Música

Los viejos roqueros…

Deep Purple hizo vibrar al público en el BEC.
Deep Purple hizo vibrar al público en el BEC. / Borja Agudo

Dentro de su gira mundial nominada 'El largo adiós' y rozando los 70 años de edad de promedio, los legendarios Deep Purple dieron en el BEC, ante 4.200 personas, un show audiovisual con imágenes estupendas, clásicos propios bien traídos y valientes canciones nuevas que certifican su valía. Como diría Miguel Ríos: los viejos roqueros nunca mueren

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Si había 4.200 personas el viernes viendo a los míticos roqueros británicos Deep Purple (Hertford, Inglaterra, 1968) en el BEC (en su espacio reducido denominado Cubec), con los dedos de una mano se pueden contar los que salieron insatisfechos de su show de 16 temas en 102 minutos (incluyendo el tema teclista solista de cinco minutos, con el himno del Athletic coreado por la masa; el único momento populista, fíjense; en Italia hace poco hicieron ‘La donna è mobile’). Deep Purple se reivindicaron a sí mismos por tocar varias canciones de sus dos últimos discos, por no intentar imposibles retos nostálgicos (su vocalista Ian Gillan, de 71 años y con camiseta de Popeye, no ejecuta falsetes ni en broma, es como si fuese otro cantante), y por ofrecer un espectáculo completo que a un cancionero de rock duro atemporal añadió unos visuales impactantes, empastados y variados: imágenes lisérgicas, escenas instantáneas y agigantadas, la silueta de alguno de los miembros multiplicada como si estuviera en la televisión de los 70 y, sobre todo, las impactantes y detallistas por casi microscópicas ráfagas y solos al teclado de Don Airey (69 años, teclista de Deep Purple desde 2002, cuando se marchó el difunto Jon Lord).

Durante el cambio de grupo (los teloneros Alter Bridge con su post-grunge repetitivo y lineal que para más inri sonó mal, demasiado grave y retumbante), pareció que el escenario se iba a quedar un poco cojo, pues los Purple tocarían todos a ras de suelo, sin plataformas para baterista y teclista. Pero no, al empezar el show todo eso cambio: los cinco músicos oficiaron a ras y llenando el amplio espacio, había dos muros de amplificadores detrás, otra gran muralla rocosa de atrezo más atrás, y la gran pantalla del fondo superior del escenario. Quien estaba situado en el sitio adecuado, o sea delante y centrado, dispuso de un festín de imágenes absorbentes todo el rato.

Deep Purple ha sido el grupo número 200 que vemos en vivo en lo que va de año y la cosa sonó muy bien, no como en el Festival Azkena vitoriano de hace varios años, con volumen insuficiente y un Gillan menos seguro, menos aceptante de que no puede llegar a los agudos de hace 40 años. En el BEC Había cuatro cañones de luz apuntando al escenario desde las dos esquinas frontales, dos pantallas más laterales en el exterior del escenario para agrandar a los músicos hasta el tamaño macroconcierto, los focos resultaron estupendos y lo dejaron ver todo, y los cinco músicos tuvieron sus momentos de protagonismo, quizá el que menos el baterista Ian Paice (69 años cumplidos el jueves, la víspera del show), quien baqueteó con mucha naturalidad.

Pantallas

Los otros cuatro miembros sí chuparon cámara, incluso el bajista Roger Glover (71 años, un par de solos en absoluto sobrantes ya se marcó con su pinta veterana al modo del vaquero Willie Nelson). Para ser un héroe de la guitarra no estuvo tanto tiempo en primer plano Steve Morse (62 años, en los Purple desde 1994, el único americano del quinteto), y sí que operó estelar el teclista Airey, que salía en pantallas cada dos por tres con sus manos gruesas y sus teclas blanquinegras agigantadas. Y también Gillan tuvo protagonismo, por supuesto, y solo una vez fue evidente que tenía a sus pies un teleprompter (en un par de temas lo miró de reojo y sólo en una canción estuvo pendiente de la letra, la de ‘Birds Of Pray’, perteneciente a su último disco, ‘Infinite’).

Más o menos todos los que estuvimos en el BEC tenemos estudiado el LP doble en directo ‘Made In Japan’ (1972) de Deep Purple, del que cayeron cuatro cortes descartando tres: el solo de batería ‘La mula’, la balada plena de agudos ‘Child In Time’ y el megahit ‘Highway Star’, que no suelen hacer porque odian a su ex guitarrista Ritchie Blackmore. Y a modo de elogio, hay que subrayar que en el repertorio escogido el viernes hubo clásicos reconocibles intergeneracionalmente (delante había unos veinteañeros que fumaron costo, detrás alguien fumó marihuana), pero también bastantes piezas de sus dos últimos álbumes: por ejemplo la inaugural ‘Time For Bedlam’ (del citado último CD, ‘Infinite’, que es muy bueno), la neohardroquera ‘Johnny’s Band’, la progresiva a lo Jethro Tull ‘Uncommon Man’ (del penúltimo CD, ‘Now What?!’, de 2013), la fantasmagórica ‘The Surprising’ (del nuevo disco, como informó Gillan al acabarla), o la rotunda ‘Hell To Pay’ (del penúltimo también). ¿Los Rolling o los AC/DC se cascan tantos cortes de sus nuevos discos cuando salen de gira mundial?

Esas composiciones estuvieron bien y compaginaron la fuerza del hard rock primigenio con los alardes progresivos que nunca se dilataron en vano, de modo ombliguista, alargando solos, pues el quinteto actuó conjuntado. Sin embrago, todos queríamos oír, catar, analizar y calibrar los títulos más famosos, sus clásicos del rock. Quizá el rocanrolero ‘Strange Kind Of Woman’, que sonó en cuarto lugar, fue el que mejor les quedó, pero no se anduvieron a la zaga ‘Lazy’ (con la peña tarareando la melodía y Gillan olvidando los falsetes de antaño), el cool ‘Perfect Strangers’, un ‘Space Truckin’’ con el empaque de un carguero espacial, un ‘Smoke On The Water’ coreado por el gentío puños y móviles en alto y adornado en las pantallas gigantes por imágenes del incendio que inspiró la canción, o, ya en el bis doble, un ‘Hush’ (versión de Joe South) que desarrollaron con soltura y soul mientras la gente coreaba na-nananá, y el adiós con ‘Black Night’.

Ellos no posaron todos juntos para la despedida (qué raro… ¿se llevaran mal entre algunos, como los Guns N’ Roses?), pero todos salimos contentos, ya se ha dicho. Si la gira del largo adiós pasa cerca otra vez, fijo que nos animamos a repetir. (Como a ir a Torrelavega a ver a los Scorpions el miércoles 12 de julio, que después de que anunciaron en falso que lo dejaban y que solo actuarían una vez más en España, ya los hemos visto en el Azkena de Vitoria -muy mal- y en Miribilla en Bilbao -muy bien, qué pantallas-; a ver en que plan van a Cantabria, pues.)

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