Froome desenfunda la trituradora en la Vuelta España

Froome estalla de alegría al cruzar la línea de meta de las Cumbres del Sol.
Froome estalla de alegría al cruzar la línea de meta de las Cumbres del Sol. / EFE

El líder vuelve a superar a todos sus rivales, gana la etapa y disfruta en una Vuelta «de ensueño»

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Tres vistazos y un parpadeo. En ráfaga. Chris Froome le tiró un vistazo a la pancarta de meta de las Cumbres del Sol. Calculó el martirio de esos 600 metros verticales. Bien. A su alcance. Parpadeó. Y, segundo vistazo, le echó una mirada a su sombra. Sobre ella pedaleaban Contador, Chaves y Woods con los pulmones llegando a su frontera. Froome, tan matemático él, es también un corredor de corazón. Quería la victoria de etapa que no pudo lograr en julio durante su cuarta victoria en el Tour. Soltó su mejores pedaladas. Sonaron sobre un yunque. Sólo uno, el de siempre, Contador, se negó a claudicar. El madrileño bajó un piñón. Sacó los dientes. Ni así. Reventó. A Contador siempre se le gastarán antes las piernas que las ganas.

Vio marchar a Froome, al que entonces trataron de cazar Chaves y Woods. El colombiano rastreó la silueta del líder. Buen olfato. Le cogió. Ahí Froome desenfundó su tercer vistazo. Nada más sentir el aliento de Chaves, aceleró. Las Cumbres del Sol se inclinaron a su favor. Ganó su etapa, dirigió un puñetazo feliz al cielo y reforzó su liderato. Más que a ganar la Vuelta, ha venido a triturarla. Todo el sol de esta edición es ya suyo.

Aunque la víspera de esta novena etapa, Froome tenía un punto oscuro en su memoria. El recuerdo de una sombra precisamente aquí, en las Cumbres del Sol. Data de 2015, de aquella Vuelta y de esta roca sobre el Mediterráno salpicada de luz, chalets con piscina e ingleses. El sábado por la noche repasó el vídeo de aquel día. Se vio allí. Cumplió el guión marcado por su preparador físico. En la primera rampa se olvidó del resto. Pedaleó en su burbuja. A mitad de la cuesta, ya estaba delante, rodeado de rivales sin aire. El sol era él. Los apagó a todos, salvo a uno, un tipo que se descubrió allí como escalador, Tom Dumoulin. El holandés no bajó la bandera. Resistió y le remató en la Cumbre. Se quedó con el Sol. De ese segundo puesto, de esa sombra, se acordaba Froome. Nunca más.

«En 2015 me precipité y Dumoulin me pasó en los metros finales», recordó . Por eso y porque el viento frenaba de cara, se retuvo hasta que restaban 500 metros. Largos. Aprovechó un impulso de David de la Cruz y, justo donde quería, soltó todo su gas. Eso sí, le asustó Chaves. «Cuando he visto que me cogía, he pensado que me iba a pasar como con Dumoulin», confesó. Ese miedo le aceleró. «He agachado la cabeza y he ido a tope». De ahí, de ese mal recuerdo, vino su enorme felicidad en la cima. «Está siendo una Vuelta de ensueño. Ideal», se felicitó.

A Froone esta vez no le hizo falta gastar a su equipo, el Sky. De estrangular a los fugados, a Soler y Ludvigsson, se encargó el Cannondale. El conjunto estadounidense tenía dos razones: su líder, el atleta Woods, está hecho para finales como las Cumbres del Sol, cuatro kilómetros violentos. A eso se añadió el anuncio inesperado de que la escuadra ha perdido un patrocinador. Está en peligro su continuidad. La cola del paro. El chirrido de esa persiana espoleó a los corredores del maillot verde. «Esta mañana, al levantarse han dicho que iban a ir a por la etapa», contó Juanma Garate, su director. Y cumplieron: persiguieron como poseídos a los escapados por el Manhatan de Benidorm y el zócalo del Peñón de Ifach. Soler, el último mohicano de la fuga, apenas llegó a abrir la puerta de las Cumbres. El Sol lucía aún para todos.

«Me pilló con un piñónde más; lo bajé, pero niasí. Me dejó clavado», reconoce Contador

«Si me muero, que me muera con la cabeza bien alta», escribió el poeta pastor, Miguel Hernández, que creció donde salió la etapa, en Orihuela, pueblo de iglesias, de silencios. Eco de pasos. Así lo describió. Y así, de cabezas altas, es esta Vuelta, repleta de ciclistas atrevidos. Como Bardet, tercero del Tour y ya sin opciones en la Vuelta. Atacó en las Cumbres. Como Enric Mas y el ecuatoriano Carapaz, dos recién llegados a la élite. «Sangre que no se desborda, juventud que no se atreve, ni es sangre, ni es juventud», compuso el poeta. Los tres quisieron llegar al Sol. Mikel Nieve, el persistente mejor gregario de Froome, le quitó al trío toda la luz. Froome, con aliento de sobra para no dejar de hablar por la emisora, no iba a perdonar a nadie. Ni a los poetas.

El pistoletazo

Nieve tapió la subida. Nadie se saltó su ritmo. Sobre la cima del parque natural del Montgó flotaba una bufanda de nube. Pero, como todos los días de esta Vuelta, pegaba el sol. Claro: subían hacia su cumbre. Froome continuaba la charla con su director. «¡Cuidado con el viento!», le dijeron. Esperaba el momento. Repasaba de memoria el vídeo que había visto por la noche. El de su derrota ante Dumoulin. Ya estaban todos en el kilómetro final. Una pared. Contador era la sombra de Froome. Esperaba, como el resto, la detonación del líder. Era como si todos aguardaran el pistoletazo en una carrera de cien metros ante Usain Bolt. Sonó el disparo.

Lo accionó el británico. De pie. «Me pilló con un piñón de más; lo bajé, pero ni así. Me dejó clavado», reconoció Contador. «Está muy fuerte», continuó. Y dijo más: «Y le beneficia la contrarreloj y tiene el equipo más fuerte….». Para, para. ¿Se rinde Contador? «No. La Vuelta está muy difícil, pero nada es imposible». Aunque lo parece. Tras arañar otro puñado de segundos a sus rivales, Froome le saca 36 segundos a Chaves. Más de un minuto a Roche, Nibali, Van Garderen, De la Cruz, Aru y Woods. Y 3.32 a Contador. En la meta, a Froome le dijeron que tiene a sus rivales asustados. «No, no creo. También yo tengo días malos». Sonreía. Acababa de grabar un vídeo de las Cumbres del Sol con el final feliz que dejó pendiente. Esa cuenta ha venido a saldar: la victoria que le falta en la Vuelta, cada vez más cerca.

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