Predicamento exagerado

Eilen, mirada triste, melena cobriza y flor en el pelo/OSCAR ESTEBAN
Eilen, mirada triste, melena cobriza y flor en el pelo / OSCAR ESTEBAN

Siempre por debajo de su banda y a pesar de su tono monocorde, la grácil Eilen Jewell volvió a seducir al público con su country-blues tristón y de cariz indie

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Unas 300 personas hubo el miércoles en el Kafe Antzokia viendo a la cantante country Eilen Jewell (Boise, Idaho, 1979), que goza de un inusual atractivo allende el género campero y que ha atrapado a un público transversal (de los maduros a los indies) que le perdona todo, empezando por el tono reiterativo de su voz, siempre en el mismo registro. ¡No en vano se le llama ‘La Reina del Acorde Menor’! En el Antzokia acababa una canción y la gente decía «qué bonita», «muy buena», «guau»… Lo malo es que la grácil, vulnerable, simpática y cercana (esos esfuerzos por hablar en castellano y agradecer en euskera) Eilen no muerde, ni siquiera araña, y al poco se torna monocorde, empieza a aburrir mucho más pronto que Imelda May antes de desembarazarse del rockabilly.

En su nueva visita a Bilbao, con sus fans a sus pies, Eilen triunfó a pesar de repetirse en los palos blancos (country bien mecido, rockabilly bien afilado por su guitarrista Jerry Miller) y de no pasar del estilismo en las versiones de blues de su nuevo disco (donde, como estaba imitando, pareció que hacía más cosas, que hasta pellizcaba, pero tampoco fue para tanto; ahí tenemos el tono átono de su voz en la versión de Otis Rush ‘You Know My Love’, cuyo dramatismo se tornó plano).

Eilen Jewell en cuarteto (su marido Jason Meek a la batería) cantó 24 piezas en 98 minutos en los que ella entonó igual el rockabilly que el blues, el honky tonk que el folk con armónica. La cosa arrancó con mal sonido que se ecualizó correctamente al de varias canciones, y ella no mordió, ni siquiera arañó (vaya, nos hemos repetido), y su habitual pose de mosquita muerta se acentuó porque tenía cara de cansada (incluso llegamos a pensar que tenía gripe). Vestida con un vestido negro suelto y escotado, con pantis del mismo color, botas vaqueras de caña alta también negras, un tatuaje triangular en el antebrazo izquierdo, larga melena cuidadosamente peinada y una flor en el pelo, Eilen cursó estilísticamente variada: abrió cantando tan suavito como los hermanos ingleses Kitty Daisy & Lewis en el rhythm and blues ‘Walkin’ With Frankie’ del vetusto Frankie Lee Sims (pierde en la comparación con la versión que conocemos de Barrence Withfield, que el sábado canta con los Mambo Jambo en Vitoria y el martes en Liérganes), picó en el rockabilly a la segunda (‘Heartache Boulevard’, cuando aún se oía mal), sopló la armónica cual indie dylanita (‘Rich Man’s World’), emuló con menos profundidad a Emmylou Harris (‘Needle & Thread’), se animó con canciones para beber (‘High Shelf Booze’, a lo Imelda May, la quinta, cuando ya se iba oyendo mejor)…

Tambores rumberos

Recurrentemente lánguida, Eilen ejecutó pistolerismos a lo Imelda indie (‘Rio Grande’) y folk de honky tonk también indie (‘Santa Fe’, que a un espectador arrobado le evocó a Lucinda Williams), hizo otro par de piezas que podría firmar Imelda May, y presentó varias de su nuevo disco, ‘Down Hearted Blues’ (Signature Sounds Recordings, 17; se puede oír en su Bandcamp), un álbum de versiones añejas de blues: ‘Don’t Leave Poor Me’, de Big Maybelle, con tambores rumberos y ella estilista; ‘You Gonna Miss Me’, de Albert Washington, con ella muy por debajo de la banda; y las ya más menguantes (o menguadas) ‘Another Night To Cry’, de Lonnie Johnson, serpenteante, y ‘You’ll Be Mine’, que Willie Dixon escribió para Howlin’ Wolf, como ella indicó (confesó: «me encanta Willie Dixon, es como Dios para mí»), y donde Eilen fue literalmente atropellada por la banda, aunque vaya ovación le concedió el público.

Prosiguió con más rollo Imelda (no citaremos las 24 canciones, pero podríamos), gracias a sus acompañantes tuvo un fogonazo en ‘Sea Of Tears’ (una de sus canciones más oídas), sugirió la latino (‘Dusty Boxcar Wall’), animó al personal con el instrumental ‘Kalimotxo’, se arrimó a Chris Isaak (‘I Remember Your’), y se marcó un par de números desenchufados con Jerry Miller a la guitarra acústica y su esposo a la tabla de lavar: ‘Down Hearted Blues’, título del CD nuevo, popularizada por Bessie Smith, más la más campera y vaquera ‘Head Over Heels’, de Lester Flatt & Earl Scruggs, antes de cerrar con el mentado ‘You Know My Love’ de Otis Rush y compuesto por Dixon, en cuya presentación avisó la cantante que al acabar estarían en el lobby «firmando cualquier cosa que queráis: discos, brazos… cualquier cosa… Sois como mi segunda casa», halagó (claro, porque nos lo tragamos todo, le comenté a don Oscar Esteban, que replicó con un no sea cínico, Señor Cubillo).

Pero aún hubo dos canciones más: a solas Eilen cantó ‘Singbird’, inspirada en su hija de tres años, que en ese momento estaba durmiendo en el hotel pegado al Kafe Antzokia, y los cuatro dieron el adiós definitivo con el ‘Shakin’ All Over’ de Johnny Kidd & The Pirates, estirado por la instrumentación. Así fue un show que agradó a la gente en general, que la trata con condescendencia. Ha caído en gracia. Lo comparamos con el concierto puramente country de Sam Outlaw, otro que las canta todas parecidas, hace poco en la Nave 9, y entendemos aún menos el predicamento de Eilen.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos