Una hora sublime

Romano, durante un concierto./
Romano, durante un concierto.

El canadiense Daniel Romano dio en el Antzoki uno de los mejores bolos de año: rock intenso, personal y agónico que sólo dejó de ser divino en las dos buenas versiones de Ramones

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El año pasado, sobre el mismo escenario de la sala superior del Kafe Antzokia, el canadiense Daniel Romano (Welland, Ontario, 1985) ya ofreció uno de los mejores conciertos que vimos en 2016. Esta vez no esperábamos repetir las sensaciones conmovedoras, pero Romano volvió a provocar implosiones emocionales a lo largo de un show eléctrico, con clase, efervescencia y credibilidad que rompió los diques otra vez. Pues sí, fue uno de los mejores conciertos del año y lo dio al frente de su nueva alineación, con el grupo Jazz Police, cuatro flacurrios de ambos sexos: él con gafas de pasta que le hacían cara de mosca a la guitarra, la voz, los alaridos, los bufidos y los ladridos (qué entrega, que interpretación…), dos gorrillas al bajo y la batería (esta con dos timbalas… ¡y dos bombos!; ah el baterista es su hermano, Ian Romano), más una chica con flequillo ocho apellidos vascos al órgano (un Farfisa antiquísimo).

Los cuatro, perfectamente integrados, dieron un bolazo mayúsculo de 67 minutos para unos 18 temas (falsos finales, piezas unidas…). Sin dejar de mirar al cielo, sustentados por el baterista con la pegada de John Bonham (pensamos en los Who dos o tres veces antes de que se colara la versión del ‘My Generation’) y prolongados por la garganta y los meneos a los que se sometía el líder Romano, un tipo creíble de 32 años que partiendo del country ha evolucionado estéticamente por la misma senda que John Paul Keith, sólo que en su caso aumentando la potencialidad, el calibre, la metralla…

Eso era una montaña rusa y pensábamos que el canadiense estaba adhiriéndose a la regla de ser sublime sin interrupción, la que preconizaba Baudelaire. Él lo fue, lo consiguió rasgando su alma y rompiendo la pana (e ironizando porque el martes era el día mundial del ‘straight edge’, ya sabéis, esa tribu que no fuma, ni bebe, ni come carne…), resonando moderno como Wilco o My Morning Jacket (la inaugural 'Modern Pressure', título de su séptimo álbum, con el que está girando: cinco fechas por España, ninguna cerca para repetir, grrrr), haciendo rock americano como un Lou Reed cruzado con un Bob Dylan superlativo (al experto Óscar Esteban Romano le remitió constantemente al premio Nobel), explorando volcánico y desatado la progresividad de los Who, amalgamando country acolchado como el de Gram Parsons, evocando a Tom Petty (‘When I Learned Your Name’, este es el clip muy Nick Lowe), haciendo rock and soul con la autenticidad de un Bobby Blue Bland cruzado con Joe Grushecky (‘I Had To Hide Your Poem In A Song’), apurando el dramatismo góspel con punteos de estadio, aprovechando el diddley beat con esa batería, destilando baladas honky tonk a lo John Paul Keith, y explosionando sin parar (‘What’s To Become Of The Meaning Of Love’).

Aquí paró. No habían llegado a una hora, hicieron como que se iban, pero de la misma tocaron un innecesario ‘I Wanna Be Sedated’ de los Ramones, que les quedó bien pero ya nos lo sabíamos. Y ya hasta el final con dos bises, un solo de batería, otra versión de Ramones (‘Swallow My Pride’), rock americano dilatado que unió a John Cougar con Chuck Prophet y un dueto country con la teclista en pie ante el mismo micro, el show se destensó, descendió un escalón desde lo sublime, pero no dejamos de vivir uno de los mejores conciertos del año, el del número 294 del que suscribe, que veía a Romano por tercera vez. Y las que te rondaremos, moreno.

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