Una muestra sobre las dos censuras a Ibarrola: la de Franco y la de ETA

José Ibarrola rodeado de encapuchados, esculturas que representan la amenaza terrorista/FERNANDO GÓMEZ
José Ibarrola rodeado de encapuchados, esculturas que representan la amenaza terrorista / FERNANDO GÓMEZ

Una exposición en Bilbao rinde homenaje a la trayectoria artística del autor vasco

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

Quizás dos espacios no son suficientes para desplegar la influencia de la represión en la vida y obra de Agustín Ibarrola. El Festival Zentsura At le ha dedicado una exposición en la que da cuenta de las dos censuras que sufrió, la ejercida por el franquismo y el entorno de ETA, pero, tal vez, el proyecto no colme su conflictiva relación con los agentes políticos y el poder. «La peor de las censuras ha sido el silencio, que deliberadamente te ignoren, que te ninguneen», explica José Ibarrola, hijo del artista y comisario de la muestra. «Porque desapareces y sólo queda el vacío».

‘Censuras’ habla de esa trayectoria a caballo entre dos poderes aparentemente distintos, pero igualmente destructivos. «Unos te queman el caserío y otros lo intentan con el estudio, unos te prohíben una muestra y otros dañan una obra ubicada en la naturaleza», explica. «Guardan muchas similitudes. Son casi simétricas». La muestra, a la que no acudirá el homenajeado debido a su estado de salud, se abre hoy y permanecerá abierta hasta el 28 de febrero. Aunque se pueden contemplar buen número de piezas, desde principios de los sesenta hasta 2008, no se trata de una antológica. Sobre todo pretende acercar al espectador la atmósfera en la que vivió y creó.

Las xilografías del primer recinto establecen una narración prácticamente circular en torno a sus años bajo el régimen franquista. La relación incluye dibujos extraídos clandestinamente de la cárcel y evidencian su apoyo a la lucha obrera. «Este país ha contado con un movimiento obrero fortísimo, pero muchos autores se han implicado en la causa nacionalista y pocos en el ámbito sindical. Ibarrola tenía muy claro que había que preservar la identidad nacional y, asimismo, que esto era una sociedad plural». Su compromiso le condujo a prisión en dos ocasiones. «La segunda vez entraron su hermano Josu y él por propinar una patada a un policía, al parecer compartiendo pierna, al finalizar una manifestación en la que habían participado».

«En una concentración de Gesto por la Paz, los radicales le quitaron la txapela y se la pisaron. Esa prenda le acompaña siempre, es como parte de su cuerpo, y supuso una tremenda humillación. Casi se echó a llorar» Josu Ibarrola. Hermano de Agustín

El régimen no fue el único en condenarlo al ostracismo. Su inclusión en el Equipo 57, que tenía como praxis la renuncia al mundo comercial, también repercutió negativamente en su proyección. «Ellos entendían su arte como un servicio público, no un negocio. Una visión que ha mantenido y que ha contribuido a su alejamiento de la crítica, de los curators y la prensa especializada».

Creadores modernos e incómodos

Las vanguardias de posguerra supusieron un problema para el régimen franquista. Estéticamente no se correspondían con sus retrógrados presupuestos, pero, una vez embarcados en el desarrollismo, movimientos como El Paso transmitían una sensación de modernidad que resultaba muy conveniente en ambientes internacionales. La creación vasca resulta incómoda por ajena y, sobre todo, por vasca. Sus representantes conseguían una proyección fuera de nuestras fronteras que los convertían en ariete antifranquista. El caso de Eduardo Chillida es paradigmático. Su escultura ‘Lugar de encuentros III’ iba a ser ubicada en La Castellana, pero las autoridades municipales lo impidieron y hubo que esperar a la democracia. El desencanto de aquellos rebeldes contra Franco que también denostaron la violencia etarra no fue tan sólo patrimonio de Ibarrola. Dionisio Blanco, también antiguo militante comunista, es un ejemplo de esa protesta que resultaba incómoda para muchos y peligrosa para algunos.

La trayectoria del autor no se corresponde, a juicio de su hijo, con su presencia en el escenario público. «No es normal que se haga una retrospectiva del cartelismo vasco y no aparezca o que la última de sus obras que posee el Museo de Bellas Artes sea de 1977, antes de su periodo dedicado a la investigación, la abstracción, las traviesas y sus esculturas en acero corten», lamenta.

«Le admiro, es una gran figura que nunca ha callado. Pasó cinco años en una cárcel franquista y otros en la de Oma, como solía decir, porque no podía pasear por las inmediaciones sin escolta» Blanca Sarasua. Amiga

Los encapuchados amenazantes que ocupan el centro de la segunda sala hablan de los años de plomo, de la intimidación constante, e intentan trasmitir la atmósfera que rodeaba a una de sus víctimas, un artista y ciudadano que apoyó a Gesto por la Paz y sus concentraciones de repulsa a los atentados. «Había una pintada que decía ‘ETA mátalo, Ibarrola español’». Cuando lo declararon no vasco o vasco malo, muchos miraron hacia otra parte me nos conflictiva. «Nos afectó mucho», confiesa. «Vivimos aquello con miedo, tensión, precaución e indignación. Lo asumes porque era la realidad del país. No hemos llegado al abrazo y, posiblemente, no sea necesario ni nos interese. Ese mundo tan acerado lo hemos vivido con mucho dolor».

«Lo conocí como militante comunista. Durante la huelga de Bandas de 1966 vendía dibujos a 100 pesetas para apoyar a quienes luchaban por sus derechos» Roberto Lertxundi. Compañero político

Los primeros atentados en Oma tuvieron lugar en 1998 y se prolongaron años después. Las imágenes desplegadas documentan los destrozos. «Fue un drama para él. El bosque existe hoy en día porque la sociedad ha querido. Ha sufrido el abandono hasta que la Administración ha sentido la vergüenza de que un lugar que recibía 60.000 visitas anuales pudiera desaparecer, pero esas peleas siguen porque ha habido un desprestigio del individuo, un intento de llevarlo a segunda o tercera fila artística».

Pero Ibarrola no es un maldito, sino que su figura, tan reconocible, forma parte de la historia del arte contemporáneo de Euskadi como miembro de un triunvirato magistral junto a Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. También sus desencuentros forman parte de ese relato. «El primero no se portó bien, era un histrión, mientras que el segundo fue siempre un caballero».

Curiosamente, los problemas y conflictos de Ibarrola pueden tener un trasfondo étnico. «No ha sido nunca un hombre de la tribu. Ni el Partido Comunista, en el que llegó a militar de forma muy crítica, ni el nacionalismo lo han podido instrumentalizar», alega su hijo. «Hablamos de un hombre muy comprometido con su tiempo. Tiene la idea de que el arte tiene que englobar a la gente, empapar a la sociedad, y de que esta era su tierra, la que le proporcionaba el alimento creativo. Pero ya se sabe que fuera de la tribu hace mucho frío y, como dijo Fernando Savater, ha poseído la facultad de estar allí donde se repartía leña».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos