El Guggenheim, Veinte años asombrando al mundo

Medio millar de invitados participaron en la cena de gala para celebrar el aniversario del museo: «Nació como un sueño», recordó el lehendakari

Un momento de la actuación del Orfeón Donostiarra junto a las esculturas de Serra./Erika Ede/Guggenheim
Un momento de la actuación del Orfeón Donostiarra junto a las esculturas de Serra. / Erika Ede/Guggenheim
Carlos Benito
CARLOS BENITO

Los cumpleaños, y muy especialmente aquellos en los que se alcanzan edades que acaban en cero, siempre han sido un momento indicado para volver la vista atrás y contemplar el camino que se ha recorrido. Ayer, el día que el Guggenheim cumplía los 20, la memoria de muchos volaba hasta aquel otro 18 de octubre en el que abrió sus puertas por primera vez, cuando los bilbaínos acogieron el edificio con una mezcla de extrañeza y pasmo, como si fuese un vecino un poco raro del que no se sabía bien qué esperar. Releyendo las crónicas de entonces, llama la atención aquel fondo de perplejidad apenas disimulada con el que se solía hablar del museo: la convivencia con el nuevo protagonista recién llegado a Bilbao estaba aún rodeada de interrogantes, aunque ya se empezaba a dibujar la sospecha de que nada iba a ser igual.

Guggenheim Bilbao

Veinte años después, nos hemos acostumbrado al Guggenheim como si siempre hubiese estado ahí: disertamos con aplomo ante los forasteros sobre las características de las placas de titanio, las mudas de la piel de flores de ‘Puppy’ o las fastidiosas escaleras exteriores que solo permiten paso y medio, con la autoridad de quien tiene un famoso en la familia y lo conoce a fondo. Ayer, en los discursos previos a la cena de gala con la que el museo celebró su aniversario, el lehendakari reflexionó sobre esta incorporación del Guggenheim al paisaje físico y sentimental de los vascos e incluso, de alguna manera, a su carácter: «El proyecto Guggenheim nació como un sueño y prendió en tierra fértil. Euskadi ha sido siempre un país abierto al mundo y, gracias al Museo Guggenheim, lo somos en mayor medida. Euskadi ha sido siempre un país comprometido con la cultura y la innovación y, gracias también al Museo Guggenheim, lo somos en mayor medida», planteó Iñigo Urkullu en su intervención. También agradeció el «talento, esfuerzo e ilusión» de quienes «mantienen vivo» el museo y celebró el nuevo acuerdo entre las instituciones vascas y la Fundación Guggenheim.

El lehendakari y Juan Ignacio Vidarte saludan al equipo de cocina.
El lehendakari y Juan Ignacio Vidarte saludan al equipo de cocina. / Ignacio Pérez

El evento, celebrado en el atrio, tuvo la solemnidad habitual de las cenas anuales del museo: del medio millar de invitados, los más aventurados hicieron el paseíllo hasta la puerta principal, acomodando la distinción del atuendo -traje de fiesta para ellas, esmoquin para ellos- al ritmillo entrecortado que imponen los dichosos peldaños, pero la mayoría prefirió entrar por la parte de abajo, ahorrándose la lluvia y la terrible posibilidad de resbalar en las escaleras. En la lista de invitados, aparte de las autoridades, destacaban los representantes de la fundación y de los patronatos de los museos de Nueva York y Venecia, pero el ‘hall’ se convirtió muy pronto en un batiburrillo de gente de diversos ámbitos, un elegante cruce de caminos.

Siempre contemporáneo

Entre las figuras de la sociedad vizcaína, habituales de la cena anual, era inevitable reparar en una fabulosa Berta Longás, con un vestido de mariposas: «No es que venga todos los años: es que vengo todo el año, porque me gusta mucho la pintura contemporánea -puntualizaba-. Al principio, a todos nos parecía raro el museo, pero qué bien queda en Bilbao. Y además está lleno de gente maravillosa». Poco a poco iban llegando artistas, y cada uno traía su elogio, como un regalo para el cumpleañero. «Yo insistiría en el hecho de que el Guggenheim ha logrado que el arte contemporáneo se viva de manera natural, fluida, cotidiana. No es tan fácil y en Bilbao ha sucedido», destacaba el pintor Jesús Mari Lazkano. «Ha renovado Bilbao. Todo se ha hecho de una manera exacta: el edificio adecuado, la colección adecuada, las exposiciones adecuadas... ¡Hay mucha reflexión detrás!», se admiraba el escultor valenciano Miquel Navarro. Un poco apartadas del bullicio charlaban Jenny Holzer y Kira Perov. La primera es la autora de ‘Instalación para Bilbao’, una de las obras más recordadas por el público, con esas columnas por las que suben y bajan sin parar mensajes luminosos, y la segunda es esposa de Bill Viola, el videoartista del que ahora mismo se ofrece una retrospectiva. «El museo todavía tiene un aspecto totalmente fresco, el edificio sigue siendo extraordinario. ¡Lo han cuidado muy bien!», bromeaba Holzer. Y Perov asentía: «Aunque tenga ya veinte años, este lugar es siempre contemporáneo, porque nadie lo ha superado. Además, es fantástico para trabajar en él».

Varios invitados se protegen de la lluvia en la escalinata principal.
Varios invitados se protegen de la lluvia en la escalinata principal. / Ignacio Pérez

La música y la comida

El programa.
El Orfeón Donostiarra, dirigido por José Antonio Sainz Alfaro, interpretó composiciones de Sorozábal, Mascagni, Puccini, Bizet, Rossini y Verdi, además del ‘Txoria txori’ de Mikel Laboa, el ‘Hallelujah’ de Leonard Cohen y un ‘medley’ popular.
El menú.
Tomates, hierbas aromáticas y fondo de alcaparras. Cigala, sabayón de polen, curry y menta. Carré de cordero, crema de apionabo y alholva. Tarta de queso, coco y fresas.

En un corrillo coincidían otras dos personas destacadas, de las que también estaban en aquella otra velada de hace veinte años, cuando el rey Juan Carlos dio la orden de prender la iluminación del museo: se trataba de Josu Ortuondo, alcalde de Bilbao durante la construcción y la inauguración del Guggenheim, e Ibon Areso, que en aquellos tiempos era su primer teniente de alcalde. «Me siento feliz de ver que aquello que soñamos es una realidad», sonreía Ortuondo, que no ha olvidado lo «machacados» que estuvieron en los primeros años del proyecto: «Nadie creía que se fuesen a conseguir nuestros dos objetivos. El primero, interno, era poner a Bilbao mirando a la ría, que en décadas anteriores era una gran cloaca, y el segundo era proyectarlo hacia el exterior. Todo se ha logrado con creces». Areso no duda en referirse al museo como «la gallina de los huevos de oro», pero también enumera tres aportaciones más allá de la economía: «Subió nuestra autoestima, nos dio esperanza en el futuro y contribuyó a comunicar en positivo cuando la mayoría de las noticias que salían de aquí eran negativas».

Lorea Bilbao, diputada de Cultura;Bakartxo Tejeria, presidenta del Parlamento vasco, y Ana Otadui, presidenta de las Juntas.
Lorea Bilbao, diputada de Cultura;Bakartxo Tejeria, presidenta del Parlamento vasco, y Ana Otadui, presidenta de las Juntas. / Ignacio Pérez

Los invitados hicieron una primera parada en la gran sala que acoge ‘La materia del tiempo’, la colección de esculturas colosales de Richard Serra. Allí, el Orfeón Donostiarra ofreció un concierto que incluía piezas de Puccini, Rossini o Verdi, pero también el ‘Txoria txori’ de Mikel Laboa (alguno de los presentes se dejó llevar y empezó a tararear por lo bajinis) y el ‘Hallelujah’ de Leonard Cohen (aquí, hubo invitados que se balanceaban, embrujados por la melodía). De propina, el coro cantó el ‘Boga Boga’ y el ‘Agur Jaunak’, antes del éxodo hacia las mesas. No era una cena cualquiera: lo que se había reunido ante los fogones tenía más pinta de santoral que de grupo de cocineros, con el anfitrión Josean Alija, Juan Mari y Elena Arzak, Andoni Luis Aduriz, Bixente Arrieta, Víctor Arguinzóniz y Eneko Atxa al frente de un equipo de ochenta personas.

Arzak se declaraba emocionado: «Esto es como un hijo nuestro, porque lo he visto nacer. Estuvimos en la inauguración, he dado de comer varias veces, tengo una hija que trabaja aquí... Lo que le ha aportado el Guggenheim a Euskadi es impresionante: en los tiempos fuertes, los turistas venían al museo». Los cocineros se zamparon unos cangrejos y unas croquetas de bacalao antes de servir la cena en esta noche «única e irrepetible», como decía Josean Alija: «¡Ya me habría gustado a mí celebrar mis 20 años como lo está haciendo el Guggenheim, con todos estos cocineros y tantos amigos!».

Entrada al Guggenheim gratis

La entrada al Guggeheim será gratuita este sábado 21 y y domingo 22 de octubre 2017, para celebrar el aniversario.

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