El Giro hace una reverencia a Froome

El Giro hace una reverencia a Froome
AFP

Revienta la carrera a 80 kilómetros de la meta, hunde a Yates, rebasa a Dumoulin en un duelo épico y ya es el líder

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Hay otros deportes pero no son el ciclismo. La bicicleta pertenece a la infancia. Eco eterno. El vértigo del primer vuelo. La voz del padre o la madre repitiendo: «¡No mires la rueda. Mira adelante!». El ciclismo es desde esa pedalada inicial una aventura. Desafío. Todos los niños creen al principio que la clave es el equilibrio; luego descubren que se trata de fe. En tí mismo. Chris Froome. «Era hoy o nunca», dijo tras ganar la etapa y agarrar, puños firmes, el liderato de un Giro que parecía perdido. «Ha sido el ataque más épico de mi vida. Soy feliz». Como aquel día de su pedalada inicial.

Cuando se trata de una carrera, cada ciclista empuja sus límites. Siempre un poco más allá. Siente el dolor, pero le gusta estar ahí. Cuando las piernas le dicen que no pueden más y la asfixia la anuda la garganta, comienza todo. Eso pasó en el col de La Finestre, carretera de tierra, de ciclismo en sepia, a 80 kilómetros de la meta en Jafferau. Chris Froome, sediento de gloria, se tiró a la aventura. Sin salvavidas. Todo o nada. ¡Mira adelante! Ya tiene cuatro Tours, pero nunca como esta vez había enseñado tan alto su retrato de campeón. De leyenda. A solas con la historia del ciclismo, en diálogo directo con Coppi y Merckx. Froome les ganó a todos, se llevó esta etapa magnética y es el nuevo líder del Giro a falta de sólo una jornada de montaña. Se le acusaba de ser un ganador fabricado en la factoría fría y calculadora del Sky. En La Finestre demostró que es mucho más. El Giro y el ciclismo se pusieron de pie a su paso. Una reverencia.

El ataque de Froome

De tanto contar esta etapa se convertirá pronto en leyenda. Quedarán las imágenes y los datos: Froome aventajó en 3 minutos al segundo, a Carapaz, en 3.07 a Pinot, en 3.12 a 'Supermán' López y en 3.23 a Dumoulin, que era su rival después del hundimiento del líder anterior, Simon Yates, en La Finestre. Froome convirtió la etapa alpina en un desguace. Reventó el Giro. Como un camicace. A las imáges de la RAI les sobraba el color. Mejor el blanco y negro, a juego con la carretera de tierra de La Finestre, la 'cima Fausto Coppi'. Ecos de Bartali, de Merckx, del loco Fuente. Froome no subía solo, se retorcía al lado de los mitos. Se ganó a pulso el liderato. Tiene 40 segundos sobre Dumoulin. Pinot, el tercero, está a más de cuatro minutos. Y el cuarto, López, a casi cinco. Carapaz es quinto a 5.44. Pozzovivo, sexto a ocho minutos, y Pello Bilbao sube a la séptima plaza, a 11 minutos de Froome. Yates, naúfrago a ochenta kilómetros de la orilla, perdió 38 minutos y este Giro que merece Froome por una etapa así.

En la salida de Venaria Reale flotaba una duda inflamable. ¿La crisis que Yates, el líder, había sufrido justo al final de la etapa anterior era un mal momento o algo más? Había ganas de resolver la cuestión. Mecha. El pelotón voló hacia el col de Lys. Sudor rosa en la frente de Yates, que empezaba a consumirse. Los ciclistas tenían ganas y la geografía cooperaba. Ahí, al frente, amenazaba el col de La Finestre, donde Mikel Landa hizo tambalearse a Contador en 2015. La Finestre es una hora larga de agonía sobre un camino de tierra y baches. Un guiño al pasado. Al origen del ciclismo. Mineros sobre pedales. Rostros de barro. El Sky, tan acostumbrado a ganar por aplastamiento, cambió de registro. Corrió al abordaje. Los gregarios de Froome empezaron a zumbar. Pronto se vio penar a Yates. Silencio elocuente. El sonido del ahogado. Y quedaban más de 80 kilómetros. El Giro le había caído encima. Resuelta esta duda, se abría otra: ¿De quién era entonces el Giro?

Final de etapa

Dumoulin, a sólo 28 segundos de Yates en la general, era el mejor colocado. En eso, las bicicletas comenzaron a pisar la tierra. Elissonde, último gregario de Froome, puso a trotar su corazón. A tope. A muerte. Y ahí saltó Froome. A más de diez kilómetros de la cima de La Finestre y a 80 de la meta en Jafferau. Así, de lejos, es el camino más corto hacia la leyenda. El Giro saltó por los aires. Yates ya estaba enterrado en el barro. Froome cargaba a solas con una desafío titánico. A unos metros, Dumoulin no se atrevía a tanto. Eligió el cálculo. Lo de Froome parecía una locura. Un acto de fe . Ciclismo. Dumoulin hizo lo que debía: se marcó su ritmo y arrastró a Pinot y Reichenbach, el dúo del FDJ, y a Carapaz y López, los que luchan por la maglia de mejor joven y corren como viejos, racaneando.

El ciclismo y su afición se palpaban el pecho. Notaban que allí, en las laderas nevadas y salvajes de La Finestre, estaba su corazón. Pum. Pum. Emoción total. La aventura y el reto son los mejores alimentos de este deporte. Durante más de dos horas, incluida la subidas a Sestriere y Jafferau, Froome luchó contra todos; contra sí mismo. La subida final a Jafferau, donde otro como él, el 'Tarangu' Fuente, pagó con un desfallecimiento su ataque a Merckx en el Giro de 1974, coronó a Froome. Empezó el puerto con 3.21 de renta sobre Dumoulin y eso le sacó en la cima. Dos gigantes, dos dorsales que llevan la marca de los ciclistas especiales. La rampa final vio a Froome a cámara lenta. Hacía tiempo que había sobrepasado su límite de sufrimiento. «Soy feliz», susurró al entrar. Y leyenda.

Maglia rosa

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