El circo de Jared Leto en el BEC

Jared Leto durante el concierto de anoche en el BEC./Pedro Urresti
Jared Leto durante el concierto de anoche en el BEC. / Pedro Urresti

30 Seconds to Mars ofrecieron un show enlatado basado en la comunión de su líder con sus fans

JOSU OLARTE

Todo gran concierto tiene algo de misa profana, pero hay algunos en los que la música casi es lo de menos. Lo que cuenta y se valora es la conexión visual y casi corpórea entre el líder carismático y su fanaticada, que celebra y valora como entrega que se les ordene saltar, gritar, hacer ruido, levantar la mano, mover el culo, encender el móvil y no digamos subir al escenario. Sobre todo, si la estrella en cuestión es alguien con el carisma, el glamour, el 'sex appeal' o la proyección mediática o lo que se quiera del polifacético Jared Leto, actor con vitola de 'outsider' de Hollywood y chamán lisonjero de 30 Seconds to Mars, la 'banda' de rock épico y ampuloso con la que se reveló hace dos décadas como una alternativa juvenil a la mística de estadio de U2, con algo de la afectación emocional de My Chemical Romance.

Que Jared y el proyecto que fundó con su hermano, el baterista de pasado químico Shannon, han trascendido generaciones queda claro nada más ver a su trasversal audiencia. Tiene un análisis sociológico el tirón que, a sus 46 años, tiene el fausto y barbado Leto entre las acaloradas jóvenes milenials, muy representadas entre el personal que, con mayoría femenina, concitaron el sábado en Barakaldo, donde también había mucho treintañero y hasta padres que habían coincidido en gustos con sus hijos. A todos ellos exprime la gira Monolith, con entradas de 50 a más de 800 euros, sudaderas a 60, camisetas a 30 y hasta vídeos promocionales de su exclusivo 'rock camp' veraniego de Malibú.

Rodeando tres caras del escenario con forma de cubo rectangular centrado en la sala Cubec! se repartieron las cerca 3.500 almas que acudieron a oír y, sobre todo, ver el circo rock que arrastran los Leto en un tour europeo, que nada más comenzar hace un mes en Suiza, convirtió al 'grupo' en dúo fraternal, tras la baja por «razones personales» del guitarrista Tomo Milicevic. Como en giras previas, Jared ha optado por no cubrir su baja. Para qué, ya se basta para ejercer, más de entretenedor que de cantante (y no digamos músico), pues ni coge un instrumento (toca guitarra, bajo y teclados) y ni siquiera tiene que entonar al completo sus canciones, ya lo hacen los fans por él. Unas tres cantaría al completo Leto durante un show con pregrabado efectismo sonoro y vistoso montaje escénico y lumínico.

Guitarras enlatadas

Con fantasmal intro, el tema central de su gira dio paso al celebrado alzado de las pareces del monolito central con Jared, emergiendo como un líder religioso con un fashionismo más sui generis que de Gucci; batín rojiblanco con capucha, entre boxístico y papanoelesco, pantalón de chándal amarillo, guantes verde chillón y gafas de sol 'Up In The Air' dio paso al griterío que presidio su show que paso de puntillas sobre su novedad America, para centrarse sobre todo en 'This Is War', el disco masque en 2009 marcó su ascenso comercial

Con guitarras enlatadas y rebotes sonoros Kings and Queens puso a la gente más arriba haciendo dupla con un Search & Destroy, que no remitió al clásico homónimo de los Stooges sino a los U2 con cuyo productor Steve Lillywhite trabajaron, ni por casualidad, en el disco en cuyo tema central ('This Is War') evocaron, a falta de guitarras neo metálicas, tanto a los irlandeses como a los Killers más rockistas. La presunta apelación humanista a la acción la suplió Jared con una pose, con brazos en cruz en plan Jesucristo con la que, entre la simbología medio masónica sectaria de la banda, pareció llamar más a la guerra santa que a otra cosa.

El inicio baladístico de la novedosa 'Dangerous Night' demostró que Jared puede ser un vocalista solvente pero, a medida que el tema se extendía hacia el sonido urban sintético en línea de dj que hizo de telonero, fue dedicándose a dorar la píldora a un personal («ciudad maravillosa, se dice Bilbao o Bilbo, os quiero...») que comenzó a jugar con globos gigantes mientras Leto introducía un 'Doo Die' que, marcó la selectiva y progresiva subida al escenario de entusiasmados fans de ambos sexos.

Fans en el escenario

Un lapso oscuro o etnotécnico dio paso a un 'The Kill' (de nuevo muy Killers, claro) y una desnuda versión del 'Stay' de Rihanna, que, cantada al completo, fue, en sentido estricto, la mejor canción del set. Con linternas de móvil sustituyendo a lo que otrora eran mecheros, el tono sensiblero, el rosario de ganchos extramusicales y karaoke de Jared continuó con 'Hurricane' y 'City of Angels' en las que se atrevió a decir que España, y su gran clima, arte, comida y bellas mujeres, le recordaban a su Los Angeles y California.

Con otra nueva, 'Rider', reciclada sintéticamente hacia el dubstet, Jared incitó a bailar y lanzó copias de su nuevo álbum en el que encapsula con brocha gorda la América de Trump y volvió a pedir que se encendiera la luz para ver la hermosa cara de sus fans implorantes a los que fue seleccionando para subir al rectángulo («tú, aquel, el de más allá») antes de decir adiós, tras momentos de cursilería tipo: «¿Os gustaría enamoraros de mí? ¿Y de Shannon? ¿Quién querría venir a mi casa?».

Para el festivo bis quedaron el nuevo single 'Walk on Water', cuya épica y coreado sentimentalismo espiritual («camino sobre el agua pero no soy Jesús») y supuesta llamada a las armas («Puedes ver por lo que luchas, los tiempos están cambiando…») sonó naif, desideologizada y en las antípodas de Dylan.

Volvió a dorar la píldora Jared (este ha sido el show más pequeño pero el de más entrega, mucha más que en Barcelona) antes de la bombástica despedida 'Closer to Edge', celebrada con más gente de la que cabía en la platea. «Ha estado genial, cómo se lo monta el tío él solo, no necesita ni grupo», comentaban aún con el subidón de forma elocuente dos fans.

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