanas sin tregua. «El Tour se ve muy bien desde el sofá», dice. Pero ya que está dentro de la pantalla quiere que le vean.

En abril, a Offredo se le quitaron las ganas de andar en bicicleta. En un cruce y tras una ráfaga de palabras gruesas, un conductor y su acompañante se bajaron del vehículo y le propinaron una paliza. Offredo tuvo que pasar por el quirófano para que le recolocaran la nariz. La carretera es una jungla. La ley del más fuerte. El pelotón atrapó a Offredo y Gerbert a 6 kilómetros de Bergerac. Una paliza para nada. Aunque con un consuelo: los fotógrafos del Tour les inmortalizaron sobre el fondo más bello de Francia. El decorado medieval al aire libre de Sarlat. O Roque Gageac, el pueblo pegado a la pared.

Kittel hace historia

De las imágenes de Bergerac se iban a ocupar los velocistas. En la pancarta final colgaba otro número: el 13. El Cofidis de Bouhanni, el Katusha de Kristoff y el Lotto de Greipel pugnaban por ocupar la parrilla del sprint. Démare ya no contaba. El domingo llegó fuera de control y sacrificó a cuatro de sus gregarios, entre ellos a su amigo Delage, que le adora. «No me importa dejar el Tour. Estaba aquí por Démare», zanjó el fiel gregario. En el resto del pelotón nadie entiende semejante inmolación. En cambio, el público francés aplaude el gesto como una prueba de fraternidad. Ya se sabe: libertad, igualdad y fraternidad, las tres columnas de la República. En el sprint no hay nada de eso. Es la guerra. Todos se pegan por apretar el único gatillo. Sólo uno espera, el velocista tranquilo: Kittel, que iba a sumar su victoria número 13 en el Tour.

Es una cifra que pasa página en la historia del ciclismo alemán. Erik Zabel, con 12, tenía el récord. Ya no. Kittel le ha archivado. En su país, la bicicletas vienen de la otra parte del Muro de Berlín; del recuerdo de Ludwing, Ampler y Raab, musculosos velocistas y bandera de un país comunista que cebaba con dopaje a sus deportistas. De ese pasado turbio sabe el padre de Kittel, Matthias, antiguo rival en los sprints de Ludwig. Matthias huyó de aquello. Le dio la espalda al ciclismo. Luego, sin el Muro, Alemania disfrutó con Ulllrich y Zabel. Y volvió a arrepentirse por ser tan confiada cuando también esa generación se vio obligada a confesar su trampa médica. Zabel ganó doce etapas. Kittel, la nueva Alemania, le dejó atrás en Bergerac, donde Froome se puso a la par de Anquetil.

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