Ciclismo

EL CORREO, pódium en la Madrid-Lisboa

El Correo

El equipo de periodistas de este medio logra el segundo puesto en la prueba de mountain bike 'non-stop' más dura del mundo, en la categoría Prensa

Josu García
JOSU GARCÍALisboa

Ha sido duro. Ha requerido gran esfuerzo y un estrecho trabajo en equipo. Pero es una experiencia que recordaremos para siempre. Enrolarse en una carrera como la Powerade Madrid-Lisboa es una aventura que todo aficionado al mountain bike tiene que hacer, al menos, una vez en la vida. De día y de noche, a relevos, hemos invertido 43 horas de pedaleo para cubrir los 792 kilómetros que separan las dos capitales ibéricas. Casi nada. Un camino precioso por agrestes montes y preciosos paisajes naturales, jalonado por monumentos históricos que aún se conservan en pie y que recuerdan el pasado común de dos países no tan diferentes.

Y esta historia tiene un final feliz. Muy feliz. Si ya es un logro llegar hasta Lisboa, conseguir subir al podium entre tantos y tan buenos ciclistas es una generosa recompensa añadida. El equipo de EL CORREO hemos conseguido el segundo puesto en la categoría Prensa, que engloba a todos aquellos profesionales que cuentan la carrera desde dentro. Periodistas a los que les duelen las piernas y que pasan hambre, sed, frío o calor extremo como el resto de 800 corredores que aquí se han dado cita. Todo para narrarlo en primera persona.

Pero este alegre desenlace pudo haberse escrito de otra manera (el índice de abandonos por agotamiento, caídas o averías es alto). En la posta ocho vivimos un momento crítico, el momento crítico por excelencia. La etapa reina fue todo un triunfo, una victoria que a punto estuvo de convertise en nuestra propia tumba. Morir de éxito. Josu rodó muy rápido. Le esperábamos en seis horas, que es el tiempo que la organización consideraba como más o menos razonable para cubrir los 81 kilómetros y 1.600 metros de desnivel que separan Alcántara y Cedillo, a través de sendas descarnadas y un intenso calor. Nuestro compañero se presentó en meta en menos de 5. Y, claro, nos cogió desprevenidos porque habíamos acordado aprovechar el que debería haber sido el segmento más largo para dormir un poco y recobrar energías.

Problemas para Iván

Por desgracia, Iván, que era el siguiente relevista, tuvo que prepararse a toda velocidad y salió sin apenas comer. Grave error. A posteriori parece claro que hubiera sido más inteligente perder 10 o 15 minutos llenando los depósitos de gasolina del cuerpo, que lanzarse de inmediato a una posta que tampoco pintaba muy fácil. Así son este tipo de carreras. La cabeza y la experiencia (y siempre la suerte) son, a veces, más determinantes que el buen estado de forma de los participantes.

Así las cosas, los problemas para Iván empezaron pronto. Hacia el kilómetro 30, empezó a sentir calambres. «Me dolían mucho las piernas. Paraba para estirar un músculo, pero se me subía otro. Y así todo el rato». Gracias a la ayuda de otros participantes, nuestro compañero pudo avanzar con mucho sufrimiento hacia la meta. «Menuda agonía, nunca he sufrido así en bici», recuerda. Algunos competidores que le adelantaban se preocupaban por él. «Me daban ánimos y comida», recuerda. Hay bastante solidaridad en el pelotón. Hacia el kilómetro 80, las cosas se pusieron todavía más feas. El motivo: la noche hizo su aparición. Y, como no estaba previsto que Ivan invirtiera tantas horas en cubrir los 94 kilómetros que hay entre Cedillo y Ponte de Sor, ya en Portugal, no había cogido las luces.

De esta forma se vio pedaleando a oscuras, con la única ayuda de un pequeño frontal que llevaba en la mochila para casos de emergencia. Y así vas ciego, en todos los sentidos. El avance se hace muy lento. Cada banco de arena, piedra o bache puede ser el último. Toca extremar la precaución. En la estación de hidratación de Ponte de Sor, el equipo se desesperaba al no tener noticias. La aplicación de seguimiento le situaba aún lejísimo. Había miedo a una caída o avería o una terrible pájara. Como en el ciclismo de antaño, nuestro compañero paró en un bar de una población perdida para beberse una reconfortante coca-cola. «Me supo a gloria y cogí algo de resuello». Pero los kilómetros seguían cayendo muy despacio.

Finalmente, Iván, que nunca perdió la fe en sus posibilidades pese a lo apurado de la situación, llegó a meta tras casi seis horas y media de sufrimiento. Lo había logrado. Ya sólo nos separaban 180 kilómetros de Lisboa (todos ellos bastante planos) y las dos balas que nos quedaban estaban muy frescas. Así que a las cinco de la mañana nos presentamos en el Parque de las Naciones, sede en 1998 de la Exposición Universal, para poner el broche a 43 horas y 18 minutos de pedaleo. Reto conseguido y una experiencia que recordaremos todas nuestras vidas.

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