Una marcha de 30 años

Un momento de la prueba Bilbao-Bilbao./LUIS ÁNGEL GÓMEZ
Un momento de la prueba Bilbao-Bilbao. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

La clásica vizcaína festeja su aniversario con otro éxito de participación y con la inclusión de la subida al Vivero, opción elegida por los ciclistas con más fondo

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Es habitual que antes de una prueba ciclista no se concilie bien el sueño. Aunque la Clásica Cicloturista Bilbao-Bilbao no sea -ni lo pretenda- una competición, suele aparecer ese hormigueo en el estómago la noche anterior. En esta ocasión, la cita tenía una relevancia añadida: era su trigésimo aniversario y, encima, contaba como padrino con Eddy Merckx, el encargado de cortar la cinta a las ocho de la mañana en el Puente de Deusto.

Tocaba madrugar tras una noche de duermevela por los nervios y por un molesto invitado, el viento, que no dejó de aporrear las persianas durante toda la noche. Era un aire que venía del sur, cálido y revuelto. Juguetón. Molesto. Hasta peligroso por lo inesperado de sus ráfagas. Pero ni eso pudo con la marea ciclista que cada año, desde hace tres décadas, llena de bicicletas las carreteras vizcaínas. Según BideBike, entidad organizadora de este prueba en la que colabora EL CORREO, la clásica reunió a 7.359 ciclistas, repartidos en los tres recorridos a elegir: el breve de 85 kilómetros, el tradicional de 115 y el que subía al Vivero, de 125. En realidad, hubo más ciclistas de los que refleja la cifra oficial. Hay que sumar los corredores que se presentaron por libre, sin abonar la inscripción. Entre todos coparon la ruta. Aunque los meteorólogos alertaban sobre el viento, la ciclogénesis estuvo en el asfalto. Abrumadora y, como siempre, festiva. La Bilbao-Bilbao no es para correr, sino para disfrutarla. Es su esencia.

«¡Mucho viento! ¡Mucho viento!», repetía Philippe Govaert, el director de la marcha. Había temor por los efectos de este aire templado aficionado a montar remolinos. Muchos participantes llevaban ruedas de perfil alto -llantas más anchas-, más rápidas pero más inestables con el aire de costado. Había que redoblar la precaución. No es fácil meter a casi ocho mil ciclistas en la carretera y que apenas haya accidentes. Las ambulancias descorcharon sus alarmas unas cuantas veces, pero sin que hubiera ninguna caída grave. El viento asustó, pero no echó atrás a nadie. Son muchos los cicloturistas, de aquí y de fuera, para los que participar en la Bilbao-Bilbao forma parte del álbum familiar. Una cita ineludible. Es, además, el inicio oficial del calendario de marchas ciclistas. Con la prueba bilbaína se anuncia la primavera. Brotan las bicicletas.

Aire revoltoso

El revoltoso viento se hizo notar desde la salida. Allí estaba Eddy Merckx. Con traje y tijeras. Cortó la cinta y saludó a los miles de ojos que le miraban. Había salido el sábado a dar una vuelta en bici con su cuadrilla por la margen derecha de la ría. Ayer, su misión era sólo dar el banderazo de salida. Bautizada por el ganador de cinco Tours, cinco Giros, una Vuelta y una treintena de clásicas, la Bilbao-Bilbao arrancó lenta desde el Puente de Deusto. Siempre es así al principio. No caben tantas bicicletas en el ancho de una carretera. Los embotellamientos, intermitentes, llegaron hasta el puente de Plentzia, punto negro habitual. A partir de ahí, las fuerzas separan a los participantes. Las subidas a Andraka y Unbe colocan a cada uno en su vagón. Eso sí, todos se juntan enseguida en el avituallamiento, en el Parque Tecnológico de Zamudio. Tiempo para las fotos y para reponer fuerzas. Queda la mitad más dura de la clásica.

Ahí, la marcha se dividió en tres caminos. El corto, que iba directo hacia Galdakao y la meta en la Gran Vía de Bilbao. El de siempre, que subía Artebakarra y luego Morga. Y el más exigente, que estrenaba la cuesta del Vivero desde Erletxes. Tiene una rampa inicial al 16%. Después rebaja su porcentaje. Durante cuatro kilómetros puso a prueba la resistencia de los más atrevidos. Fueron bastantes los que optaron por el itinerario duro. Los cicloturistas se alimentan de retos. En la cima, el viento lateral casi asustaba, como alguna curva del descenso hasta Galdakao. Aun así, añadirle el Vivero a la Bilbao-Bilbao es un éxito seguro.

El aire ya no dejó de silbar hasta la meta. Empeñado en frenar la marcha. En grupo se sobrellevaba. En solitario era una tortura. Soltaba, además, algún bandazo que escalofriaba. Eso sí, en la Gran Vía esperaba el premio de alcanzar la meta de una edición histórica. La 30. La que tuvo como padrino a Eddy Merckx.

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