El debut en Euskadi de María Mezcle

Los andaluces María Mezcle y Paco Cortés./CARLOS Gª AZPIAZU
Los andaluces María Mezcle y Paco Cortés. / CARLOS Gª AZPIAZU

En su estreno «en esta bendita tierra», la cantaora gaditana, diplomada en Magisterio Musical, alcanzó la cima por martinetes

ÓSCAR CUBILLO

(María Ángeles Rodríguez Cuevas, Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1987), biznieta de El Mezcle y descendiente de María Vargas. Diplomada en Magisterio Musical, suele trabajar en tablados, en disco remite a Niña Pastori, ganó el premio de alegrías en el Festival de Las Minas en 2013, y en la portada de su segundo álbum, ‘Desnuda’ (2016), aparece de tal guisa, pero tapándose, ¿eh? En los XXII Viernes Flamencos del Teatro Barakaldo, con la sala pequeña casi agotada y del todo atenta, cantó respaldada por el tocaor payo empero su pinta Paco Cortés (Granada, 1957), quien ofició por encima de ella pero sin que se revelara explícitamente. Ya lo observó el fotógrafo Azpiazu a la segunda pieza: «El guitarrista es mejor que ella. Y a ella le falta algo. Con el flamenco se nace, ¿no?».

Sí, da la sensación de que María, también paya, ha aprendido el flamenco, no lo ha vivido, aunque se dice que baila desde los seis años y es profesional desde los once. Quizá su rol de diplomada en magisterio imbuye de academicismo a su cante, que vuela alto en los sostenidos agudos y a gran volumen, en los que se arrima a los arrebatos de la copla y de la canción melódica. En la tercera de las siete sesiones de este notable ciclo de Viernes Flamencos, María Mezcle cantó 8 piezas en 72 minutos y el segundo tercio resultó sorprendentemente bajo, átono, sin garra (en los tangos con poco temple dibujó un bailecito con las manos), mal cantado (tocó fondo con la soleá recreada como con miedo o al menos con nervios), desorientada (con las alegrías rotas y deslavazadas que se marcó es imposible ganar ningún concurso; pero «muy bonito», le halagó alguien de las primeras filas, pues en el flamenco todos los aficionados se dan cuenta de cuando la cosa va mal y tratan de animar al oficiante).

Ovaciones sinceras

El punto de inflexión llegó en la sexta pieza, un martinete (canto a capela) que le solicitó un espectador espontáneo. Ella recogió el guante y reverberante y sentida lo concedió y ofreció de modo inesperado lo mejor de su velada. ¡Qué ovaciones sinceras levantó! Seguidamente las difíciles seguiriyas las solventó con suficiencia (qué toque magistral el del cano Cortés) y se despidió cantando en pie y muy suelta por fandangos, por bulerías. Si a esto le sumamos las dos primeras piezas, la farruca inaugural casi estridente que nos trepanó los oídos por sus sostenidos altísimos (tres días consecutivos a tope de metal atronador hemos estado esta semana y no nos ha sufrido tanto el oído como con esta cantaora a la que le gusta el volumen de la Pantoja) y las peteneras recogidas y suavitas reforzadas por el toque magistral de Cortés, podemos concluir que mereció la pena asistir a su concierto, donde informó en su primer parlamento: «Es un placer venir desde Madrid a esta bendita tierra que es la primera vez que piso», y añadió: «y tengo la suerte de venir acompañada por este pedazo de fenómeno que es Paco Cortés», quien, por cierto, recibió los mayores ‘olés’ y ‘arsas’.

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