Mosqueteros provocadores

Phil Jourdain (batería y coros) y Malcom Lacrouts (guitarra y voz soul) arrancando su agresiva sesión/ÓSCAR CUBILLO
Phil Jourdain (batería y coros) y Malcom Lacrouts (guitarra y voz soul) arrancando su agresiva sesión / ÓSCAR CUBILLO

Patrocinado por las instituciones francesas actuó en el 5º BIME Pro el agresivo dúo gascón The Inspector Cluzo, que provocó a los profesionales del rollo hasta conseguir que participaran de su show autodestructivo

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Decíamos ayer que el miércoles arrancó el quinto congreso profesional musical BIME (Bizkaia International Music Experience), que tiene varias ramificaciones: el BIME Pro (ubicado en el BEC baracaldés, donde se cierran negocios de miércoles a viernes), el BIME City (miércoles y jueves, casi cuarenta conciertos con puertas abiertas en varias salas bilbaínas), más el BIME Live (el festival de dos días bajo techo, viernes y sábado, de nuevo en el BEC). También decíamos que en esta quinta edición del BIME el país invitado es Holanda, una nación muy melómana (el quinto mercado musical en Europa), y que bajo el patrocinio del programa ‘Dutch Impact’ han actuado cuatro bandas, entre ellas la de Max Meser.

Y ahora añadimos que el quinto BIME cuenta también con otro programa de subvenciones institucionales de otro país, de Francia, que mediante el denominado ‘Le Bureau Export’ ha traído a varios grupos: The Limiñanas, Agar Agar, Fakear y Last Train al BIME City, más los provocadores The Inspector Cluzo al BIME Pro, cuya sesión atestiguamos entera en la tarde de ayer jueves. Los tipos cantan y hablan y espolean en inglés, dijeron que pasan del idioma francés, afirmaron que odian el puto (con perdón) indie y la puta (ejem…) electrónica, y espetaron que sabían que el público estaba formado por profesionales del rollo, pero que estábamos mostrando una ‘mala actitud’ y ordenó que nos acercáramos al escenario, pues eso era un concierto de rock and roll y ellos mantenían a sus familias con él.

Agresivos, sí, aunque actuaron trajeados y encorbatados, incluso su técnico de sonido y su pipa de las guitarras. En dúo de batería más guitarra, en plan Royal Blood (a los que dedicaron una canción), el más bien desaliñado Malcom Lacrouts (guitarra, alaridos y recurrentes falsetes soul) más el atildado Phil Jourdain (batería y coros) dispararon 5 piezas en 28 minutos crecientes hacia el caos y la autodestrucción. En plan ‘El Gordo y El Flaco’, los del cine cómico, ya saben, el hacha Malcom chuleó al tamborero (le ordenó que bailara sobre el bombo y que se tocara –como una go-go, sí-, le tiró varias veces al suelo uno de los platillos y en el epílogo fue pateando su set de batería hasta hacerlo desaparecer), y sin embrago quizá el percusionista Alain sea el jefe del dúo, la mente pensante (de hecho advirtió que al acabar el show vendería camisetas y demás, que nos merecíamos lucir esos diseños de ‘Fuck The Bass Player’, o sea, ‘Que se joda el bajista’, título del primer single que lanzaron y cuya camiseta vendió después el bueno y paciente Phil tocado con una txapela).

Los dos de Mont-de-Marsan, que se autodefinieron como granjeros de Las Landas, como granjeros del rock (así se titula su último disco) y como indies verdaderos, pues no tienen ni sello discográfico, en su sesión del BEC sonaron supernoventeros debido a las evidentes influencias de su turmix: el funk con falsete de Red Hot Chili Peppers, el metal cimbreante y encima rapeado de Rage Against The Machine, el collage variado y engrasado de los Bad Brains, el embate hardcore chillado en plan Henry Rollins (en ‘Two Days’), el abuso del falsete soul (con referencia a la desaparecida Sharon Jones), el noise también noventero, y reflejos más añejos como el blues de Jimi Hendrix en dos tramos y las interpelaciones de James Brown a su batería en una ocasión.

Casi todas las referencias se repitieron en el último tema, el mentado ‘Fuck The Bass Player’, un número largo (ocho minutos avanzó el guitarrista de pinta luciferina que duraría, y por ahí andaría), que fue cuando pidieron a los pros presentes que subieran los brazos (la mayoría lo hicieron) y cuando el gordi se puso a pegar patadas a la batería hasta que esta se quedó en nada y el sorprendente show se acabó. Muy bien, oigan. Los inspectores arrancaron repelentes y ofensivos, pero al final su erupción nos arrastró, nos convención, nos sedujo. Al despedirse definitivamente dijeron que son dos mosqueteros del rock, que volverán pronto al Basque Country, y nos llamaron ‘hermanos’. Oh…

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