El blues: un género todavía válido

Ash en Deusto tocando ‘Walkin’ Blues’ con el dobro./ÓSCAR CUBILLO
Ash en Deusto tocando ‘Walkin’ Blues’ con el dobro. / ÓSCAR CUBILLO

El austral Ash Grunwald reivindicó el vigor del blues en un Satélite T lleno, mixto y fascinado por su electricidad modernista y por su voz poderosa

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El bluesman australiano Ash Grunwald cerró el domingo en el Satélite T de Deusto su gira española de once conciertos en once días sin descanso y en formato power-trio multirracial completado por Fernandito Beaumont al bajo y Joel Purkess a la batería. La cosa pintaba bien, pero superó todas nuestras expectativas gracias a su labor a las guitarras (alternó una Gibson que tocaba sin púa y en pie con un dobro que se colgaba sentado en un taburete y que frotó con slide) y a su voz arrasadora: qué sostenidos vinculables con el flamenco y que hacían aullar espontáneamente al respetable, qué clase al entonar como un Robert Cray de registro más grave.

Con la fuerza del rock, la autenticidad de lo indómito y una visión modernista de la que carecen tantos intérpretes de blues contemporáneos, Ashley Mark Groenewald, de 41 años focalizó un show brutal y restallante de 20 piezas en 92 minutos intensos. Intercaló varias versiones, pero bien traídas y reinterpretadas, como la inaugural ‘Smokestack Lightnin´’ de Howlin Wolf (con Ash punteando hendrixiano con los ojos en blanco), un par de Robert Johnson él a solas con el dobro (‘Walkin’ Blues’ y su favorita y exagerada ‘Cross Road Blues’, con la slide emergiendo como una navaja), el ‘How Many More Years’ también del Wolf, y en plan más moderno, el reggae-soul de Bill Withers ‘Ain’t No Sunshine’ o el soul-rock creciente de Seal ‘Crazy’.

Pero no se crean que fue una verbena versionera, pues Ash insuflaba nueva vida y vigor a sus interpretaciones y demostraba que el blues es un género todavía válido. Como energía imprimía a sus originales, explosivos, movedores y veloces, entre el blues-rock, el boogie woogie y el rock de los 90 (a Javi Zaitegi a veces le resonaba a Tom Morello, el guitarrista de Rage Against The Machine). Así fue arbitrando títulos que seleccionaba sin orden establecido de una lista que tenía a sus pies: ‘Sky Writer’ (voz a lo Robert Cray y modernidad blusera escuela Joe Louis Walker hace 30 años, imaginen qué gozada), mezcolanzas de Cray, el British boom de los 60 y el walkin’ bass primigenio negro (‘Trouble’s Door’), mejoramientos de los sobrevalorados John The Conqueror (‘Hammer’, a la cuarta el público mixto que llenó el local ya estaba coreando para satisfacción del oficiante), blues rock transversal como el de Eric Gales (‘Money’… and fancy clothes, o sea dinero y ropa chula), chulería naturalísima (‘Walking’), boogie en trío electroacústico (‘You Ain’t My Problen Anymore’), híbridos entre Eric Sardinas y JLW con la slide (‘Mojo’, después ‘I Don’t Believe’), falsetes antes de epílogos hard rock (‘Open Country’), velocidad espectacular (en ‘Just Be Yourself’ aceleró tanto que se le cayó el sombrero y dejó ver una pelambrera rizada a lo Simply Red moreno, y en ‘Give Signs’ con el dobro y el bombo se asemejó a un hombre orquesta tipo Legendary Stardust Cowboy), y abrió el el bis con un blues que cruzó a Black Sabbath con Hendrix y con el ‘A Change Is Gonna Come’ de Sam Cooke, ahí es nada.

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