«Cuando mis sobrinos ven mi brazo dicen que me he comido un dragón»

Alex muestra las cuatro semibolas y el aro que se implantó en el brazo izquierdo hace seis años./BORJA AGUDO
Alex muestra las cuatro semibolas y el aro que se implantó en el brazo izquierdo hace seis años. / BORJA AGUDO

El bilbaíno Alex Roncero es un apasionado de la modificación corporal. Tiene diez piercings, tres implantes, dos escarificaciones e innumerables tatuajes. Este viernes participó en Got Talent y dejó al jurado sin palabras

Hizkuntze Zarandona
HIZKUNTZE ZARANDONA

Se hizo su primer piercing con 14 años. Se agujereó él mismo. «Cogí un alfiler de mi madre, lo desinfecté y… ¡listo! Sí, me lo hice de forma muy rudimentaria, pero antes no había tanta información», se justifica Alexander Roncero (Txurdinaga, 1979) con cara de niño bueno. Fue el inicio de una transformación que no tiene fecha de caducidad. Empezó con las perforaciones, siguió con los tatuajes y más tarde llegaron las escarificaciones (incisiones en la piel) y los implantes de silicona. «Me apasiona todo lo relacionado con la modificación», subraya. También ha probado es la suspensión corporal, una experiencia más espiritual que física en la que se cuelga durante unos veinte minutos de ganchos que atraviesan la piel de su espalda.

Este viernes, se atrevió a mostrar uno de sus shows en la televisión. En Got Talent, nada menos. El programa de Telecincó cosechó una vez más éxitos de audiencia y ahí estaba él, un poco nervioso, pero «muy contento por poder participar». Su actuación no dejó indiferente a nadie. Hasta Jorge Javier Vázquez acabó tirado en el suelo al ser incapaz de presenciar cómo se cosía un cartel en el cuerpo y se clavaba agujas de un grosor considerable. A pesar del sufrimiento, el presentador le dio un sí -como Edurne y Risto-, y el pase a la siguiente ronda. «Estoy contento porque no fueron muy duros conmigo y me dejaron pasar a pesar de que les haya un poco grimilla», afirma Álex, que ya está dando vueltas al show con el que sorprenderles en la próxima actuación.

¿Quién es?

Alex Blakan (nombre artístico)
tiene 39 años y es un apasionado de la modificación corporal. Se dedica en cuerpo y alma a su pasión. Hace 19 años abrió un negocio de piercings y tatuajes con su hermano en Santutxu -C/Aita Esteban Pernet, 8-.
Modificaciones
Tiene diez piercings: en la ceja, en el labio, orejas, pezón y piercings genitales. Tatuajes: brazos, piernas, pecho, tripa y homoplatos. «Aún tengo mucho que rellenar, pero no quiero tatuarme todo el cuerpo», apunta. Además, tiene dos escarificaciones y tres implantes.

Pero, ¿y cómo es en la intimidad? Alex es el pequeño de cuatro hermanos. Criados en el seno de una familia conservadora, a sus padres en un principio les costó entender su cambio físico. «Con 16 años me puse un imperdible en el labio… ¡y todavía recuerdo la bronca! Había barreras que costaban más romper. Pero jamás me han dicho no te hagas nada. Siempre han sido muy tolerantes con mi forma de ver la vida», rememora. Patricia y Amaia, sus hermanas mayores, no le habían allanado el camino en ese sentido. «Las chicas no tienen nada que ver conmigo. Todo lo que lucen es un pendiente en el ombligo», dice entre risas. Con Javi –su tercer hermano– sí que tiene más puntos en común. Hace 19 años abrieron el estudio "Body art Clandestine" de Santutxu. Alex se encarga de los piercings; Javi, de los tatuajes. Juntos forman el tándem perfecto: «Tenemos un público desde entre 14 y 60 años. No soy millonario en dinero, pero sí en sentimientos. Me siento realizado y he tenido la suerte de convertir mi pasión en mi trabajo».

Tatuarse, agujerearse o peinarse de una forma atrevida es para él una manera de destacar la propia belleza. Razón por la que Alex no para de modificar su cuerpo. A día de hoy, tiene diez piercings, dos escarificaciones, tres implantes e innumerables tatuajes cosidos a tinta y aguja en su anatomía. «Cuando me miro al espejo, me veo guapo», desliza sin ocultar su coquetería. ¿Y cómo se imagina con 80 años? «Seré un aitite igual de atractivo, igual de elegante», afirma. «En Londres es muy común ver a personas mayores con dilataciones más grandes que las mías. ¡Olé sus narices! Y aquí también será normal dentro de unos años. Afortunadamente, viviremos una etapa más variadita», apunta mientras se ríe con esa fuerza que da aceptar la vida tal y como viene. Sus 'dilatas', como él las llama, son su seña de identidad: «A veces me las quito para ducharme o dormir, pero sin ellas me siento desnudo. Me gusta sentir su peso».

«De aitite me imagino igual de atractivo, igual de elegante. No busco morbo. Lo hago para mí»

Se pone firme para explicar con claridad los tatuajes que tiene repartidos por los lugares más insospechados. El primero se lo hizo con 18 años: «Tardé un poco más porque lo que realmente me gustaban eran los piercings». Grabados abstractos, orientales, copos de nieve y hasta el mismísimo Predator envuelven su anatomía. Cada pieza es un tesoro personal, pero algunos desprenden una atracción especial. Alex se queda con su pierna izquierda. Desde la rodilla hasta el tobillo luce con orgullo dos imágenes de Evaristo, el cantante de "La polla records". «Se lo medio enseñé en un concierto, pero no lo vio bien porque tenía prisa. Es una espinita que tengo clavada. Pero un día me presentaré en Agurain –localidad en la que vive el vocalista– y se lo enseñaré», advierte.

Heridas de guerra

Como si todo este decorado se le quedase corto, Alex decidió dar un paso más y probó con las escarificaciones. A diferencia de los tatuajes, aquí no se inyecta tinta y el dolor es mucho más intenso. Se hacen cortes con un bisturí para marcar un diseño en la piel. La cicatriz resultante, es la obra de arte. Se pueden hacer prácticamente en cualquier parte, pero Alex eligió zonas vistosas: el brazo izquierdo y el muslo derecho. Son sus heridas de guerra. Al joven "piercer" lucir estas marcas le llena de satisfacción: «Es un dibujo que genera tu propio cuerpo, sin necesidad de utilizar colores ni pigmentos. Tiene un simbolismo más especial, para mí son una especie de protección».

Queda claro que a Alex le gusta probar, saborear la sensación de transformar su cuerpo, pero, según sus palabras, sin llevarlo al extremo. «No me gusta llevar la cara llena de piercings, ni una lengua bífida. No busco morbo. Lo hago para mí». Lo dice sin alterarse, con dulzura, la misma con la que te enseña las cuatro semibolas y el aro de silicona que se implantó en el antebrazo izquierdo hace seis años. «Mis sobrinos dicen que me he comido un dragón y se me ha quedado ahí el esqueleto; y a mi abuela le da un poquillo de repelús y me pregunta que para qué quiero eso», cuenta. No es su único implante. En el pecho tiene la estrella del caos y dos bolitas en el recorrido del pene. No contraiga la cara, querido lector: Alex asegura que tampoco le dolió tanto. «Es como si haces un bolsillo. Abres la piel, despegas el tejido, metes la pieza y coses. Duran unos 40 años», explica con una normalidad pasmosa.

También ha probado es la suspensión corporal. El día de su 33 cumpleaños fue su bautismo. Afirma ser agnóstico, pero «me gustaba la idea de hacerlo al cumplir la edad en la que Cristo fue crucificado». La espalda de Álex colgaba de ocho ganchos de acero sujetados por una polea. Entre amigos y conocidos realizan verdaderas ceremonias, donde lo importante es que quien se suspenda viva la mejor experiencia posible. «La posición más usada es la suicida –colgado de la espalda y parado–. Así, interiorizas más el dolor. Otros días, que estás más engorilado, te pones a pendulear. Hay gente que ha estado hasta cuatro horas colgado. Yo suelo estar 20 ó 25 minutos». Este ritual, donde el dolor se transforma en clímax, para él es una forma de vivir, de sufrir, de gozar.

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