«España no es diferente»

El historiador británico Richard J. Evans.

Richard J. Evans es uno de los mejores historiadores del mundo. Ahora analiza el siglo XIX, lleno de novedades, desde el nacionalismo a la limpieza de las calles

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

El siglo XIX es como ese primo al que uno solo ve en las cenas de Navidad: familiar y extraño a la vez. Del XIX son las grandes ideologías, el socialismo, el conservadurismo o el feminismo, los trenes y los primeros aviones, y también Tolstoi, Balzac y Dickens, y Wagner y Albéniz, por citar a un compositor español. Pero en el siglo XIX la religión ocupaba el centro de la política, los siervos todavía eran semiesclavos en Rusia y otros países europeos y la mujer estaba bajo el yugo de sus padres o maridos. Desentrañar semejante complejidad encajaba con el espíritu exhaustivo del historiador británico Richard J. Evans (Woodford, 1947), un trabajo completado de forma brillante en su monumental obra (casi mil páginas) ‘La lucha por el poder. Europa 1815-1914’ (Crítica). En ella disecciona un periodo que «sienta las bases del mundo actual».

Por el bisturí de Evans, profesor de la Universidad de Cambridge, pasan grandes estadistas, de Metternich a Bismarck pasando por Napoleón III, y personajes comunes como el gigante Belzoni, un artista de circo que acabó saqueando los tesoros de Egipto, o la humilde Flora Tristán, convertida en símbolo de la liberación femenina. También se analizan los grandes avances científicos y médicos del siglo y las pequeñas cosas que hicieron más fácil la vida de la población, como el hecho de que, por primera vez, se limpiaran de la calle los excrementos de los caballos, lo que evitó el contagio de enfermedades. El experto mezcla erudición y afán divulgativo, una marca de la casa de los historiadores anglosajones.

«Metternich es el hombre más influyente de la primera mitad de siglo. Creció durante la Revolución Francesa y quiso contener cualquier intento de cambio. La revolución de 1830, que solo triunfó en Francia, le parecía «el final de la vieja Europa y el principio de un futuro oscuro». Francés como la revolución era Napoleón III, el «primer dictador moderno». «Quería gobernar con el consenso del pueblo», pero cayó víctima del mito de su tío-abuelo («sentía que tenía que ganar guerras en el extranjero») y de la ambición de Bismarck, que unifica Alemania subido a la ola del nacionalismo.

Fuerzas incontrolables

Precisamente el nacionalismo es también un hijo bien legítimo del siglo XIX. De la Grecia en la que luchó Lord Byron en 1820 a la Escocia que se sentía diferente a Inglaterra, los movimientos nacionales se extienden por el continente a la vez que se desarrollan las clases medias y la educación deja de ser el privilegio de una minoría. Con la situación de Cataluña sobre la mesa, Evans trata de explicar la persistencia del nacionalismo dos siglos después de su eclosión. «En la actualidad, mucha gente se siente en desventaja por la globalización, por fuerzas anónimas sobre las que la gente siente que no tiene ningún control. Eso ha ocurrido en Escocia y en Cataluña, pero también con el ‘Brexit’. Los señores mayores van a un supermercado de Inglaterra y ven estantes llenos de productos polacos. Se sienten alienados. Muchos creen que los extranjeros nos quitan el trabajo y se benefician de nuestro sistema social. Pero lo que pide esta gente es una locura. En Inglaterra, que se restaure la pena de muerte y que vuelvan los peniques. Para mí, el ‘Brexit’ es una tragedia».

Niega que España perdiera en el siglo XIX el tren de la modernidad. «En España se ven los mismos procesos que en el resto de Europa: el declive de la aristocracia, la industrialización de determinadas zonas como Asturias, el País Vasco o Cataluña, y una inestabilidad política que se refleja, básicamente, en las guerras carlistas. Pero también hay avances en la legislación, como el sufragio y reformas en la tierra».

Así que, ¿‘Spain no es different’? «No, no lo es», contesta rotundo el profesor. «Todos los países se creen diferentes. Los rusos creen que sus valores no son los occidentales, los británicos igual, los franceses piensan no solo que son diferentes, sino que son mejores. Creerse distinto también es parte de la oleada nacionalista del siglo XIX».

Si el mundo de los historiadores fuera mediático, Evans se llevaría los focos. Hasta tres veces le han interpretado en la televisión y el cine. La última de ellas, en ‘Negación’, en la que el actor John Sessions se convierte en este profesor de Cambridge que cierra la entrevista con una frase para reflexionar: «El progreso y la tecnología siempre han sido un arma de doble filo».

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