Viajes imaginarios y al pasado

El baterista Michael Olivera presentando 'Oasis' en la Sala BBK. /MIKEL MARTÍNEZ DE TRESPUENTES / SALA BBK
El baterista Michael Olivera presentando 'Oasis' en la Sala BBK. / MIKEL MARTÍNEZ DE TRESPUENTES / SALA BBK

El sábado viajamos por el mundo con el jazz del cubano Michael Olivera en la agotada Sala BBK y a los años 90 con el ritmo y blues españolizado de Los Deltonos cántabros en la discoteca Fever

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Entradas agotadas el sábado para el último concierto del año de la Sala BBK y, también, la última cita del Bilbaína Jazz Club. En su programa ‘Mes a mes’, ese que retira las filas de butacas de la Sala BBK y la convierte en un club con mesitas, velitas y birritas, el baterista cubano afincado en España Michael Olivera presentó su segundo disco a su nombre (por cierto, no se pronuncia ‘Maikel’, sino en castellano: Mi-cha-el), ‘Oasis’, el día después de estrenarlo en Madrid, en el Café Berlín, «donde vivimos emociones y sensaciones lindas. El disco es la continuación de ‘Ashé’ y el disco tiene viajes por el Caribe, Brasil, África…», explicó el líder en su primer parlamento.

En noviembre de 2016 atestiguamos la presentación de ese su debut, ‘Ashé’, en La Bodega, la antigua sede del Bilbaína Jazz Club, una sesión con demasiados solos (sobre todo del bajista, Munir Hossn), y no nos dejó ni buen sabor ni hondo recuerdo. Pero este sabado, quizá por tener más repertorio y por estar el grupo más rodado e integrado, la sesión voló más alto y los solos no parecieron de relleno, aunque uno de Munir, entre la étnica y la fusión, se dilató en demasía (pero bueno, el público predispuesto que coreó y dio palmas en el concierto lo ovacionó contento).

En 2016 Olivera tocó 7 piezas en 100 minutos en quinteto: vocalista con turbante (Miryam Latrece, ¡de Móstoles!), bajista con sombrero magrebí (el citado Munir Hossn, brasileño de Paraná), el baterista peinado a raya y vestido con chaqueta de fieltro a la antigua (Michael Olivera, cubano de Santa Clara, que repitió la chaqueta), saxofonista de pelo y barba afros (nuestro admirado Ariel Brínguez, otro cubano de Santa Clara al que se le está quedando cara de Mingus rastafari), y acordeonista sentado en el centro de la escena y con cara de susto (Joao Frade, portugués, el único parapetado tras partituras ese día). Esta vez, Olivera volvió con el mismo combo, sólo que cambiando al acordeonista por el magistral pianista madrileño David Sancho, y se voló más alto.

Sí, en una velada sabatina que esa misma tarde agotó las entradas en la venta anticipada, sonaron también 7 piezas pero en 92 minutos (ocho minutos menos con solos de relleno, suponemos). El quinteto ofició como lo que es, un supergrupo (por ejemplo Munir ha tocado con Gilberto Gil, Joe Zawinul Syndicate, Seamus Blake, Hermeto Pascoal, Jerry González…), los solos tuvieron personalidad propia, y en esta faceta destacaron el lírico pianista David Sancho (cómo era capaz de pulsar las teclas con los dedos separadísimos) y el absorbente saxofonista Ariel Brínguez (alternando el tenor y el soprano).

Sonaron cuatro piezas del debut y tres de la reválida, curiosamente. A menudo barnizados por los coros susurrantes de Latrece (en plan cine erótico años 70 o samba sensual), los cinco abrieron precisos y minimales con ‘Oasis’ (al acabarla Olivera se declaró «alterado porque esta canción te saca el aire al tocar los palillos», las baquetas), y de seguido subieron un escalón con ‘Ashé’, agraciado por una larga introducción pianística pop (dio la sensación de que fusilaba un hit de los 80) y luego creciente, tímbrico y alegre. En la novedosa balada after hours y viajera ‘Tokio’ le dio tiempo a lucirse a Ariel y al acabarla Olivera propuso un juego: adivinar adónde era el viaje que evocaba esa canción, y al revelar él que su título era el de la capital de Japón pensamos que sí, que el pianista bilbaíno ahí residente podría tocar algo similar.

Y otra cima se ascendió con ‘Raíles’, un corte del debut inspirado en un largo viaje ferroviario por Cuba («como los trenes ahí son tan así, te da tiempo a hacer películas, libros, música, teatro…», ironizó Olivera, quien demostró sus facultades técnicas al llevar dos ritmos absolutamente distintos con cada mano). ‘Raíles’ fue un tema largo con tumbao sonero, solo espectacular de Ariel («candelaaaa», le animó el líder) y pasaje protagonista de Munir en el solo más forzado, entre comillas, del concierto.

‘Campesino y campesina’, del primer disco, fue la pieza menos brillante, una suerte de muzak para oír de fondo, un tema lánguido pero bien arreglado, con coritos a lo Chambao de la gente: ‘nará-nará…’. Entonces Olivera se despidió diciendo: «Es superlindo, y lo digo de verdad, de corazón, cuando nosotros estamos arriba y ustedes ahí, prestando tanta atención, escuchando y viajando. Ha sido muy bonito compartirlo en estas fechas superespeciales en las que han sacado tiempo para venir aquí a ver un concierto». Y procedieron a interpretar la nueva ‘Azar de cristal’, con introducción pianística a lo Nyman y solo eléctrico de fusión con bajo slap a cargo de un entonces excelso Munir en su mejor papel. Acabaron, «’ashé’ para todos» deseó Olivera usando esa palabra yoruba que significa ‘paz y amor’, y el bis se reservó para el mejor tema, o el más efectivo, el apropiadamente titulado ‘Ganas de vivir’, también incluido en su primer disco, una mezcla de soul sensual, ritmos selváticos, saxo supremo, las mismas veloces notas dobladas por diferentes instrumentos (piano y saxo, por ejemplo) y espectacularidad febril. Qué diferencia cuando un grupo se dedica a tocar notas con enjundia en vez de estirar el chicle con solos para llenar el tiempo de un concierto al uso.

Vídeo oficial de ‘Oasis’ de Michael Olivera:

Fernando Macaya y Hendrik Roever, los dos hachas de Los Deltonos.
Fernando Macaya y Hendrik Roever, los dos hachas de Los Deltonos. / TXEMA DE LA CRUZ / TXEMAIDEN

Luego nos dio tiempo de sobra a acercarnos a la discoteca Fever, en Bolueta, donde se celebraba el quinto Mockers Day, ese festival de bolsillo que trata de unir a diferentes tribus roqueras. Entre los vizcaínos Mud Candies y Dead Bronco, actuaron Los Deltonos , de Muriedas, Cantabria, como recordaba de vez en cuando su líder, el guitarrista y cantante Hendrik Roever. Vinieron con su repertorio especial y ocasional ‘4 hombres enfermos / canciones de cuando eran un trio’, o sea basándose en sus dos primeros LPs: ‘3 Hombres Enfermos’ (1990) y ‘Bien / Mejor’ (1992), cuando se hicieron tan famosos que pasaron de actuar en el Gaueko del casco viejo a llenar el frontón de Fadura, en Getxo.

Su líder y fundador allá por 1986, actuó sobreponiéndose a una gripe: ojos llorosos, mocos, sudor por la cara y expresión cansada, pero libró con profesionalidad y sin que se le notara apenas en un bolo de 18 temas en 72 minutos. Aunque una vez planteara Hendrik «hay canciones que no es lo mismo cantarlas con 25 que con el doble, aunque siguen teniendo la misma vigencia» (los dijo antes de una de las cimas, ‘Qué podríamos hacer’, saltarina en la escuela del pub-rock inglés) y otra preguntara «bueno, ¿qué tal?, ¿cuánto habéis rejuvenecido hasta ahora?», esa sabatina no fue una cita nostálgica, porque siguen teniendo el mismo valor los ritmos americanos negros y las letras lacónicas, oscilantes entre lo despectivo (a ellas y a ellos) y lo prosaico (beber, resaca, conducir borracho…). Hum… quizá hoy día composiciones vocativas dirigidas a las mujeres serían tildadas de machistas y de misóginas, aunque más bien Hendrik siempre ha sido un misántropo: ahí está ‘Listo’ con su funk a lo Red Hot Chili Peppers reforzados.

Sí, ya por entonces Los Deltonos lo tenían. Nos referimos a su dominio del ritmo y blues y del blues negros, adaptados como un guante al rock and roll (repasen ‘Mirar atrás’, un R&R en plan sus paisanos La Burla en serio). El sábado noche en la Fever, en cuarteto de sonido superamericano, con el santanderino Fernando Macaya a la segunda guitarra (también acompaña a Mikel Erentxun), los Deltonos esparcieron por la piel de toro el blues de Texas (rumba en ‘Todavía no sabes mi nombre’), shuffles a lo Stevie Ray Vaughan (‘Nadie me conoce’, el torbellino de ‘Me gustas’…), walkin’ bass (‘Creo que he vuelto a beber’; «más cosas que no cambian», la presentó), filosófico boogie vía ZZ Top (‘Bien, mejor’), guiños a los Status Quo (‘No señor’, la de «no me detenga señor agente, que no he ido nunca a más de 120»), y vigor americano (blues-rock en ‘Escucha’, countrybilly camionero en ‘No puedo esperar’, o uno de los tres temas que cantó en inglés, el boogie ‘Hard Luck Blues’).

Un bolo poderoso, aunque paradójicamente le faltara tensión a ‘Soy un hombre enfermo’, «la canción que empezó todo esto», como la presentó Hendrik antes de insuflarle shuffle texano a lo Albert Collins.

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