Los derroches de Las Campos

Los derroches de Las Campos

El reality mostró a las televisivas en Miami gastando a todo trapo y a Terelu enfrentándose a un supuesto gigoló

Joseba Fiestras
JOSEBA FIESTRAS

Hay series que envejecen bien y otras que más vale guardarlas en el recuerdo. Entre las segundas está ‘Corrupción en Miami’, que fue un ‘hit’ de los 80 y hoy solo su estilismo ya echa para atrás. El último capítulo de ‘Las Campos’ eligió la sintonía de Crockett y Tubbs para contextualizarse. Y fue premonitorio porque lo que vimos a continuación fue un viaje en el tiempo sin movernos del siglo XXI. Lo malo es que aquí no hay disculpa. No estamos ante una pieza de hace décadas revisitada, es un reality actual que sabe a rancio. Solo le faltan las hombreras.

Por otro lado, una de las peores estrategias cinematográficas es ofrecer un trailer en el que te cuentan la película y, cuando la ves, resulta que no hay más que en el anuncio. Telecinco mostró el martes un avance del episodio que lo contenía todo. El programa no narraba nada nuevo, sobraban minutos a cascoporro. Sí, supimos que María Teresa tuvo un ‘amigo’ en Florida, «un rollete que conoció en Sevilla», añadió Terelu. Comprobamos durante más tiempo la flexibilidad de Carmen Borrego y su habilidad para olerse los pies, las vimos vituperar sin piedad a las asistentes a una exposición de arte moderno («En mi vida he visto gente tan feísima», definía Terelu sin cortarse), comprobamos su buen gusto en el vestir playero (es ironía), descubrimos que casi montan en moto de agua y asistimos al complejo de papada de la hermana pequeña.

La sorpresa y diversión que pudieron ofrecer las primeras temporadas de este invento se han transformado en un exceso de chabacanería y un homenaje al derroche que raya en la obscenidad. No se privaron de lujos, hablaron sin vergüenza de lo caros que son los zapatos que se compraron y se pasearon en yate alardeando de que ellas en lanchas se marean. Eso sí, de cuando en cuando se quejaban de lo «carisísimo» que estaba todo en esa ciudad, quizá para relajar un poco el dispendio. Hubo tensión, la ya acostumbrada entre las hermanas y, más grotesca, la que enfrentó a Terelu con un joven que se ofreció a darle un masaje y algo más en un restaurante de lujo. «A mi no me toques las narices porque te doy una hostia que te pongo del revés, imbécil», clama la presentadora cuando el chico intenta besarla. Al final resulta que era un gigoló. «¡Un puto!», exclama ella cuando se lo dicen finamente. La situación tenía un cierto tufillo a falseada, aunque visto lo visto…

Invitados como Boris Izaguirre o Alexis Valdés salpicaron algo de interés en la trama, tampoco mucho. Otros, como el excéntrico millonario Gianluca Vacchi, se sumaron al surrealismo general. Ya me dirán qué interés tiene ver al trío comprando ropa, haciendo gimnasia (o algo así) o yendo a un baño público. Entre las novedades, contaron que Terelu va a lanzar en breve una línea de joyas (Trlu se va a llamar). Anillos que la periodista hizo que se probara la camarera que les atendía en un bar. Muy normal todo. Por lo demás, nada nuevo en el hogar.

Eso sí, al César lo que es del César, cabe alabar la postproducción del proyecto, que es lo único que aporta algo de ritmo a la historia. Los efectos sonoros son fantásticos. Ese montaje de las toses de Terelu al ritmo del ‘We will rock you’ de Queen, la banda sonora de ‘La Sirenita’ cuando la colaboradora de ‘Sálvame’ dice que ella nació en el mar, o verla sentándose encima de la maleta para intentar cerrarla al son de la sintonía de ‘¿Qué apostamos?’, o los silbidos de ‘La muerte tenía un precio’ ante esas miradas entre madre e hija. En definitiva, un intento de exprimir una gallina de los huevos de oro que hace tiempo que no da para más. Porque antes te podías reír con ellas, pero ahora parece que te ríes de ellas, y da un poquito de pena. Sobre todo porque a la matriarca se la nota pudorosa en numerosas ocasiones y entristece ver a una grande de la tele como María Teresa Campos en tales circunstancias.

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