Delirio ante la Pantoja

Pantoja brilló en Miribilla, muy bien acompañada. / Óscar Cubillo

Dos horas y tres cuartos chuleando y chillando pletórica estuvo Isabel Pantoja el sábado noche en Miribilla, escoltada de modo mayúsculo por una sinfónica y el coro de la UPV, a los que la tonadillera se impuso siempre

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Superó todas las expectativas el sábado noche Isabel Pantoja en Miribilla, donde oficialmente había unos 4.400 espectadores, todos sentados en un aforo dispuesto para 6.000. Muchos huecos se veían, sí. Actuó con la Orquesta Sinfónica Hasta Que Se Apague El Sol (los músicos con chaqués) más el Coro de la Universidad del País Vasco (más de 44 voces contamos), una dupla que sonó mucho mejor que los que acompañaron a Ennio Morricone en el Palacio Euskalduna y en el Palacio de los Deportes de Santander hace una década (lo decimos para que entiendan la gran calidad general). Además, la Pantoja impuso su personalidad y carisma sobre la orquesta no sólo en los dos números pachangueros finales y en tango emperifollado. Isabel Pantoja se salió de la tabla, sí: cantó chillando durante dos horas y tres cuartos, lloró, se hizo la jefa («súbeme la reverb» pidió un par de veces a sus técnicos de monitores; «los tres cañones a mi persona», ordenó de repente a los cañones de luz quizá para que supiéramos que había tres iluminándola desde el fondo del pabellón), y actuó a menudo chuleando como Raphael: en canciones de diálogos imaginarios, en interpelaciones naturalísimas («oye, oye», «adiós»…), en improvisaciones adecuadas para el recinto, en ese largarse del centro de la escena, pararse, volverse de cara al público y poner cara cómplice de circunstancias, y en desplantes totales.

Su show fue ambicioso, exitoso, aparatoso y excelente por numerosas razones: la orquesta y coros, su voz e interpretación, la mayor parte del repertorio, el montaje con dos pantallas laterales que agrandaban su figura mediante cámaras autónomas, el sonido, la pantalla rectangular del fondo, o la interconexión con el público. Eso era un delirio. Un éxtasis continuo. Podríamos llenar una página con lo que le decían los fans: ole, bravo, guapa, ole las que saben, grande, eres la mejor, repartiendo arte, viva la madre que te parió, te queremos o «esos ojos que tienes, Isabel, me vuelven loca», como le espetó una chica a mi izquierda, en primera fila, una chica que lloró en algún momento, que cantaba estupendamente y que vino desde Cataluña, «pero somos españolas, ¿eh?», aclaró ella sola; la primera vez que habló esta chica fue al salir la folklórica: «Madre mía, qué guapa por Dios, qué emoción». Una señora lanzó: «no te mueras nunca, que luego no tenemos a nadie». A los que ella contestó que seguiría «hasta que me llame el de arriba, ¿vale?». Y a menudo, al acabar las canciones, el gentío coreaba: I-SA-BEL, I-SA-BEL, I-SA-BEL…

Con un retraso de un cuarto de hora, necesario para que entrara al pabellón la larguísima cola conducida por un único acceso, arrancó un show de dos horas y tres cuartos en los que María Isabel Pantoja Martín, sevillana de 61 años, vistió tres vestidos (uno negro solemne, otro rojo chillón con flecos más largos que los del guitarrista de rizos de los roqueros Los Labios, el tercero estampado y de faralaes), uno para cada una de las tres partes del ‘chou’, como diría ella: la primera apoteósica desde el arranque, la segunda extraordinaria toda ella, la tercera ya menos excelsa debido al vídeo usado para que se cambiara de atavío, a la parte flamenca con un cuadro masculino y el par de piezas más pachangueras, pero en las que la Pantoja también se impuso. En total sonaron 22 temas, contando un instrumental y agrupando los diversos popurrís. Y la cantante no perdió nunca el chorro vocal, ni siquiera en las dos interrupciones: una porque no se debía de oír por los auriculares que penetraban en sus oídos conjuntados con sus pendientes, y la otra porque el cuadro flamenco no estaba bien sonorizado, y ella soltó: «Esto es el directo, porque hay muchos que no cantan en directo…».

La primera parte, la del vestido negro, la arrancó dramática como Rocío Jurado con ‘Del olvido al no me acuerdo’, de Juan Gabriel, y de vez en cuando echaba el ojo a uno de los cuatro teleprompters con las letras desplegados en la delantera del escenario. Aquí bailó un poco y nos elogió cantando: «En esta bella ciudad y con esta linda gente». Apoyada en el piano se salió de la tabla en la raphaelesca ‘Dímelo’ (qué chillidos), y a la tercera, ‘Buenos días, tristeza’, la apoteosis era incontenible (y la catalana de la primera fila lloraba). En el popurrí abierto con una muy bien realzada ‘Marinero de luces’ la sevillana bufó al micrófono como hizo hace poco el roquero canadiense Daniel Romano, y en el tango ‘Por la señal de la cruz’ («Tú me hiciste ver el infierno sin ser / la culpable de una cruel crucifixión») bailó arremangándose la falda y cantó muy por encima de los arreglos de la sinfónica, que sin embargo se reivindicó con clase jazzística en la siguiente, el bolero filin ‘Como ya no me amas’, de interpretación raphaelesca y exageración mexicana.

De seguido lloró al cantar a su madre en ‘Te pido por favor’, de Juan Gabriel también, una pieza adornada con una voz solista de soprano bel canto. Al acabar esta nos habló: «Deciros que estoy muy feliz de volver a esta maravillosa tierra a la que tanto, tanto quiero. Y lo sabéis. Siempre me he sentido muy querida aquí». No lloreeessss, le chillaban las fans, y una soltó: «No llores, que nos vas a hacer llorar». Y continuó presentando la celebridad: «Esta canción será siempre uno de mis estandartes. Se me fue mi amigo, mi compadre, y lo llevo mal». Ánimo, le chillo un hombre. «Estará al lado de mi marido, de mi padre y de toda la gente buena que se nos va, estará con Dios». Se refería a Juan Gabriel y pidió que encendiéramos las internas de los móviles durante ‘Perdona si te hago llorar’, que la cantó casi toda el público.

De lo mejor del año

Al terminarla, Isabel Pantoja volvió a hablar: presentó al director Carlos Checa, a la orquesta y coros, y avisó «quien lo haya visto que se lo quede en su retina, porque es muy difícil de repetir». Y tanto. Más de cien músicos y cantantes habría en escena, sin contar técnicos, etc. Agradeció a la organización, a su discográfica Universal, a su maquillador, añadió mayestática que «Bilbao es una de las capitales más importantes para Isabel Pantoja», y cerró esta primera parte con la melódica ‘Hasta que se apague el sol’ (en su epílogo río cual raphaelesca loca), un ‘Se me enamora el alma’ apoteósico aunque de cálido ambiente de verbena andaluza, y remató por todo lo alto con otro de los hitos: ‘Hasta que te conocí’, que empezó cantando bajito y fue creciendo raphaelesca hasta el desprecio. Buf, qué nivel, oigan.

La segunda parte, con el vestido rojo de flecos, no descendió de tales alturas excepcionales y lo inauguró rompiendo la pana con el popurrí interruptus y coplista abierto con ‘Trece de mayo’ y rematado con el pasodoble ‘Capote de grana y oro’, donde ella se desgañitó. I-SA-BEL, I-SA-BEL, jaleó el gentío, y prosiguió con el sabor antiguo de ‘La niña y el marinero’, la de «déjame que me dé el aire», que como presentó, «a ver si os acordáis, que lo grabé con 15 años… antes de ayer». Y más listón alto y sabor añejo hubo en el popurrí con ‘Ojos verdes’ y ‘Tengo miedo’, previo a «la primera que grabé», el creciente pasodoble ‘Ten compasión de mí’. Y al poco se tornó exótica en otro popurrí añejo donde destacaron ‘Antonio Vargas Heredia’ y ‘Francisco Alegre’. Con esto acabó la segunda parte y nos dijo antes de hacer mutis: «Vengo ahora, ¿vale? Os quiero. ¡Viva Bilbao!».

La tercera parte no fue tan sublime debido al clip que se puso en pantalla para que se cambiara de ropa y el introito del quinteto flamenco gitano, se supone que jerezano, porque al regresar la tonadillera gritó una vez: «viva Jerez, viva Sevilla, viva Bilbao y viva España entera». Los flamenquitos sirvieron para matar el rato, pero al reaparecer ella subió el listón con la cadenciosa y chuleta a lo Falete ‘Te pareces tanto a mí’. I-SA-BEL, I-SA-BEL, volvió a rugir el pabellón. Se dilató la parte flamenca con un popurrí en el que cupo la sevillana ‘Algo se muere en el alma’ de Los Amigos de Ginés y la devoción cristiana en las pantallas, con mención especial al Cristo del Gran Poder. Y la orquesta y coros se usaron para las dos últimas piezas: ‘El moreno’, una apoteosis latina, pachanguera pero bien llevada, casi Julio Iglesias, y ‘Debo hacerlo / Ay soledad’, donde un cantaor entonó un rap, a falta de Paquirrín, que qué pena que no viniera.

Y se largaron Isabel y los flamencos en plan fin de fiesta. Y qué pena que no hubiera bis con la salve rociera, pero así es la vida. Haciendo cuentas, fue la sexta vez que veo a la Pantoja. Desde la primera fila. Rodeado del club de fans: sevillanas, catalanas, un señor barcelonés con su madre… Y fue de lo mejor del año, no solo por atestiguarlo desde una ubicación privilegiada. Esto lo trae el Ayuntamiento a las fiestas de Bilbao y no cabe un alfiler, oigan.

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