'Dios no vive en La Habana' de Yasmina Khadra

'Dios no vive en La Habana'./
'Dios no vive en La Habana'.

Un veterano cantante queda sin empleo al ser privatizada la sala donde actuaba y su desolación se ve compensada por la llegada de una joven misteriosa

César Coca
CÉSAR COCA

Una novela sobre un cantante de boleros y sones en una vieja sala de La Habana no parecería demasiado probable en el catálogo de un autor como Yasmina Khadra. En sus libros anteriores abundan los dictadores en países árabes, la guerra, el terrorismo, pero no historias sobre amores desaforados y países caribeños que viven la ruina de un sueño que sus promotores terminaron por matar.

Sin embargo, Khadra refleja muy bien el ambiente habanero de los últimos años de Fidel en esta novela que arranca cuando una vieja sala es privatizada dentro de la política económica cubana. Los nuevos propietarios optan por una reforma radical, tanto en la arquitectura y decoración del escenario como en su programación. De esa manera, Don Fuego, un cantante de boleros, sones y rumbas que enloquece con su voz y su aspecto de veterano ‘latin lover’ a turistas septuagenarias llegadas de Europa, se queda sin empleo.

La depresión le llega pronto, porque estaba convencido de que los hoteles más elegantes y los auditorios más populares se lo rifarían, pero la realidad es que nadie le llama para algo más que un modesto papel de telonero. En ese momento, Juan del Monte, que ese es su verdadero nombre, conoce a una muchacha que huye de la Policía –ella no ha hecho nada, pero su hermano ha sido detenido por entrar en La Habana sin permiso– y se enamora de ella, sin que los cuarenta años que le saca sean un obstáculo a la pasión arrolladora que siente.

El autor argelino narra la vida cotidiana de miseria y supervivencia de la mayoría de los cubanos y el contraste con las fiestas que se organizan para los dirigentes, la actuación de los chivatos de la Policía y el funcionamiento de la burocracia del régimen. Lo hace como si fuera un escritor nacido en la isla. Y lo más sorprendente, aunque en esto el traductor al español (Wenceslao-Carlos Lozano) tendrá mucho que decir: lo cuenta con un lenguaje cálido, en el que no faltan los ‘cubanismos’, y por momentos parece que en algunas escenas estuviera escribiendo uno de los boleros con los que Don Fuego enamora a las extranjeras.

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