Un chapuzón vitamínico con Los Coronas

David Krahe disparando su Telecaster en el centro de la escena./Óscar Cubillo
David Krahe disparando su Telecaster en el centro de la escena. / Óscar Cubillo

El quinteto madrileño de surf instrumental y otros ingredientes exóticos presentó su disco 'Señales de humo', sonó evocador y ensoñador, y prendió la fiesta

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El viernes había en Bilbao más conciertos que manifestaciones, por eso quizá solo asistieron unas 200 personas al Kafe Antzokia a ver a Los Coronas madrileños presentando su último disco en un recinto que suelen llenar. Pero la competencia era dura. A la misma hora le restó más de un centenar de espectadores el bolo con entrada libre de Atom Rhumba en un festival universitario en el Bizkaia Aretoa, y además les detraerían los bluseros Velma Powell & The Bluedays en el Satélite (les vimos a la tarde en el FNAC: 5 temas en 27 minutos contenidos en el volumen y la pegada, pero muy bien). También actuaron los instrumentalistas texanos Balmorhea con su post-rock paisajístico en la Iglesia de La Encarnación, Revolver en acústico en un Teatro Campos agotadísimo hace tiempo (dos horas y media largas se tiró Carlos Goñi en trío poco implicado en un show que no acabó de funcionar del todo, nos informa el amigo Óscar Esteban, que estuvo y calcula que sin peroratas del cantautor roquero no se habría llegado a las dos horas). Los italianos King Mastino en la Nave 9 (se les fastidió la furgoneta y la cosa empezó con dos horas de retraso; Txarly, el dueño del bar, invitó a rondas de cerveza para tranquilizar a los parroquianos) y Joseba B. Lenoir en las txosnas de las fiestas de Deusto, o incluso Rulo y La Contrabanda en el Serantes de Santurce quizá les quitaron peña porque Los Coronas son ahora un combo muy transversal.

Los Coronas regresaron a Bilbao para estrenar su nuevo disco, 'Señales de humo' (Tritone-Sony, 2017), el más ambicioso de su trayectoria, pleno de melodías exóticas, de recovecos exploradores y de libertad sin barreras estilísticas que en vivo funcionó estupendamente. Lo cual no se logró solo por la estética pinturera de los cinco esbeltos oficiantes. Aparecieron uniformados con sombreros de cowboy y con las mismas camisas rojas con el nombre de cada cual bordado en el pecho, con melenas, patillas, tatuajes y la barba del trompetista ucraniano, Eugeni, alias de Yevhen Riechkalov, de quien en un parlamento Fernando Pardo contó: «¿Qué os parece nuestro trompetista? Necesito un poco de cerveza para hablar de él –y se agachó a por un botellín-. Al principio tenía el pelo corto, como Terminator en Munich 72. ¡Ahora parece un amish con esa barba!».

Los Coronas dispararon 28 temas (la coda presleyana final incluida) en 116 minutos intensos, imaginativos, peliculeros y evocadores a base de guitarras al cielo (David Krahe resultó más protagonista, solista y dispuesto a la pose con su Fender Telecaster que un Fernando Pardo que pareció cansado y se encargó de la Fender Stratocaster; recordemos que el grupo se llama así en honor a Corona, California, la localidad donde radica la fábrica de guitarras Fender) y fondos de imágenes antiguas en blanco y negro generalmente y gestionadas en toda la gira por Héctor de La Fuente: fiestas surferas, pistoleros desenfundando, Cleopatra entrando en Roma, desarrollismo español…

Y es que Los Coronas estás imbuidos de españolidad (no solo por la versión del 'Bésame mucho'), a pesar de que en su vitaminada y dinámica coctelera se vayan difuminando el pasodoble y el torerismo en pro de otros ingredientes. Los madrileños mejoraron la exótica de Los Straitjackets ('Tono viejo'), surfearon vertiginosos ('Correvuela'; vemos ahora el título y sí, le pega al instrumental), vibraron vía Dick Dale ('Cleopatra', con las imágenes de la película), metieron caña en plan Link Wray ('Surfer Famara', con visuales volcánicas), idearon spaghetti western ('Drama West', con prólogo fusilando a Del Shannon, se dio cuenta el amigo Tsustas), apostaron por la españolidad tipo Pekenikes ('A tope'), colaron una canción cantada por el batería Loza ('Poison Ivy / Hiedra venenosa' de Leiber y Stoller), arbitraron ska rusófilo (cuando ocupó el centro de la escena el bueno de Eugenio), y catamos más españolidad ('Corazón contento' de Marisol, instrumental pero coreada por el personal; explicó Fernando Pardo: «Estábamos buscando al Elvis peninsular, contando Portugal pero sin contar Andorra… ¡y es Marisol!») y más Dick Dale ('Rockaway Surfers'; «nosotros empezamos en el surf por Los Ramones», introdujo Pardo) hasta el final surfero sin red con 'Big Wave' y su clásico 'Maremoto' (infiltrado por los redobles timbaleros del standard de los Surferis 'Wipe Out').

Estábamos todos encantados, y aún quedaba el bis, qué suerte la nuestra. Aunque, vaya, les quedó demasiado largo (7 piezas en más de media hora), irregular (destacando para bien el radioactivo 'Jinetes fantasmas en el cielo' y el relampagueante 'Youza', y para mal el 'Error 404'), y en pronunciada pero descendente pendiente versionera: curiosa 'Sobre un vidrio mojado' de los Secretos (precisó Tsustas: «es de los uruguayos Kano y Los Bulldogs, un grupo de los 60»), ya manida 'Day Tripper' de los Beatles y demasiado dilatada la coda presleyana, momentos éstos del bis que no borran el buen sabor de boca del enésimo conciertazo que les hemos visto a Los Coronas, que hemos disfrutado.

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