«Fukushima es desolador»

La periodista Alejandra Andrade, en uno de sus reportajes./R.C.
La periodista Alejandra Andrade, en uno de sus reportajes. / R.C.

Alejandra Andrade visita la central nuclear japonesa destruida en 2011 y se infiltra en el entorno de Donald Trump en la segunda temporada de ‘Fuera de Cobertura’ (Cuatro)

MIGUEL ÁNGEL ALFONSO

«Soy muy bruta». De esa forma tan llana explica la reportera Alejandra Andrade (Madrid, 1979) las aventuras que le han llevado a internarse en varias cárceles sudamericanas, en el penal estadounidense de Guantánamo o, incluso, en la ‘zona cero’ de Fukushima, en Japón, donde en 2011 tuvo lugar un accidente nuclear y aún está expuesto a altos niveles de radiación. Este último será una de las nuevas entregas de ‘Fuera de Cobertura’, el programa de reportajes de Cuatro, que regresa esta noche (a partir de las 22.30 horas).

- ¿Fue sencillo grabar en Fukushima?

- Fue complicado, igual que cuando grabamos en la prisión estadounidense de Guantánamo el año pasado, que tuvimos que negociarlo con el Pentágono. En este caso, pedimos acceso y nos contestaron a los dos meses, un email que te llega de repente y tienes que dejarlo todo para ir allí. Tuvimos que firmar un papel porque el calor es horrible en agosto y teníamos que renunciar a entrar si se superaban los cuarenta grados. Allí sigue habiendo mucha radiación y no podíamos permanecer demasiado tiempo expuestos.

- ¿No le preocupaba?

- Mucho. La radiación es invisible y yo soy bastante bruta (risas). Me quitaba la mascarilla constantemente, pese a que nos enseñaron un gráfico con la radiación que íbamos a recibir y era brutal. Pese a todo, solo íbamos a estar seis días. Los que realmente sufren son las personas que se la juegan allí a diario. Es desolador, hay muchos pueblos fantasma... Lo que más impresiona es ver los reactores de la central nuclear sepultados por toneladas de tierra.

- También han decidido hacer un perfil de Donald Trump.

- No solamente es un perfil, hemos contactado con su entorno más cercano. Nos ha costado más que acceder a una cárcel sudamericana o a unos narcotraficantes. Es interesante hablar con gente que trabaja mano a mano con Trump para saber cómo es cuando se apagan las cámaras. Logramos estar con su principal socio en Miami, un colega suyo al fin y al cabo con el que ha construido todas sus torres. En vez de cuadros tiene Porches colgados en la pared…

- ¿Qué impresión se llevó?

- Es todo muy loco, me recordó a la época en la que hacía ‘Callejeros’ dedicado a millonarios. Acaba de abrir un hotel muy polémico en Washington, cerca de la Casa Blanca, y muchos mandatarios se alojan en él…, con los consiguientes ingresos para la familia Trump. Creo que es distinto de otros reportajes que se han hecho sobre el personaje.

- ¿Por qué?

- Me siento muy afortunada, y además cuento con un valor muy importante: el tiempo. No se puede hacer periodismo de investigación en una semana. No creo que en otros canales no se les ocurran estos temas, trabajamos con cuarenta a la vez y al final nos terminan saliendo ocho.

Historias «de película»

- Ha vuelto a las cárceles de Perú.

- La historia es de película. Allí están muriendo presos españoles que luego son enterrados en fosas comunes. Hemos acompañado a Juana, la madre de uno de esos reclusos, que a sus 63 años era la primera vez que salía fuera de España. Hemos descubierto muchas cosas que te dejan helado, muy duro. Ojalá nos pase como en ‘Encarcelados’ (emitido por La Sexta) y el Gobierno español reaccione.

- ¿Alguna espinita clavada?

- ¡Muchas! Creo que si hubiéramos seguido intentándolo, al final habríamos conseguido la entrevista con Donald Trump… Aunque no sé si después de ver el reportaje nos dejaría.

- ¿Echa de menos la época de ‘Callejeros’?

- Ahora los programas tienen más calidad y más trabajo detrás, pero sí que lo echo de menos. Al final, el buen periodismo se hace pateando la calle y ese programa era muy especial, salían grandes momentos televisivos. A nivel personal, reconozco que en aquella época tenía menos preocupaciones, me bastaba con salir a la calle con mi cámara.

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