El genio vivo y desobediente del 27

Posado de varios autores de la generación del 27. /Pepín Bello
Posado de varios autores de la generación del 27. / Pepín Bello

Hoy se cumplen 90 años del día 'D' de la generación de la Edad de Plata «que debió ser de Oro»

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Sostiene el poeta y premio Cervantes José Manuel Caballero Bonald que el 16 de diciembre de 1927 se reunió en Sevilla una panda de jóvenes de genio desobediente. Él ha seguido la estela de aquellos reventadores del canon, unos poetas amistados, disidentes y señoritos que hace hoy 90 años se dejaron invitar por el torero Ignacio Sánchez Mejías para conmemorar el tercer centenario del nacimiento de Luis de Góngora y Argote, oscuro y olvidado autor de las 'Soledades'. Su díscolo ADN pervive en poetas de hoy como Antonio Lucas o Benjamín Prado, que incorporan a sus versos el rico bagaje del 27. «Es tan fresco que parece escrito pasado mañana», dice Prado, poeta, narrador y amigo muy cercano de Rafael Alberti.

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Aquel encuentro fue el germen de «la más brillante generación de poetas y creadores del siglo XX en cualquier lengua y en cualquier lugar», sostiene sin complejos Alejandro Sanz, antólogo de Vicente Aleixandre, ganador medio siglo después de un Nobel que premiaba a todo el grupo. La heterogénea generación a la que dio nombre Dámaso Alonso y canonizó Gerardo Diego protagonizó una «Edad de Plata que habría sido de Oro», coinciden Sanz, Lucas y Prado, si la guerra y el exilio no les hubieran triturado.

«El genoma del 27 está en todos los poetas de ahora», apunta Lucas, premio Loewe, periodista y orgulloso 'cofrade' del 27. «Sigue siendo un surtidor de ideas, estímulos y voces poéticas», reconoce Lucas. Alaba su «repertorio plural», que va «de la poesía pura de Guillén al surrealismo desatado de Lorca en 'Poeta en Nueva York' o a la condición moral del último Cernuda; un caladero del que nos seguimos alimentando».

Revitalizaron la poesía «desde la divergencia y con voces muy diversas». Y es que «nada tiene que ver -apunta Lucas- la poesía de Salinas con la de Cernuda, la de Alberti con la de Dámaso Alonso o la de Aleixandre con la de Gerardo Diego», quien en 1932 consolidó al grupo en el volumen que fijó la nómina canónica: 'Poesía española. Antología 1915-1931'.

Reunidos para celebrar la disidencia estética de Góngora al grito de 'Viva don Luis', aquellos airados amigos «no disponían, salvo algún que otro contagio ambiental, de afinidades estéticas destacables -apunta Caballero Bonald- más allá de su efusiva devoción por la poética gongorina». Acabaron casando tradición y vanguardia.

«Bonald tiene razón al asegurar que la disidencia está en el espíritu del 27», admite Lucas. «Lo más excitante está en su amplio registro de voces. No hubo un programa poético ni manifiestos, como en otras generaciones. Solo la condición natural de unos poetas que se hacen en un contexto muy parecido y en un tiempo común», precisa.

Su denominador común, si existió, fue la oposición al imperante gusto académico y la celebración de la transgresión de Góngora que prefigura la de sus propias poéticas. Un aire gongorino que según Caballero Bonald está en los poemarios más brillantes de aquellos genios desobedientes: 'Perfil del aire' (Cernuda), 'Cántico' (Guillén), 'Sobre los Ángeles' (Alberti), 'Poeta en Nueva York' (Lorca), 'Seguro azar' (Salinas), 'Manual de espumas' (Gerardo Diego) o 'Ámbito' (Aleixandre).

«Les aglutina la vanguardia, incluso en autores tan poco vanguardistas como Guillén», apunta Lucas. Constituyeron una Edad de Plata de las letras que a buen seguro sería de Oro si la guerra y el exilio no hubieran quebrado el espinazo moral y creativo de aquel brillante y heterogéneo florilegio de poetas. «Imaginemos que Lorca hubiera culminado su carrera. Estaríamos hablando de la generación literaria más importante de Europa en el siglo XX», aventura.

Una generación que se armó a sí misma tratando de rearmar a Góngora. De colocar en el sitio que merecía a un poeta puro «mal conocido y peor tratado durante casi tres siglos», según Caballero Bonald. Pero que también se miró «en Juan Ramón Jiménez y su capacidad para fundir la tradición del Siglo de Oro con unas voces nuevas».

Alberti abrió la veda con 'Soledad tercera'. Gerardo Diego dedica una 'Antología' en honor de Góngora y Jorge Guillén declara al vate cordobés «héroe de la más ardua empresa de poesía». Cernuda lo retrata en 'Góngora' y Dámaso Alonso lo radiografía en sus ensayos.

Nobel paradójico

¿Recibió Vicente Aleixandre el Nobel que merecían Lorca, Cernuda o Alberti? Lucas y Prado creen que sí. «Se convirtió en una figura muy equilibrada. Se mantiene en España al margen del franquismo», dice Lucas. «Era el superviviente, un gran poeta como Guillén, pero su poética refleja mejor la resistencia interior, sin dejar de hacer una obra importante soportando el ostracismo. Su Nobel fue para toda su generación, el que hubieran merecido Lorca, Cernuda, Guillén o Alberti».

«Es un Nobel paradójico, para un gran poeta que fue muy silenciado en casa, que hay que reivindicar y levantar», dice Lucas del autor de 'Espadas como labios'. «El exilio exterior e interior fue traumático, pero generó maravillas, como lo mejor del precursor del grupo, el Juan Ramón de 'Animal de fondo' y algunos de los libros más hermosos de Alberti. También lo mejor de Aleixandre y Dámaso Alonso surgió del exilio interior», dice Benjamín Prado, autor de poemarios como 'Ya no es tarde' o 'Marea humana'.

Revirtieron la poesía sin ser poetas revolucionarios. «Eran burgueses. Señoritos, unos más que otros. La revolución quedaba muy lejos de sus principios, salvo para el comunista Alberti», acota Lucas. «Tenían esa vocación de voltear la poesía, pero no hubiera sido posible sin Juan Ramón, que dejó a todos asombrados al publicar en 1916 'Diario de un poeta recien casado'». «Juan Ramón fue la pértiga. Un ventarrón de aire nuevo y vivificante, un maestro alabado primero y vapuleado después, sin cuya capacidad de aventura el 27 no habría llegado a ciertos hallazgos», concluye Lucas. «Les debemos la apertura de la poesía hacia mil direcciones y hacia territorios sin explorar».

Lorca y el último Cernuda, «el más moral, el del exilio, el de 'Invocaciones' y 'Ocnos'» son los faros de Lucas en aquel grupo rebosante de talento. «Sin leer a Lorca, a Cernuda y Alberti no se puede ser poeta», dice Benjamín Prado. La poesía de hoy «bebe del 27 o la lleva en su ADN», coincide con Lucas. «No ha sido superada ni por el 36 ni por el 50. Dejaron el listón muy alto y sigue siendo una poesía muy moderna». «Machado es un gran poeta, pero tiene un aire decimonónico que comparte con el primer Juan Ramón, pero el 27 es pura modernidad parece que sus poemas los han escrito pasado mañana», concluye Prado.

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