El concierto de Maluma en el BEC: el Neymar del reggaeton

Fotos del concierto de Maluma en el BEC./
Fotos del concierto de Maluma en el BEC.

El colombiano, autocoronado rey del reggaetón, sedujo a 6.000 personas en el BEC con un show más espectacular en lo visual que en lo sónico. Se lo curró y se hizo querer

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Miles de joveznas con vestidos y escotes para apurar el verano y comerse la pista de baile había el miércoles en el BEC! entre las más de 6.000 personas que acudieron a ver al controvertido Maluma (Juan Luis Londoño Arias, Medellín, Colombia, 23 años), un rey del reggaeton cuyo logotipo es una molona M coronada. Sus canciones son muy sensuales, algunas resultan muy explícitas, y por eso le tildan de machista, etc.

Su show arrancó con 22 minutos de demora; al de 10 se apagaron las luces pero se volvieron a encender, y se entretuvo la espera con mucho perreo: «arriba, abajo, dentro, dentro… lo siento, lo siento». La cosa duró 96 minutos para unas 18 piezas (contando algún instrumental, algún rapeado de sus escuderos) en sexteto (el líder más el guitarra de Ecuador, el batería de Colombia, el teclista de Venezuela y una pareja mixta de coristas: él colombiano de Medellín y ella brasileña) adornado por un cuerpo de baile también séxtuple y totalmente femenino.

El volumen era impactante, los ritmos sincopados atronaban y los intensos chillidos esporádicos de la masa femenina podían provocar cefaleas (no es broma), aunque no solo por eso la parte visual del espectáculo fue de lo más destacable: siete pantallas gigantes superiores (más las inferiores), visuales diversas (la cobra, el vídeo de Shakira, la bicicleta, la retransmisión en vivo del propio evento…), focos y láseres, columnas de humo, lenguas de fuego y géiseres de chispas, y esas explosiones de confeti y de largas guirnaldas que quedaron colgando del techo aportando barroquismos posmodernos de andar por casa pero muy efectivos.

Y Maluma, un duro que oscila entre el machismo iberoamericano y el sentimentalismo falsario (jo, y las tías le chillaban, le jaleaban, le piropeaban, se le ofrecían: qué fracaso el de Emakunde y su lista de canciones prohibidas por sexistas –por cierto: ¿qué es el sexismo?-), un personaje que repite su sonido a machamartillo y que puede hacerse odioso en sus vídeos, pero que al final cae bien: canta mucho mejor de lo que parece en los discos (esas improvisaciones blues que sugirió en el BEC!), es muy guapo y bien plantado, se lo curra, se cambia de vestuario, luce joyitas, da protagonismo a sus escuderos y anima a las macro-audiencias. Se hace querer, como Neymar.

Lo único reprochable que se nos ocurre de su show, aparte de la dilatación del soniquete, sería ese momento payasesco (en el buen sentido, por infantil) en que dividieron en dos la cancha y las gradas y a ver qué parte montaba mayor bulla. Sí, dejando eso al margen, le perdonamos su insistencia en ordenar «las manos arriba, Bilbao» (si ya abusan de ello hasta M-Clan) y nos dio igual cuando pidió «ahora saquen los móviles y prendan el flash» (se lo hemos visto hacer incluso a Doctor Deseo).

Un falso final

Los móviles del respetable refulgieron desde antes de la salida del astro medellinense y no dejaron de titilar, formando parte también de los efectos visuales. Y eso, que salió Maluma, cantó ‘Nadie sabe’, y las pantallas faraónicas le agrandaron con un culto a la personalidad stalinista, norcoreano, pero con glam. El reggaetón siguió percutiendo sobre nuestro cerebro y ‘Sin contrato’ («eres la más sexy, lo sabés, dame ese cuerpecito de una vez»), fue un delirio comunitario, con su falso final, y los paseos de él por el provocador (el pasillo de escenario que entraba entre el público VIP de 71,50 euros la entrada), y su gancho embaucador: «buenas noches, Bilbao, una pregunta, muy simple, muy sencilla, ¿dónde están las señoritas sin contrato?, ¿dónde están las solteras?», y, hala, miles de manos alzadas al instante.

Maluma bailaba y se movía mucho pero no desaparecía la letra de las canciones porque los dos coristas le cubrían las espaldas todo el rato. El reggae se asomó en ‘El perdedor’, y volvió a comunicarse la estrella veinteañera: «Feliz noche, ¿cómo la están pasando? Veo muchas mujeres hermosas y muchas banderas de otros países: Colombia, Venezuela…», y paró de enumerar, aunque por ejemplo ondeaba también una de Brasil.

En los momentos orgánicos del concierto crecía el interés de su repertorio atronador (‘Desde esa noche’, su versión de Thalía, le quedó mejor que ‘Vente pa’cá’, el dueto que hizo con Ricky Martin), y Maluma se atrevió a un largo pasaje acústico de dos piezas solamente: ‘La invitación’, esa de «en mi habitación, haciendo el amor», tocada a la guitarra por él sobre un taburete, que fue cuando soltó «quiero que toda la gente que cree en el amor saquen sus celulares y prendan el flash»; y ‘Vuelo hacia el olvido’, la de «esas fotos que no quiero ver», cuando subió a una chica, a Cristina, y la besó por detrás, la acarició, la cantó, «me ponen novias en México, en Los Ángeles, pero la verdad es que esta noche estoy soltero y a su disposición», clamó ante el respetable fogoso, y al final robó un pico a Cristina antes de decir «Dios la bendiga y vivan las mujeres de España, mamacita».

En ‘La temperatura’ las lenguas de fuego parecían de Rammstein, el ritmo fue africano, y Maluma presentó a la banda e incitó preguntando «me dicen que las personas más animadas y rumberas de España son las de Bilbao, ¿es cierto?». Siiiiiiiiiiii, respondía la masa milenaria. Prosiguió alargándose en demasía con ‘Chantaje’ y Shakira en el vídeo y con ‘La bicicleta’ de Carlos Vives (quien la hizo mucho mejor este marzo en el CUBEC!), acabó con un ‘Party Animal’ muy rapero y un ‘Carnaval’ en plan batucada a lo Ricky Martin o Carlinhos Brown con visuales coloristas de palmeras, y para el bis guardó dos hits salaces: ‘Felices los 4’, que mutó del pop latino a la salsa de Rubén Blades y Juan Luis Guerra, y el adiós con el controvertido ‘Cuatro babys’, un rap sofisticado que proclama «Estoy enamorado de cuatro babies / Siempre me dan lo que quiero / Chingan cuando yo les digo / Ninguna me pone pero», con todas las mujeres del pabellón enloquecidas y participativas. Lo que hay que ver.

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