La África más ancestral suena en Bilbao

Los africanos vistieron túnicas brillantes./Mikel Martínez de Trespuentes/Sala BBK
Los africanos vistieron túnicas brillantes. / Mikel Martínez de Trespuentes/Sala BBK

El maliense Vieux Farka Touré, hijo del gran Ali Farka Touré, abrió el 12º Zentsura AT! actuando ante menos público del que merece su nombre

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El miércoles, en una Sala BBK casi desértica, el maliense Vieux Farka Touré dio el primero de los tres conciertos de la duodécima edición del encuentro multidisciplinar Zentsura AT!, o sea contra la censura. Hum… ya hemos dicho alguna vez que los términos negativos o ‘anti’ provocan rechazo o desconfianza en el público general. Debido a eso quizá a veces los aforos en este ciclo sean sorprendentemente escasos. Hoy jueves actuará el noruego Maddi, seguramente ante poca peña, y el viernes lo hará El Drogas, que ya ha agotado el taquillaje.

Nacido en Niafunké, Mali, en 1981, perteneciente a una estirpe guerrera e hijo del gran Alí Farka Touré (Ali Ibrahim Touré, 1939 - 2006), que aunque ganó el premio Grammy no animaba a su vástago a seguir el camino de la música, Vieux dio en trío un concierto de 13 piezas en 88 minutos. Empezó creciente, alcanzó la cima, observó el panorama, y descendió populista, intentando hacer bailar a un respetable con el que parecía incapaz de comunicarse en inglés y en francés. «Se está riendo de nosotros», observó una morena con gesto de enfado que no se levantó a mover el esqueleto cuando lo pidió el oficiante. Ya, dio la impresión de que Vieux nos miró con suficiencia desde el principio, intercambiando miradas cómplices y risitas con su bajista.

También se preguntó la morena enfadada: «¿habrán comprado primero los instrumentos y luego la ropa, o al revés?» Es que los tres músicos habían elegido un color cada uno: pantalones, túnica y batería blancos el percusionista, guitarra azul y la misma indumentaria el líder Vieux, y brillantes tonos rojizos o anaranjados el bajista. Muy coloristas, exploraron la reverberación física y espiritual del desierto: el eco de la guitarra prolongándose en el espacio infinito, el sol imaginario originando vibraciones hipnóticas… y el reverb del micrófono de Vieux, que a veces parecía que se estaba haciendo los coros a sí mismo.

Abrieron con un instrumental que remitió inequívocamente al padre y al segundo tema, cantado, emergió la salmodia del folklore sin prisas. Ya con la batería tocaron blues sostenido con voz dolida como si estuvieran en Tombuctú, absorbieron aires étnicos de zoco arábigo mientras bajo y guitarra bailaban ondulándose (como hace poco hizo sobre el mismo tablado Joe Louis Walker), y las cuatro piezas centrales fueron lo mejor: aires de jam session en la que dejaban vendido al baterista, groove serpenteante con título de samba (pero no referido al estilo brasileño, sino que samba se llama por su país al segundo hijo), blues dramático y subliminal, más ancestral que tradicional, y el ritmo reiterativo del Sahel…

Prosiguieron improvisando a ratos, buscando los coros en un tema reggae empero la barrera idiomática extrañísima (claro, en vez de estirpe de comerciantes la de Vieux es de guerreros, según su biografía), y al final pidieron al personal que se pusiera en pie para bailar en una terna postrera bastante afrobeat. La gente pidió bis, el trío entregó un tema folk con calabaza en vez de batería, y hala, a casa todos. Fue un concierto con mucho de bueno pero de esos que deja sensación desangelada debido al aforo inmerecidamente escaso.

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