El homenaje final a Pulpo

Manu el Gallego surfeando a la piara al final del show./CARLOS G. AZPIAZU
Manu el Gallego surfeando a la piara al final del show. / CARLOS G. AZPIAZU

Explosiones de confetis, lenguas de fuego, bengalas que casi queman a un espontáneo, invitados de lujo como Fito Fitipaldi y Boni Barricada, hachas ardientes y el protagonismo absoluto de su energético cantante Manu El Gallego jalonaron la última actuación de Porco Bravo, quinteto de rock cimarrón que tributó a su difunto guitarrista Pulpo en una Santana 27 repleta y humeante

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El 16 de febrero de 2017 fallecía a los 41 años por enfermedad el guitarrista Asier Martínez Mintegi, alias Pulpo. Un año y un día después, este sábado noche, su banda Porco Bravo le homenajeó en la Santana 27, una sala llena, humeante, mixta y bastante juvenil para la ocasión (en la venta anticipada se agotó el aforo de 1500 personas: 1300 entradas y el resto invitados). La gran cita se llamó Primer Pulpofest (festival completado por The Riff Truckers, Motociclón, Kaótiko y Desakato, y rematado por los porcos como cabezas de cartel; ha sido el ‘primero’, pero no es seguro que se celebre un segundo) y en ella el quinteto liderado por el cantante Manu El Gallego dio su último concierto antes de frenar su actividad durante una larga temporada indefinida (que quizá se convierta en un parón definitivo).

La velada resultó un magnífico homenaje que recordó de modo constante a Pulpo sin pecar de ternurismo y sin romper el ritmo del show a pesar de los invitados que aparecieron esporádicamente en escena, en la mayoría de los casos para que sonaran tres guitarras a la vez: el primero en aparecer fue el siempre tranquilo Cebu, fundador de Porco Bravo en Barakaldo allá por 2002; el famoso Fito, que cantó y aportó su Stratocaster en ‘Motel’; el ex Barricada Boni se sumó en ‘Pídelo otra vez’; y el punki Podri, de Ratzinger, colaboró con su voz en ‘Lemmy’, una canción dedicada al difunto líder de Motörhead y que se ajustó a su rocanrol acelerado.

Pero nadie, ni siquiera Fito, hizo sombra al efusivo y energético líder de Porco Bravo, a Manu El Gallego, quien en las 23 canciones que sonaron en 90 minutos hizo todo esto y mucho más: sacar la lengua sicalíptico, deslizarse de rodillas sobre el tablado, poner de rodillas a las más de mil personas que llenaron la Santana 27, lanzar al público botellas de agua y cuando salió Podri donarle una de bourbon Jack Daniels, flamear una bandera con el logotipo de la banda, cantar estupendamente, pastorear al personal, hacer surf roquero sobre el público (o sea arrojarse sobre sus cabezas para flotar sobre el gentío… ¡y sin dejar de cantar!), ajustarse literalmente una bengala encendida entre las nalgas (con el pantalón bajado, sí) para volver a hacer surf sobre el gentío (al acabar este capítulo pidió voluntarios para repetirlo al final y se alistaron varios joveznos que se pusieron con el culo al aire y uno de ellos casi se quema vivo porque las chispas le estaban prendiendo a la ropa), sacar un tabla de surf para con ella pasearse por encima de las cabezas y las manos del público milenario en un viaje de ida y vuelta hasta el otro extremo de la sala (esto en la última canción ‘La piara’, como llaman los porcos a su legión de fanáticos, una canción rematada con una gran explosión de confetis y bengalas ), y graparse el setlist y el cartel del Pulpofest sobre el torso desnudo hasta hacerse sangrar antes de pegar fuego a todos los papeles sin quitárselos de su pecho indefenso. Muy destroyer, sí. Muy kamikaze, en efecto. Muy Turbonegro lo de las bengalas y muy Iggy Pop lo de herirse el cuerpo.

Entre explosiones de confeti y lenguas de fuego que brotaban del escenario e irradiaban su calor en un gran radio, Porco Bravo expelieron en este su último concierto un rock and roll muy guitarrero y callejero, crápula y agresivo, sólido y comunitario: esos coros constantes, las segundas voces prestas, el tono vocativo plasmado en títulos tipo ‘Mírame’ y en el cantar en segunda persona. Un repertorio salido de los tres álbumes que han dejado para la posteridad, una aleación ultrasónica basada en tres elementos: el fulgor y la actitud exportados desde Escandinavia (desde el garrulismo ampuloso de Turbonegro – ‘El cazador’, ‘Se quema’- hasta las melodías guitarreras de los Hellacopters –‘Lasciva’-, e, incluso, la chulería de Gluecifer cuando éstos se lo creían), la alta energía guitarrera y a toda pastilla de Detroit (descaradamente basada en los Stooges –‘Mírame’-, con ramificaciones guipuzcoanas hacia Señor No –‘Animal’- o Discípulos de Dionisos –‘Donante de cerebro’-), y el rock canalla españolísimo (la marginalidad barriera del extrarradio en plan La Banda Trapera Del Río, un sentido del rock and roll que multiplica en pegada a Burning, y ciertas desviaciones asfálticas asumibles –‘Última noche’-), todo batido y ejecutado con suma singularidad, con suprema personalidad propia e intransferible. Y es que si no regresan los porcos, que es lo más probable, nadie les podrá sustituir.

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