la peripecia vasca de heidegger

La colaboración de Chillida con el filósofo alemán fue importante en el arte vasco y su pensamiento ha sido reivindicado por varios creadores

Martin Heidegger./
Martin Heidegger.
JAVIER VIAR

En mi anterior artículo hablé de una exposición que se muestra en el Guggenheim, que lleva por título ‘El arte y el espacio’ y agrupa un numeroso y heterogéneo conjunto de pinturas y esculturas de los siglos XX y XXI. El nombre procede del texto que el filósofo alemán Martin Heidegger escribió para ser publicado en una edición especial con grabados de Eduardo Chillida, que fue quizá la más importante de las colaboraciones del escultor vasco con escritores y pensadores europeos, desde luego la más divulgada, que tuvo también otros ejemplos de gran altura.

El primer encuentro entre el artista y el filósofo se produjo en 1968 en la galería Erker de St. Gallen (Suiza), en la presentación de una anterior colaboración de Chillida con el poeta austriaco Max Hölzer. En 1969, se presentó la edición de ‘Die Kunst und der Raum’ en la que, junto al escrito de Heidegger, aparecían siete obras sobre papel del escultor, siete litocollages. El escrito de Heidegger puede relacionarse con una conferencia que el pensador había pronunciado en la propia galería Elker en 1964, con motivo de una exposición del escultor alemán Bernhard Heiliger, aunque no fue publicada hasta 1995, y que lleva por título ‘Observaciones relativas al arte -la plástica- y el espacio’.

La colaboración con Chillida, y la propia figura de Heidegger, fue importante en el arte vasco de aquel momento, y su pensamiento reivindicado por varios artistas. Además de la obvia conexión que podía aducir Chillida, Oteiza planteó la prioridad de su pensamiento sobre el del filósofo. Si hacen ustedes un repaso por la relación de Oteiza con artistas, movimientos e idearios artísticos del siglo XX, observarán que tuvo la pericia de adelantarse a todos ellos con posterioridad, con lo que los convirtió en sujetos epigonales de sus propios hallazgos.

Lo planteó al menos con Chillida y la abstracción vasca, acusando al escultor donostiarra de plagiarle, con el minimal art y con el pensamiento de Heidegger. ¡Extraño concepto, muy oteiciano, el de heredero anticipado! También Mendiburu se refirió en alguna ocasión a una prioridad en el conocimiento del filósofo. Incluso el crítico de arte Santiago Amón, asimismo interesado por el pensador alemán, estuvo implicado en esta cuestión, y se desdijo al final de su vida de la veneración por Chillida que había sido su norte para hacer un reconocimiento como precursor del pensamiento de Oteiza, en línea con la reivindicación del propio autor.

La exposición presente se inicia con el libro de Heidegger y Chillida, rodeado de algunas piezas relacionadas. A pesar de que en su manera de exhibirse participa de la extrañeza de toda la exposición, hay algo que me atrevería a calificar de sagrado -¡la blancura de los objetos, de la piedra y el papel; la nitidez de los grafismos negros sobre ella!- que se desprende del rincón donde se muestran el libro, que se acompaña de esculturas, relieves y grabados de Chillida relacionados, las piedras litográficas intervenidas por Heidegger con su texto y un grupo de esculturas de Oteiza. Este es el lugar al que anuncié volver en mi artículo anterior, porque sin duda es el que más emoción produce de toda la muestra y el único que justifica en verdad el título. Las doce piedras de Heidegger, que se guardan en su museo del castillo de Messkirch, con su caligrafía menuda, forman un despliegue mosaico con la revelación divina dibujada en signos sagrados.

Religiosidad oteiciana

Las esculturas, relieves y grabados de Chillida son de gran belleza. Los litocollages se componen de gruesos rasgos negros que rodean un ancho vacío central. Las esculturas de Oteiza también son hermosas, sobre todo las macizas, que considero más genuinas. Este conjunto forma un mundo muy diferente al del resto de la exposición, incluso diferente al de sus artistas coetáneos, a los que poco les emparenta su obra laica con la poesía vernacular, esencialista y artesanal de Chillida y la metafísica del ‘lugar’ del propio Heidegger, así como con los postulados del vaciamiento espiritual de la religiosidad oteiciana.

Pero esta fascinación por Heidegger dio lugar también a observaciones más risueñas que las propias de la reflexión filosófica y a episodios que muestran aspectos humorísticos. El estupendo poeta y agudo y lenguaraz espíritu que fue José Miguel Ullán destiló en una ocasión un mordaz comentario sobre el asunto, que yo escuché. Vino a decir que el problema había comenzado el día que Chillida (supuestamente) dijo: «Heidegger y yo pensamos…», frase cuya textualidad, a todas luces, era invención del poeta, aunque quizá hiciera justicia a algo profundo, a una actitud obsesiva del escultor. Probablemente, sin embargo, el más curioso de los testimonios de este interés por Heidegger fue el de una singular protesta de Oteiza, relacionada con su general reivindicación heideggeriana.

Oteiza se quejaba de que Chillida no le hubiera hablado a Heidegger de él y de la metafísica tradicional vasca, y de que no se hubiera preparado un cuestionario entre los artistas vascos para ese encuentro con el filósofo, cosas ambas que no tienen mucho sentido. Ahora bien, Oteiza, que era muy perspicaz, sabía algo importante, como se desprende de su queja, y es esto: que uno le conociera a Heidegger, generalizada condición entre los artistas vascos, era una cosa, y otra distinta que Heidegger le conociera a uno. Había una distancia; una distancia que, entre aquellos ‘heideggerianos’, sólo fue recorrida por Chillida.

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