Arguiñano vs. 'Masterchef'

Arguiñano vs. 'Masterchef'
Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Uno aprendió de Karlos Arguiñano cómo cortar cebolla flexionando los dedos para no llevárselos con el cuchillo. O la manera de que las manos no huelan a ajo después de laminarlo: poniéndolas bajo el agua del grifo sin frotar. El de Zarautz lleva la friolera de 27 años cocinando en televisión. Nadie tiene su frescura y naturalidad; nadie se atreve a contar sus chistes verdes. Antes de que conociéramos el significado de la esferificación, los ‘smoothies’ y los ‘food trucks’, Arguiñano ya estaba ahí, instruyendo sobre gastronomía a todo un país. Ese era en origen el propósito de los programas de cocina: aprender a cocinar platos ricos y saludables. Después llegaron el culto a los chefs filósofos, la competición por las estrellas Michelin... y ‘MasterChef’.

El espacio insignia de Televisión Española no es del agrado del cocinero vasco. «‘MasterChef’ no es un programa de cocina, es un ‘reality’», observa en una reciente entrevista. «En este tipo de formatos les gusta la lagrimita; que llore la madre, que lloren los niños, todo el mundo llorando», lamenta. Sus críticas no son nuevas. Hace unos años ya confesó a Buenafuente que tomarse la cocina como una competición no iba con él. «Son programas con grandes cocineros y cocineras, pero no da tiempo casi a ver lo que están haciendo. No enseñan a cocinar».

Arguiñano, que visitó como invitado ‘Top Chef’ en Antena 3, tiene razón. Nada tiene que ver ‘MasterChef’ con los espacios de recetas de David de Jorge, Jamie Oliver o los hermanos Torres. Estamos ante un ‘reality’ que prima los bajos instintos a la gastronomía. «La mitad de lo que pasa ahí es mentira», denunció el actor Fernando Tejero, que llegó a las finales de ‘MasterChef Celebrity’. Famosos que explotan, niños que lloran como si estuvieran en la mili y chefs con estrellas Michelin que juegan a ser el sargento de hierro. Puro espectáculo que sigue atrapando a una audiencia que pasa de los platos y solo pide más morbo. Que sus finales acaben pasadas las dos de la mañana no cabe interpretarse sino como un insulto a los que claman por que la televisión pública ayude a racionalizar los horarios y no envíe al día siguiente a clase a los niños dormidos.

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