Froome consigue el Giro a contracorriente

Froome posa con el trofeo./AFP
Froome posa con el trofeo. / AFP

Cuestionado por su caso positivo en la Vuelta y tras caerse en la primera etapa, el británico logra al final la victoria con la gesta de La Finestre

J. GÓMEZ PEÑA

Roma no era el sitio ideal para la última etapa del Giro. Chapuza. El circuito, de adoquines pulidos y mil curvas, contenía tanto peligro que se optó por neutralizar las últimas vueltas y dejar que sólo los más atrevidos se apostaran la piel. El irlandés Sam Bennett batió en el sprint del Foro a Elia Viviani.

En cambio, Roma sí era el lugar perfecto para terminar el primer Giro de Chris Froome. Nunca lo había ganado un británico. Los turistas, plaga moderna, pisan junto a las reliquias del viejo imperio romano de esta ciudad-museo. Ruinas y belleza. Así anda el ciclismo, entre ruinas y belleza. Entre incredulidad por las gestas deportivas y la emoción que a la vez despiertan. Hace tiempo que al número uno en este deporte se le trata como sospechoso. Algunos de sus antecesores, como Lance Armstrong y sus victorias adulteradas por el dopaje, tienen la culpa. De ahí vienen las ruinas. De la belleza se ocupan etapas como la que sentenció este Giro, la del col de La Finestre. Ese día resumió el ciclismo. Salida sin cuartel. A muerte; todos a hurgar en la herida de Yates, líder débil. Y ya sobre el 'sterrato' de La Finestre, un campeón como Froome se atreve en solitario con 80 kilómetros alpinos. Como Coppi y Merckx, como Chiapucchi y Fuente. Esa tarde, el ciclismo apartó al fútbol en las televisiones en los bares. Se escuchó a algún escéptico preguntar con sorna por el 'chute' que se había metido Froome. Las ruinas. Eso sí, nadie se movió durante las dos horas y media que duró la gesta. Sin pestañear. En pie. La belleza.

Roma recibió al Giro y a su dueño, Froome. Tom Dumoulin y Miguel Ángel López subieron con él al podio. El ecuatoriano Carapaz, cuarto, garantiza el relevo en el Movistar. Pozzovivo, quinto, consuela al ciclismo italiano, que atraviesa un desierto. Y el vizcaíno Pello Bilbao, sexto, se confirma con un dorsal para futuras grandes vueltas. En esa lista de vencedores hay hueco para los caídos en este, como definió Froome, «Giro brutal». Simon Yates, sepultado en La Finestre, fue durante dos semanas el mejor. Con diferencia. Hasta que los Alpes arruinaron sus piernas. Al Coliseo de Roma no llegó Pinot, el ejemplo de lo devastador que puede ser este deporte. Acabó la etapa del sábado con fiebre, deshidratado, hueco. Vaciado por la agonía. Sin fuerzas ni para el paseo final. Acabó en ruinas. Bella derrota. Gladiador en la arena del coso. Los que van a morir te saludan.

Sobre el estado de las ruinas del ciclismo ya dictará sentencia el tribunal de la Unión Ciclista Internacional que estudia el caso abierto por supuesto dopaje de Froome en la pasada Vuelta a España. De la belleza de este deporte se han ocupado durante tres semanas Froome y sus rivales. La edición 101 del Giro comenzó en Israel y pronto saltó a Sicilia, la isla de la novela 'El Gatopardo', del príncipe de Lampedusa y de una frase tantas veces repetida: 'Que todo cambie para que todo siga igual'. Froome era el favorito. Pero se cayó antes de empezar en el reconocimiento del prólogo de Jerusalén. Primer cambio de pronóstico. Dumoulin le sacó más de medio minuto. El tropiezo le dañó una pierna al británico. «He pasado momentos muy difíciles. Pensé que ya no era posible ganar esta carrera», confiesa.

Siguió tropezando en cada cuesta. Era el decimosegundo, a más de tres minutos de Yates. Casi le tacharon. Ni él se tenía fe. «Fueron mis compañeros lo que me sostuvieron. Me repetían que el Giro se decide en la tercera semana». A Froome le salvó eso y el perdón de sus adversarios, que no le ejecutaron cuando tuvieron su nuca a mano. La victoria en el Zoncolan fue el primer aviso. La debilidad de Yates, líder indiscutible hasta entonces, en la cuesta de Pratonevoso desplegó el escenario perfecto para el mejor ciclismo. Al día siguiente, esperaban La Finestre y el final en Jafferau. Los ciclistas enloquecieron desde la salida. A la carretera de tierra de La Finestre llegaron sin aliento, muertos vivientes. Al límite. Y ahí es cuando el ciclismo entra en la leyenda. Froome eligió prolongar la locura. Mientras todos se hundían en el barro, atacó a 80 kilómetros de la meta. Durante dos horas y media todos corrieron solos. Como en los albores de este deporte.

Froome le quitó más de tres minutos a Dumoulin, por fuerza en las subidas y por riesgo en las bajadas. No dudó. El holandés, en cambio, se entretuvo con sus cálculos. Fue un duelo cara a cara. Ganó el británico por K.O. Con un golpe. Se llevó una de las mejores etapas de los últimos años y se quedó esa tarde con este Giro, que le pone a la altura de Eddy Merckx y Bernard Hinault. Como ellos, Froome ha encadenados los triunfos en el Tour, la Vuelta y el Giro. «Es lo máximo a lo que podía aspirar. Es un sueño», dijo el británico. Dentro de unas semanas, cuando se conozca el veredicto de la UCI sobre el positivo por salbutamol en la Vuelta, todo puede volverse una pesadilla recurrente. Más ruinas tras la belleza.

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