Raphael triunfa en el Euskalduna

Genial, incombustible y eterno, el cantante linarense llenó dos noches en Bilbao, donde generó una apoteosis constante y agradecida con su cancionero intergeneracional, transversal y resistente a la erosión

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Dos noches triunfales de Raphael en el Palacio Euskalduna con más del 90% del aforo vendido cada velada, ¡a 70 euros las localidades más caras! Esta reseña trata del segundo show, el del sábado, cuando hubo más ocupación que el viernes y cuando el sonido sólo tardó una canción en ecualizarse (nos cuentan que el viernes durante la primera media hora se oyó fatal, la típica bola sónica del Euskalduna cuando el volumen es alto). El caso es que el cantante linarense volvió a enardecer a las masas, no sólo a mujeres mayores desatadas que le piropeaban, le aplaudían en pie y disfrutaban de la noche. El patio de butacas se levantaba para aplaudirle al final de cada canción y él ahí, aguantando el aluvión de cariño y agradecimiento, con cara de plácida felicidad, de no haber roto nunca un plato, como queriendo decir: pues no es para tanto.

Pero sí lo es. Y él lo sabe. Raphael (Miguel Rafael Martos Sánchez, 74 años), en esta gira bautizada ‘Loco por cantar’ y generada tras su disco pop ‘Infinitos bailes’ (Universal, 2016; disco de oro logró en dos meses), en el que compositores jóvenes le han escrito las canciones, se ha rodeado de una banda que frisa el indie rock (dos guitarras, batería y percusión, bajo, piano y teclados que un par de veces remedaron arreglos de viento), una banda de sonido empastado, tocho, y quizá por eso sus composiciones volaron menos, sonaron menos vivaces y los arreglos se diluyeron un tanto. A pesar de todo, fue un conciertazo de 30 canciones en dos horas y cuarto, breve para lo que se estila en él. Y claro, si duró media hora menos de lo que nos tiene acostumbrados, se dejó varios títulos en el tintero. A ojo echamos de menos la de ‘Siempre estás diciendo que te vas’, ‘Maravilloso corazón’, la del espejo…

Con unas pantallas a media altura en el fondo del escenario que usó de vez en cuando (buenos visuales, algunas imágenes suyas agrandándole en vivo…), en septeto eléctrico (contándole a él, sí), con derroche luminotécnico («joder, lleva más luces que Metallica», respondió Oscar Cine cuando le mandamos una fotito por whatsapp), divino en el centro de resplandores y de haces de focos blancos convergentes, Raphael hizo del él mismo, del Raphael de siempre, incluso riendo como un loco, y cursó en gradación, a más, a más. Abrió con una terna del nuevo CD (la primera, ‘Infinitos bailes’, fue la que sonó a rayos, pero bien le quedaron luego ‘Aunque a veces duela’ e ‘Igual (Loco por cantar)’), saludó y agradeció, se quitó la chaqueta de cuero que le hace figura de madelman Chuck Norris moreno, y, como dijo que ya sabía lo que la gente quería ver, rompió la pana con ‘Mi gran noche’, muy coreada por el gentío, que hacía propia la letra.

Y ya hasta el final lo vivido en el Euskalduna el sábado fue una apoteosis continua, un constante frenesí (como titulamos en su gira anterior, la de orquestas sinfónicas, de los mejor que hemos visto nunca), con el respetable poniéndose en pie para batir palmas, para jalear (oímos algún irrintzi femenino, decenas de bravos, pocos guapos…), para disfrutar de canciones favoritas que el ídolo cantó a menudo con apostura televisiva, yeyé y afrancesada (ah, esas piezas dramáticas como las de Adamo: ‘La noche’, ‘Cuando tú no estás’ –la de Laura…-, un ‘Adoro’ de Armando Manzanero que quizá fue la cima de la cita), pero cubriendo también más campos, llegando allende el yeyeísmo de esos YouTube en blanco y negro: boleros a su bola, palos andinos, soul cañí espectacular (‘Provocación’, el adiós con el fervor góspel de ‘Como yo te amo’, rematado por él con un «Bilbao, te amo tanto, tanto…»), canción melódica transversal (‘Despertar al amor’, una sorpresiva ‘La quiero a morir’ de Francis Cabrel…), estupendísimo diálogos sobreentendidos (‘Por una tontería’, cuando arrojó el vaso de agua al suelo; ‘¿Qué tal te va sin mí?’, cuando la ve maravillosa; ‘En carne viva’, en cuyas primeras notas dijeron las damas de detrás, en la fila 10: «ay, por favor, ésta no, ésta es de llorar»), e interpretaciones intransferibles y creíbles: ‘Detenedla ya’, ‘Estuve enamorado’ (de ti), ‘El tamborilero’ con tres cajas redoblando, un ‘Escándalo’ pachanguero que no le quedó tan bien, ‘Ámame’ o, claro, ‘Qué sabe nadie’. Genial Raphael. Incombustible Raphael. Eterno Raphael.

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