El bafle

Subalternos beneméritos

Otras 800 almas felices y bailongas en la actuación de la Music Maker Blues Foundation el Getxo & Blues, donde empezamos pensando que el blues está muerto y acabamos cantando ‘hey, hey, the blues is alright’. O sea, que el blues sigue bien

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Final feliz del 29º Festival Internacional de Blues de Getxo. La media de público ha rondado los 800 espectadores cada una de las tres jornadas y el respetable ha salido contento de todos los conciertos. El show más blusero de esta edición, ¡y el más negro! (dos tercios del noneto del soulman William Bell el viernes eran paliduchos, recordamos), lo propuso la aquí nominada Music Maker Blues Foundation americana, «proyecto musical (que) pretende rescatar la tradición y la autenticidad del blues al tiempo que sirve de ‘hogar artístico’ para muchos bluesmen veteranos».

El jefe de la panda es el único blanco, el director musical desde 1992 y excelente baterista Ardie Dean. Sus tres secuaces habituales son Albert White (guitarra, orondo y sentado en un taburete, ¡sobrino de Piano Red!), Nashid Abdul (bajo, al principio sonó demasiado alto) y Lil’ Joe Burton (trombón, tocó para B.B. King 10 años). Y se trajeron a unos subalternos de label sudista, piel negra, tradición campera, elegancia estética y los dedos largos tras generaciones recolectando algodón y tocando la guitarra. Los invitados estelares fueron tres guitarristas y cantantes zanquilargos que salieron a escena en este orden creciente en talento, facultades, inspiración y transmisión: Alabama Slim (nacido Milton Frazier en Vance, Alabama, hace 78 años, hoy instalado en Nueva Orleans), Robert Lee Coleman (Macon, Georgia, 72 años, aparenta 20 más, ex James Brown y Percy Sledge), más el gran triunfador Robert Finley (Bernice, Louisiana, unos 63-64 años, pero representa 30 más, empezó a tocar en el ejército, en 2016 editó su primer disco, ‘Age Don’t Mean a Thing’, o sea ‘La edad no significa nada’, y este 2017 ha lanzado un EP mano a mano con Dan Auerbach de los famosos The Black Keys, tomen modernidad y proyección).

El de la Music Maker Blues Foundation (o Revue) fue un show creciente de 19 piezas en 91 minutos. No empezó bien y llegamos a pensar que el blues está muerto por culpa de ese contumaz repetir las canciones de otra época y otra coyuntura una vez tras otra. Abrió el cuarteto base con el trombonista cantando el standard de Big Joe Turner ‘Shake, Rattle And Roll’ con más pena que gloria: pésimo sonido dominado por los graves del bajo, dudoso carisma del trombonista, pero aceptación del público predispuesto. Entonces presentaron a Alabama Slim (El Larguricho de Alabama), que apareció provecto, algo encorvado, pero elegantísimo con su conjuntado traje con corbata y sombrero. Al son de una voz cavernosa, devota y deudora de John Lee Hooker, marcó ritmos hipnóticos, nos hizo preguntarnos qué sentido tiene hacer una versión estilista y suavita del ‘Baby Please Don’t Go’ de Big Joe Williams a estas alturas de la película, pero dejó un buen sabor de boca en las dos últimas piezas: la misteriosa y sinuosa ‘Mighty Floor’ (un original que escribió tras las inundaciones provocadas por el Katrina, que hundieron su Nueva Orleáns) y el boogie subacuático ‘Someday Baby’ (una adaptación de Sleepy John Estes).

El espigado y frágil Alabama Slim hizo mutis y el protagonismo lo asumió el guitarrista Albert White (Alberto Blanco), quien tras un funkito temeroso pero aceptado por la gente que lo bailaba a su bola se marcó un excelente lento bien templado de B.B. King (‘Sweet Sixteen’, a la séptima ya llegó una verdadera cima de la cita), aunque perdió todo su crédito al entonar voz fatal dos standards de los Tempations: ‘Papa Was A Rolling Stone’ y un coreado ‘My Girl’, que parecieron ambos sin ensayar.

El difícil ‘Rock Me Baby’ de BB King le quedó bien a Albert White, pero nos dejó pensando que la sesión blusera en autohomenaje a los músicos afroveteranos iba a tener menos chicha que relleno cuando salió a escena Robert Lee Coleman, otro flaco zanquilargo, señorial en su cana tercera edad. Subió el nivel con solvencia, números algo rockin’ que dejaron boquiabiertos a los parroquianos, funk sincopado propio del circuito chitlin, y un walkin’ bass inspirado en el ‘Going up to the country, paint my Mailbox Blue’ de Taj Mahal, donde el provecto caballero sureño incluso adquirió elasticidad física.

Coleman ofició recio, homogéneo y personal, y un escalón más arriba nos subió la gran sorpresa de la noche: Robert Finley, altísimo y viejuno, que apareció en escena de la mano de un colaborador, ataviado con sombrero de cowboy, envidiable camisa roja de diseño honky tonk en plan Clarence Gatemouth Brown, y fue ubicado detrás del micrófono con la guitarra, y tras ella entrevimos lo que parecía una cartuchera, una pistolera… pero no: se trataba de su bastón, doblado. Su intervención fue de soul blues modernista y enganchante a primera vista. Auténtico y actual, Finley hizo tres piezas con él de protagonista: un funk bien traído (‘Just Want To Tell You’), un blusoul vía Robert Cray cantado con la clase de William Bell la víspera bajo la misma carpa (‘Age Don't Mean A Thing’, lo mejor de la cita), y un estupendo rockin’ soul (‘Let Me Be Your Everything’), donde el bluesman se animó y adaptó elasticidad extra y hasta rijosa.

Y quedaban dos canciones más en plan grupal, en septeto con todos los participantes. Una decía en el estribillo ‘Me pareces atractiva’ y la otra, la del bis, fue la alegre y bibikinesca ‘The Blues Is Alright’ de Little Milton, muy coreada. Ah, entre ambas piezas dijeron los bluesmen beneméritos: «Muchas gracias. Os queremos. ¡Tenemos CDs ahí atrás! Dios os bendiga. Hasta la próxima». Y la porción del público que aún no había evacuado la carpa, rodeó a los músicos, les hizo decenas de fotos con los móviles, y hasta algunos compraron a 20 euros el CD para que se lo autografiaran.

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