mito y traición

La utopía del comunismo

En algunos países, el comunismo se mantuvo por la fuerza y en otros hubo líderes del partido que creyeron a pies juntillas la propaganda de la URSS y vitorearon la tiranía estalinista

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

La Revolución rusa es, por antonomasia, la revolución del siglo XX. A partir de 1917, la URSS pondrá su nombre y varios de sus apellidos a un mundo en cuya desolada mirada se muestra la angustia de quien espera y teme. Pero si la Revolución de los sóviets es una de las partes nutricias de la Historia contemporánea y sin ella el siglo pasado se reduciría a menos de la mitad, también se puede afirmar que aquella no hubiera sido posible sin la personalidad de Lenin. Al padre de todas las revoluciones se debe el nacimiento del Partido Comunista y la formación de la estructura de la Unión Soviética, un Estado totalitario con hondas raíces de despotismo asiático y sin los contrapesos que la Teoría Política había impuesto en Europa occidental y Norteamérica. Ocupado el trono de los zares, el terror rojo allanaría el camino, cumpliendo los cálculos de Lenin para el que la violencia acompañaría forzosamente el hundimiento del capitalismo y el parto de la sociedad comunista. Con idéntica indecencia pero con más poesía lo dijo Louis Aragon. «Los ojos azules de la Revolución brillan con una crueldad necesaria».

No fue producto de la casualidad que en el monumento dedicado a sus precursores, los bolcheviques reservaran un lugar privilegiado a Marx, sí, pero también a otros grandes creadores de utopías como Tomás Moro o Campanella. Al contrario de estos, Lenin se despidió del mundo en 1924 sabiendo que su anhelo de una sociedad nueva iba a ser revelado a la Humanidad con una lucidez despiadada y cruel y que la avalancha hacia la utopía terminaría convirtiéndose para millones de personas en una horrible pesadilla. Pidió que su cadáver no fuera mostrado en público y que Stalin no fuera su heredero político. Ambas peticiones cayeron en saco roto.

Desde el Kremlin, Stalin impuso su modo de gobernar, el estalinismo, una forma de actuar sin miramientos, en la que la ideología se pone al servicio de la conquista y conservación del puro poder. Una gestión personal, un ensañamiento terrible en la persecución de sus enemigos o una práctica política despiadada, aunque siempre llevada a cabo en nombre del socialismo y contra la explotación capitalista fueron ingredientes formales del estalinismo.

Los retoños del régimen crecieron pensando que Trotski y Pasternak eran traidores

El sol brilla por Stalin

La asociación de estalinismo y terror con purgas, persecuciones y degeneración del marxismo se produce desde los años treinta mientras Stalin obligaba a los desgraciados cronistas de su despotismo a una reescritura continua de la Historia para escapar del pelotón de fusilamiento o de los campos de muerte del Gulag. Los nombres y retratos de los héroes de antaño se disolvieron en el inmenso océano de la ‘Enciclopedia rusa’ y los retoños del régimen crecieron pensando que Trotski o Pasternak eran traidores al servicio de las potencias enemigas.

Cautividad. El zar y su familia en Tobolsk, en invierno.
Cautividad. El zar y su familia en Tobolsk, en invierno.

Mediante un mecanismo moral y psicológico aún no bien descrito, los líderes comunistas europeos no solo aceptaron las mentiras del paraíso estalinista sino que participaron en su creación y difusión. Un espectáculo tristísimo fue el de innumerables intelectuales que viviendo a resguardo del terror vitorearon a una de las más crueles tiranías de todos los tiempos. ¿No escribió Alberti que sin Stalin ni siquiera el sol podía brillar como brillaba?

La revolución posible de un solo país, iniciada por Lenin y Troski, fue ampliada por Stalin a todos los países al otro lado del telón de acero, tras la derrota del fascismo europeo. En su testamento histórico, el líder del Kremlin dejaba a sus sucesores una generación de soviéticos sacrificados, las mejores cifras productivas, una situación internacional privilegiada y un pueblo temeroso, acostumbrado a esperar en largas filas los dividendos de la Revolución .

La cruda realidad

Los soviéticos se habían hecho a la idea de que Stalin pensara por ellos y a su muerte, en 1953, se sentían perdidos. De ahí que en pleno desconcierto popular por la desaparición del ‘padre de los pueblos’ nadie pareciera en condiciones de asumir el riesgo de una sucesión individual. La troika de políticos que se puso al frente de la URSS, sin embargo, dejó en 1955 el campo libre al vehemente Nikita Jrushchov, cuya memorable intervención en el XX Congreso del Partido Comunista pretendió limpiar el horror de su país clamando contra Stalin y acusándolo de neurótico déspota, inepto y traidor.

Vigilancia. Guardias rojos ante el despacho de Lenin.
Vigilancia. Guardias rojos ante el despacho de Lenin.

Jrushchov comenzó la desestalinización y algunos países del telón de acero pensaron ingenuamente que llegaba la hora de los socialismos nacionales. Los polacos y los húngaros lo creyeron de inmediato. El 23 de octubre de 1956 pudo haber cambiado la historia de Hungría y durante una semana pareció que el país había alcanzado su independencia de Moscú. El desafío fue excesivo para los soviéticos, que tomaron Budapest con más de dos mil tanques, después de brutales escaramuzas y del silencio de la ONU a la dramática petición de ayuda hecha por el jefe del Gobierno húngaro –y héroe popular– Nagy, ante tanta sangre.

Una nueva era empezaba para Cuba en 1959 con el triunfo de las tropas guerrilleras de Fidel Castro y Che Guevara que, tomado el poder, miran a la URSS. Por el contrario, un grave problema se le echaba encima a EE UU, incapaz de evitar el deslizamiento prosoviético de la isla. Castro consiguió articular una devastadora dictadura comunista que todavía sigue pisoteando las libertades más elementales de los cubanos con la cínica y vergonzosa complicidad de algunos gobiernos democráticos.

Gusto por los disfraces

En dos momentos cruciales de los acontecimientos revolucionarios en Rusia, sus protagonistas recurrieron a los disfraces para poder huir. El 23 de agosto de 1917, Lenin llegó a Helsinki procedente de Petrogrado para evitar ser detenido por la Policía rusa. Para escapar de Petrogrado, se había afeitado, llevaba peluca y ocupaba el puesto del fogonero en el tren que le dejó en la capital de Finalndia. Dos meses y medio después, el 7 de noviembre, Kérenski escapó del Palacio de Invierno horas antes de que cayera en manos de los bolcheviques. Según cuenta el historiador británico Robert Service, iba en una limusina del Gobierno, disfrazado de enfermera.

La URSS, con su degeneración en burocratismo o capitalismo de Estado, era desde los años setenta una gerontocracia funcionarial sin nada que ofrecer a los corazones revolucionarios que ya para entonces se habían fijado en China, donde Mao había proclamado el mayor Estado comunista de la historia. Otra revolución en un medio subdesarrollado, con el campesino como protagonista, empeñada en contradecir a Marx. Así y todo la izquierda del mundo creyó haber encontrado en el maoísmo el credo que estaban necesitando tanto las desnutridas vanguardias revolucionarias europeas como los nuevos países nacidos de la descolonización. Y el ‘Libro Rojo’ de Mao –antología de citas extractadas a modo de consignas para uso del campesino-soldado de la revolución– inundó las librerías occidentales y las manos orientales.

Como un castillo de naipes, de acero y hierro, la quimera del imperio comunista comienza a desmoronarse vertiginosamente en la URSS de Gorbachov ante la mirada atónita de todo el planeta. Decenas de miles de alemanes atravesaron la noche del 9 de noviembre de 1989 la puerta de la Historia, aquel muro de Berlín prohibido, símbolo del horror y la vergüenza del siglo XX. Nadie se lo impidió. Fue el punto de partida de la derrota de Lenin en el este de Europa que para algunos era la libertad, para otros la utopía y para los más impacientes el fin de la Historia.

Para entenderlo mejor

Del Imperio a la URSS:
En 1914 el Imperio ruso se extendía por 22 millones de kilómetros cuadrados a lo largo de Europa y Asia. Al Imperio le sucede la República Soviética de Rusia, que tras la salida de la Guerra Mundial pasa a llamarse República Socialista Federativa Soviética de Rusia. De su unión, en 1922, con la República Federal Socialista Soviética de Transcaucasia (Georgia, Armenia y Azerbaiyán), la República Socialista Soviética de Ucrania y la República Socialista Soviética de Bielorrusia nace la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Después se unieron repúblicas de Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán, Kazajstán y Kirguistán. Con el colapso del Imperio se independizaron entre 1917 y 1918 Finlandia y las repúblicas bálticas (Lituania, Letonia y Estonia), territorios que fueron tomados por el Ejército Rojo en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. En su disolución, en 1991, la URSS estaba constituida por 15 repúblicas. En 1992, Yeltsin anunció la creación de la Federación Rusa y de una Comunidad de Estados Independientes, que no incluía a los estados bálticos y de la que después han salido Turkmenistán, Ucrania y Mongolia.
Blancos y rojos:
La oposición a los bolcheviques (desde mencheviques a zaristas o revolucionarios de derechas) se agrupó en el ejército blanco. Toma ese nombre por oposición al rojo y por reminiscencias zaristas; el jefe de la casa real era ‘el zar blanco’ frente a las razas asiáticas del este.
Bolcheviques y mencheviques:
Tras la disputa entre Lenin y Mártov en el Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso de Londres en 1903 quedaron definidas las posturas del ala más radical (los bolcheviques) y los moderados (llamados mencheviques o minoritarios). Se escindieron en 1912.
Calendario juliano y calendario revolucionario:
El primer Gobierno soviético decretó la sustitución del calendario juliano por el gregoriano, que usaban ya casi todos los europeos, para los que la Revolución de Octubre realmente ocurrió en noviembre. Sin embargo, entre 1929 y 1940 siguieron un calendario (revolucionario) creado para evitar que hubiera días de descanso comunes a todos los trabajadores en los que se detuviera completamente la actividad industrial en el país. Con el cambio, los trabajadores ganaban días de descanso; uno de cada cinco, en vez de uno de cada siete.
Cheka (Comisión extraordinaria panrusa para la lucha contra la contrarrevolución y el sabotaje):
Policía secreta encargada de la represión (confiscación de bienes y cartillas de racionamiento, creación de listas de enemigos del pueblo) y ajusticiamiento en juicios rápidos de supuestos antibolcheviques.
Duma imperial:
Asamblea representativa rusa cuyas decisiones debían ser ratificadas por el Consejo de Estado del Imperio, órgano consultivo y legislativo en manos del zar, que además tenía potestad para disolverla. Hoy, la cámara baja del Parlamento ruso conserva el nombre de Duma.
Eseristas y octubristas:
Miembros del Partido Social-Revolucionario (PSR) yla Unión del 17 de octubre (por el manifiesto de 1905) defendían la transición a una monarquía parlamentaria desde la izquierda y la derecha, respectivamente. Se opusieron a la Revolución de Octubre.
Gulag:
División del NKVD responsable de los campos de trabajos forzados. Entre 1930 y 1960, fue, según versiones, el destino de 20 a 60 millones de personas, mano de obra gratuita para acondicionar zonas del territorio ruso desérticas pero ricas en recursos naturales.
Kadetes:
Miembros del Partido Democrático Constitucional o Partido de la Libertad Popular, formado durante la revolución de 1905. Representaba a liberales y burgueses partidarios de una monarquía constitucional. Apoyaron la permanencia en la guerra mundial y el golpe de Kornílov.
Koljós (granjas colectivas):
Tras las primeras expropiaciones, el Gobierno entregó las tierras las cooperativas de campesinos afines. Frente a los sovjos (granjas soviéticas donde medios y tierra eran del Estado), teóricamente tenían poder de decisión pero quedaron sometidas a los planes estatales.
Kulak:
Pequeños propietarios de tierra, muchos descendientes de siervos, que se opusieron tanto a la colectivización como a la nacionalización. La propaganda bolchevique los equiparaba con los grandes latifundistas zaristas, para presentarlos como enemigos del pueblo.
NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos):
Departamento gubernamental que asumió las funciones del Ministerio de Interior zarista con la seguridad del Estado como prioridad. En 1922 desparece la Cheka y su sucesora, la GPU (germen del KGB), pasa a ser controlada por el NKVD.
Politburó (Oficina Política del Comité Central):
Principal órgano de poder del Partido Comunista constituido en el VIII Congreso en 1919. Era elegido por el Comité Central, que actuaba en nombre del Congreso del Partido, formado a su vez por los funcionarios más importantes.
Sovnarkom (SNK):
Consejo de Comisarios del Pueblo de las repúblicas soviéticas. En 1946 pasaron a denominarse consejos de ministros. El de Rusia nació en el II Congreso Panruso de los Soviets en sustitución del derrocado Gobierno provisional y fue presido por Lenin.
Decembristas:
Participantes en la sublevación de diciembre de 1825 en San Petersburgo contra la subida al trono de Nicolás I (bisabuelo de Nicolás II) frente su tío, el más liberal Constantino. Intentaron un golpe de Estado antes de la coronación. Es el primer antecedente de revuelta contra el zar.
capitulo 1 - CAPITALISMO Y REVOLUCIÓN EN RUSIA
capítulo 2 - los protagonistas de la revolución
Capítulo 4 - El terror que a todos alcanza
capítulo 5 - Las paredes hablan

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